Capítulo 1 #2
—Bueno, siempre puede sacarla a cenar. El chico no vive en el bloque. —Cuando la miro, Sia me dedica una sonrisa traviesa—. Créeme, lo sabría.
Pongo los ojos en blanco. ¿Qué se supone que significa eso? ¿Que ya tiene fichados a todos los tíos del edificio?
—¿Qué pasa si el ligue es del gimnasio? ¿Y si lo deja? ¿Cómo vamos a saber que…?
—Pues supongo que nos quedamos sin cotilleo. Pero el que no arriesga no gana, nena. Camila es más valiente que tú.
Hago un puchero y Sia suelta una carcajada.
Es un poco tonto, pero sé que nunca podré hacer algo así.
Algo como mirar a alguien en el gimnasio y creer que tengo alguna oportunidad de nada.
Pero Camila sí puede o sí cree que tiene derecho a encontrar a esa persona.
Al parecer, que le rompan el corazón una y otra vez no le ha quitado las ganas de volver a intentarlo.
—Bueno, quizá vengan juntos si la cosa sale bien —cedo.
—Sí, y también nos invitarán a la boda —resopla Sia—. Anda, no seas pava. De todas maneras, él la está mirando a ella, pero Camila sigue en su mundo de Poeta Torturada —dice columpiándose un poco con las cuerdas.
—No le quita ojo de encima, eh.
El chico del saco lo hace lo mejor que puede, pero disimular no es lo suyo. Se sube las gafas con el guante y el corazón me da un vuelco de lo más ridículo.
¿Cómo debe de sentirse uno cuando te miran así?
—¿Hum? ¿Qué es eso que huelo?
Vuelvo el rostro hacia Sia, ruborizada.
—¿Huelo mal?
—Hueles a sudor y a… ¿envidia?
Abro la boca ofendida, pero solo emito un ruido gracioso.
—¿Quieres que le pida el número al pardillo? —insiste con malicia—. No pongas esa cara. ¿Cuánto hace que no sales por ahí y te das un viaje?
Le arranco la toalla del cuello y la golpeo con ella.
—¡Eres una sinvergüenza! —protesto.
Escucho su carcajada y salto fuera del ring para seguirla. Esquiva el golpe que le lanzo agarrando su bolsa con destreza. Agarro la mía y la sigo, las puertas de cristal se cierren a nuestra espalda.
Nos vamos entre risas, empujándonos como niñas que no han aprendido a crecer.
Por un instante, entre estos codazos y pasos torpes, el mundo no puede alcanzarme.
Solo somos eso: dos cuerpos cansados, dos voces sueltas en el pasillo, una promesa muda de que, mientras podamos reírnos así, todo lo demás puede esperar.
Nada puede tocarme.
Si estoy con Sia, nada puede hacerme daño.
Fuera, Madrid atardece bajo un cielo encapotado que amenaza con estallar en cualquier momento. La previsión de lluvias para esta semana es tan intensa que no dejan de anunciar las alarmas del estado.
Las luces de neón de las paredes del pasillo del sótano parpadean a nuestro paso. El ventilador en la esquina emite su zumbido habitual. Las puertas del ascensor se cierran y nosotras, dentro, pasamos de una chorrada a la siguiente.
Lo del boxeo fue idea de Sia.
—Está muy bien que sepas cómo curar animalitos, pero a ti lo que te falta es aprender a defenderte de verdad —me dijo—. O se te van a comer viva.
Yo acepté, aunque no tuviera ninguna esperanza de conseguirlo.
Acepté porque me gustó que Sia quisiera pasar tiempo conmigo y porque me parecía emocionante la idea de convertirme en alguien que supiera cómo lanzar un puñetazo sin morir en el intento.
Pero la verdad es que apenas he mejorado desde que empezamos.
Sia y yo nos conocemos desde hace casi dos años.
Digamos que nos conocimos por accidente.
Aunque no me quejaría si tuviéramos un segundo accidente de otro tipo encerradas en este ascensor…
—Qué ojitos me has puesto —suelta Sia de la nada—. ¿Tu estrategia de hoy era darme pena? Porque no ha estado nada mal.
Chasqueo la lengua, apoyada en la pared del ascensor.
—Estás muy subidita para ser alguien que casi se ha caído de morros al principio del entrenamiento.
—Pero ¡si la que se ha caído al final has sido tú!
Podría contestar, pero creo que no me llega la sangre al cerebro. La miro con descaro. Está sudada. Lleva unos pantalones cortos y un top deportivo con cremallera. Y, como siempre, la lleva medio subida. Bajo la mirada de su escote hasta el costado y ahí está: la cicatriz de aquel día.
Me distraigo y lo más humillante es que Sia se da cuenta.
—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta como si nada.
Me aclaro la garganta y le lanzo una mirada al panel del ascensor: todavía nos quedan dos plantas para llegar a casa.
—¿Día de recordarme que no sé boxear?
—Queda una semanita para tu cumpleaños —dice con una sonrisa traviesa.
Murmuro un par de quejas y después me sirvo de un más que ensayado:
—Ya te he dicho que no quiero celebrarlo.
—Cumples 25 años, no 92. ¡Mereces celebrarlo por todo lo alto!
—No, gracias. —Me cruzo de brazos—. No lo soporto.
Ella aprieta los labios como si fuera una cría y me mira con ese brillo en los ojos.
—Sia… —le advierto severa—. Te tengo dicho que no me mires así.
Puedo sentir esa suave presión en el pecho.
—Sia —insisto.
Ella alza las manos y la presión desaparece.
—¿Qué? Solo digo que sería divertido. Quizá en el Palacio de Linares. Una sesión nocturna, una visita guiada —dice sugerente—. A menos que tengas planes románticos con Kevin, claro.
Kevin es la única otra persona con la que hablo.
Él es fruto de otro accidente, aunque ese fue mucho menos doloroso.
El chico estudió Historia y trabaja de guía en el Palacio de Linares. Cuando me vine a vivir a Madrid, me quedé prendada del lugar y voy bastante a menudo. En algún momento, él se dio cuenta de lo mucho que voy y empezó a dejarme pasar sin cobrarme entrada.
Sia está convencida de que tenemos algo, pero no es cierto.
Tampoco me gustaría que eso cambiara. Mi vida no es agradable y no tengo demasiado futuro. Kevin es un buen chico y sabe muchas cosas.
Bueno, vale: es posible que quiera algo más, pero nunca voy a ofrecérselo. De hecho, ni siquiera sabe mi nombre de verdad.
Me llama «Pecas».
—Que sepas que Kevin no es tan fácil de convencer como parece —me defiendo, aunque intento sonar graciosa.
La puerta del ascensor se abre cuando llegamos al cuarto piso. Sia retrocede y sale del ascensor de espaldas, mirándome con intención.
—Dudo que haya una sola persona en el mundo que pueda resistirse a ti, pelirroja.
Me la quedo mirando.
Un segundo.
Tal vez dos.
Al final, aparto la mirada y no digo nada.
Podría haber contestado algo mordaz, algo que nos salvara de estar de pie en el ascensor mientras ella me mira desde el otro lado de la puerta, pero ya no puedo ser esa persona con ella.
No importa cuánto lo intente: Sia destroza todos los muros que levanto.
No tiene ni que intentarlo, pero, cuando lo intenta, me tiemblan hasta las rodillas.
Trago saliva y me obligo a sonreír con suficiencia.
—Buenas noches, Sia —digo rápida.
Aprieto el botón del ascensor que cierra las puertas, suplicando llegar al tercero antes de que se le ocurra algo más que decir.
—Buenas noches, Em.
Cuando se cierran las puertas, me veo reflejada en el metal.
Me recojo un rizo traicionero y suspiro. Por fin estoy a solas. Es tan extraño saber que hubo un momento en el que Sia no existía en mi vida. Su aparición dejó una marca indeleble en mi vida.
En mi vida y en mi pelo.
Cuando entro en casa y arrojo la bolsa del gimnasio al suelo, junto a los zapatos, me veo en el mismo espejo en el que me miro todas las mañanas antes de salir a trabajar. En el reflejo, el rizo blanco me recuerda a la primera vez que vi a Sia.
Nos conocimos un martes.
Yo estaba de camino a la clínica para ayudar con una emergencia: un cachorro que se había tragado una piedra.
Me acuerdo porque acababa de volver del permiso que me había cogido para ir al entierro de doña Marta.
Caminaba por la calle como un fantasma, con ansiedad, dando tumbos y esquivando a la gente.
No podía dejar de pensar en el pobre animal y en que la mujer que me había ayudado a conseguir una vida ya no estaba viva.
Hay una razón por la que siempre relaciono a Sia con una cierta violencia.
—¡Cuidado!
Primero escuché el grito. Después oí el frenazo y el consecuente golpe seco de la carrocería al doblarse.
El sonido del claxon, las luces de emergencia, la gente de la calle y sus gritos ahogados, pero ninguna de esas cosas me impidió ver la silueta de una muchacha encogida contra el bordillo, lejos de la que sería su moto.
Corrí sin pensarlo dos veces. La encontré tendida en el asfalto, con el casco destrozado y una mancha de sangre extendiéndose bajo su cuerpo como tinta derramada.
—Estoy aquí —le dije sin saber muy bien por qué—. ¿Me escuchas? No estás sola. Estoy aquí, ¿vale?
Más tarde, Sia me contó que aquella moto había sido su primera gran compra. Siempre le había gustado la velocidad. Me contó que era lo más parecido a montar a caballo que podría volver a tener. Pero, después del accidente, guardó el casco en el fondo del armario y jamás arregló la moto.
Recuerdo su pelo negro, mojado por la lluvia, y su respiración, tan frágil. Recuerdo el sonido inconfundible del miedo abriéndose paso en mi pecho. Recuerdo que me arrodillé junto a ella y dije aquello.
Sin saber muy bien qué hacer, me quité los guantes y cerré las manos alrededor de la suya con la esperanza de llegar a tiempo.
Fue instintivo: algo se activó. Algo antiguo, enterrado. O al menos, eso había querido creer. Las manos me brillaron contra su piel. Una luz tenue blanca, leve y temblorosa, se filtró a través de mi piel y la sangre dejó de brotar de su herida.
Los paramédicos llegaron a tiempo y se la llevaron, pero yo pensé que no volvería a verla jamás. Además, con ella, se llevaron la evidencia de lo que había hecho.
Después de eso, me quedé bajo la lluvia un par de minutos.
Llegué tarde al trabajo y, cuando le conté a mi jefa lo del accidente de moto, me mandó de vuelta a casa.
Tardé tres días en salir del piso y solo lo hice porque el taladro de los nuevos vecinos del cuarto me estaba volviendo loca.
Subí por la escalera, encogida y asustada, y llamé a la puerta, dispuesta a pedirles si al menos podían parar veinte minutos.
Tenía la cabeza como un bombo. Me sentía enferma.
Al abrir, Sia me miró de arriba abajo. Tenía algo de pintura en la cara. Yo me quedé de piedra y ella, como si nada, soltó una risita sincera.
—Llegas justo a tiempo para salvarme la vida otra vez.
—Me tendió el taladro como si me conociera de siempre—.
¿Sabes por qué demonios no atraviesa esta pared?
Llevo tres horas intentándolo. Ven, entra.
¡Mira qué desastre! No le hagas caso a eso de allí, que todavía no lo he ordenado.
¡Este va a ser mi despacho! Tengo que acabar cuanto antes porque tengo clientes la semana que viene y…
Llevaba una muleta y tenía la pierna escayolada.
—¿No deberías estar descansando? O por lo menos de baja.
—Descansaré cuando me muera —respondió como si nada—. ¿Tú sabes montar esta cosa? Me está volviendo loca. ¿Qué demonios es un sklesge ?
No tengo ni idea de por qué acabé montando esa estantería yo. Supongo que a veces la vida no sabe ser sutil y, si un accidente de tráfico no es suficiente, decide que tu alma gemela tiene que ser tu vecina.
Nos hicimos amigas más rápido de lo que me gustaría admitir. Siempre me he considerado una persona reservada y desconfiada, aunque solo sea por necesidad, pero Sia siempre ha sido mucho más arrolladora.
De hecho, con la tontería, pasé esa misma noche en su sofá. Como vivía sola y aún estaba coja, había cosas que no podía hacer. Aunque eso no la detuvo a la hora de montar los muebles de su nuevo piso.
Sia siempre ha sido cabezota.
La primera noche dio paso a la segunda y la comida china dio paso a la pizza. Fue como si algo hubiera estado esperando a que nos encontráramos. Como si hubiéramos sobrevivido a la misma tormenta en barcos distintos, como si aquel lugar fuera tierra firme para ambas.
Hablábamos el mismo idioma; de todo y de nada, de lo más importante y en cualquier momento. Y, cuando quisimos darnos cuenta, Sia y yo éramos más que desconocidas sobre el asfalto un desafortunado martes.
Pero también éramos más que simples vecinas.
Pronto, Sia se reía de mis comidas a deshora e insistía en adivinar el origen de mi obsesión por el arte. Yo empecé a reírme de ella porque solo quería ver pelis de miedo, pero nunca la he dejado sola contra los terrores de la pantalla.
Un mes después del accidente, empezamos a ir al gimnasio para practicar boxeo. Fue idea suya.
—Y tú tienes rabia acumulada —dijo para terminar de convencerme—. Lo veo. Por eso te va a gustar boxear.
—No tengo ninguna rabia. Tengo horchata en las venas, eso tengo.
—Entonces supongo que lo que veo es miedo —sentenció ella—. Pero no te preocupes, eso también se supera a golpes.
Y tenía razón.
Para mi desgracia, siempre la tiene.