Capítulo 2
Mi cuerpo entero vuelve a la vida como si alguien me hubiera dado un bofetón y me giro para comprobar que estoy sola. En cuanto la luz se enciende, la silueta que estaba de pie bajo el marco de la puerta se desvanece.
Sé que solo es mi imaginación.
Sé que no es real y que en el umbral no había nada.
Sé que estaba soñando.
Pero en mis retinas sigue atrapada su silueta.
Con el corazón acelerado, me llevo una mano al pecho y trato de controlar la respiración.
La lamparita parpadea. Compré una táctil para no tener que rebuscar el interruptor a lo largo del cable.
Desde que la tengo, me he ahorrado esos segundos de agonía, aunque la violencia de despertarme de golpe sigue siendo igual de horrorosa.
Sia siempre ha tenido razón: si algo tengo en esta vida, es miedo. Y haga lo que haga, tiene que salir por algún lado.
La pesadilla es siempre la misma.
Estoy en un campo.
Estoy de pie en un campo sin límites.
El campo está seco, agrietado. Donde quizá en su día hubo flores ya no hay rastro de nada.
El viento se levanta y arrastra palabras consigo, pero no logro entenderlas.
La arena me araña los párpados y me escuecen los ojos.
Intento taparme la cara y me resguardo de lo que sea que ese lugar quiere de mí mientras el cielo se tiñe de gris, cada vez más profundo, hasta convertirse en negro.
No importa si intento correr o si me cubro los oídos. No importa si me entierro a mí misma en el suelo árido. Haga lo que haga, en cada una de las versiones de esta pesadilla, esa cosa siempre aparece frente a mí.
Se trata de una figura hecha de sombras, alta y majestuosa. Flota, casi como si alguien hubiera olvidado definir los límites de su cuerpo. A través de las grietas puedo ver galaxias en movimiento, ríos de estrellas. No tiene rostro, pero sé que me ve.
No tiene boca, pero sé que intenta decirme algo.
Lo siento.
Por mucho que le haga preguntas, es incapaz de contestar.
En lugar de eso, siempre extiende una mano.
Sé que en cuanto me toque, el dolor va a ser inmensurable.
Sin embargo, también sé que es inevitable: al final, la silueta siempre me atrapa.
Me agarra de la muñeca, del tobillo, de la mano o del hombro.
Y, cuando me toca, las imágenes fluyen como un torrente: sangre, mi ciudad atrapada en una nube de roya y raíces que sale de entre los adoquines, de debajo del asfalto. Sombras, humo, un incendio.
Mi hogar consumido hasta las cenizas.
Fuego.
Grito y grito, pero la figura solo inclina la cabeza como si lamentara algo. O como si deseara poder hacerlo, no lo sé.
Cuando despierto, entre jadeos y empapada en sudor, la pesadilla ha acabado, pero su presencia permanece. Aunque solo sea durante un instante, siempre estoy segura de que esa silueta me observa desde el umbral de la puerta abierta de la habitación.
En especial porque jamás me acuesto sin cerrarla y hoy vuelve a estar abierta.