Pinceladas de una traición Capítulo 1
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Pinceladas de una traición

Pinceladas de una traición

Por Alba Seoane

© inepub.com

Capítulo 1

El primer golpe no me lo veo venir.

—Estás distraída —me dice Sia.

Tan teatrera como siempre, sacude el guante en el aire como si acabara de noquear a la campeona del mundo, pero nada más lejos de la realidad.

A quien se enfrenta es a una chica pelirroja de metro sesenta que se está arrepintiendo de todas las decisiones que ha tomado en su vida.

En especial de haberle salvado la vida aquel martes de noviembre.

Resoplo, me aparto un mechón de la cara y la fusilo con la mirada.

—Y tú te estás pasando un poco hoy, ¿no?

Me froto la mandíbula con una mueca.

—Venga, va, ¡no me seas…! —sonríe prepotente—. Normalmente tienes mejor perder. ¿Qué te pasa hoy?

A Sia le encanta ganar. A mí no es que me haga gracia perder, pero lo llevo mejor cuando soy consciente de que mi contrincante es casi invencible. Sia me saca media cabeza y tiene el doble de fuerza que yo. No sé cómo he acabado sometida a esta tortura diaria.

Debo de tener algo de masoquista.

—¿Sigues teniendo pesadillas? —insiste Sia en posición de defensa.

Me vuelvo a colocar en la posición inicial. Intento volver al combate en cuerpo y alma. Si es que me queda alma después de la semana que llevo.

Lanzo un golpe como respuesta.

—Céntrate en el combate —protesto.

No debería haberle dicho nada de las pesadillas, porque ahora no deja de preguntarme por ellas.

No quiero hablar de eso, quiero ganar el combate al menos una vez en la vida.

Sia parece leerme la mente y no insiste más. Me esquiva ágil y se ríe cuando le pongo mala cara. Cuando pasa por debajo de mi brazo, siento el tenue aroma a vainilla y caramelo mezclado con el de su sudor.

A veces me pregunto si es su colonia o su olor natural.

—¡Estaba dispuesta a ponértelo más fácil…! —canturrea—. Pero, si prefieres guerra, también te la doy, ¿eh?

Me vuelvo rápida y bloqueo su siguiente golpe justo a tiempo.

—Esa es mi chica —suelta.

Alzo una ceja, sorprendida por la osadía, pero lo dejo pasar. Ella es así. Es su carácter. No digo nada porque me falta el aire. A duras penas me las apaño para defenderme. Mientras, Sia me estudia con atención.

Siempre lo hace. No me quita los ojos de encima. Busca un resquicio, un gesto, la brecha. En ese instante, entre el sudor, el silencio y las luces frías del gimnasio, nuestras miradas se cruzan; y yo intento hacer lo mismo. Intento encontrar el espacio en el que encajar un golpe.

Pero entonces ella sonríe, orgullosa, y el mundo entero se detiene.

Veo esa chispa en su mirada, la que podría hacer que todo cuanto pretendemos ignorar explote de un momento a otro. Me mira de arriba abajo, como si ya supiera que va a ganar. Tiene los ojos negros como el ónix. Siento que podría tropezarme y caer dentro de ellos como en un pozo.

La anticipación me está matando.

Lanzo un derechazo, estoy convencida de que puedo salirme con la mía.

Ella lo esquiva con una agilidad felina y contrataca sin despeinarse.

Uno dos, y el golpe de gracia. Siento el puñetazo en el abdomen y retrocedo un paso sin aire.

Trato de recuperar el equilibrio o de encontrar las cuerdas con las manos, pero no lo consigo.

De hecho, apoyo mal el pie y caigo al suelo con un golpe seco.

Ahogo un gruñido de dolor que se convierte en algo que más bien está entre la agonía de un gato avergonzado y el mohín de un perro dolorido.

Me rindo.

Me seco el sudor con el suelo del ring y después ruedo hasta quedar bocarriba buscando el aliento.

«Bandera blanca», pienso.

No puedo seguir.

Sin embargo, Sia no me da tregua. Siento su sombra sobre mí cuando tapa las luces del techo. Se me sienta en la cadera y se inclina hasta quedar a apenas milímetros de mi cara.

—Levántate —exige.

—Quítate —protesto.

—Quítame tú.

Coloco las manos en sus hombros para empujarla y ella se deshace de mí con un simple golpe.

—Defiéndete de verdad, Emma —pelea—. Vamos.

Levanto la cadera y ella hace fuerza contra el suelo con todo su peso. A toda velocidad, me encuentra las muñecas y me las coloca por encima de la cabeza. Siento su cuerpo contra el mío.

—¿Y ahora qué?

Sé que sonríe sin necesidad de verla.

—Me… —jadeo—. Me rindo.

—¿Cómo? ¿Qué dices? Si hablas tan bajito, no te oigo.

Siento su respiración entrecortada y el calor que emite tras el combate. Lo intento una vez más, pero no consigo moverme: me tiene inmovilizada contra el suelo. Los ojos le brillan con una mezcla de triunfo y diversión.

Y luego está su boca.

Bueno, su boca está peligrosamente cerca.

—¿Emma?

Pero Sia es mi amiga.

Somos amigas.

Le aguanto la mirada y no me dejo achantar, pese a esa condenada sonrisa que tiene. Bajo la mirada un par de centímetros, hasta su boca.

—Que me rindo —digo un poco más severa—.Tú ganas.

Parece meditarlo un par de segundos antes de decidirse. Sin embargo, al final, se pone en pie de un salto.

—No ha estado mal —dice. Me tiende la mano y me ayuda a levantarme; y yo me dejo, claro.

Me incorporo y cojo aire. Me quito los guantes y los lanzo al suelo.

—No, ha estado peor que mal —me quejo.

Me agarro a las cuerdas del ring con las manos y cierro los ojos otra vez. Inclino el cuerpo hacia delante y me escondo contra el codo, mareada.

Me falta el aire.

—Oh, venga, Em…

Sia me acaricia la espalda con suavidad y murmura algo que ni siquiera logro escuchar, pues estoy perdida en el vórtice de ideas y sensaciones que me provoca estar tan cerca de ella. Su pelo oscuro, su mirada, el nudo en mi pecho.

Es mi mejor amiga.

Pero luego tenemos momentos como ese. O como este otro. En que me aparta el pelo de la cara, me mira con cuidado y dice algo y luego yo asiento y me quedo mirando su boca de nuevo.

Son momentos en los que el concepto parece que se nos queda pequeño.

«Amigas».

Es como una etiqueta mal pegada, a punto de despegarse con el más mínimo roce.

Solo amigas.

Sia tiene ese no sé qué. Uno que se te mete bajo la piel. Es embriagadora como un café de especialidad y lo sabe. Lo usa en mi contra todo el rato.

Tiene la piel morena y el cabello negro azabache, largo hasta la cintura. Cuando entrena, se lo recoge en una trenza de espiga que se hace estirando los brazos por encima de la cabeza y moviendo los dedos con destreza.

Al final de cada entrenamiento, se deshace la trenza y se suelta el pelo. Es lo que hace ahora, mientras la observo desde las cuerdas.

—Venga, va —me apremia alejándose del ring—. No estás tan mareada. No ha sido para tanto. ¡Está todo en la mente…! Arriba, arriba. ¡Alehop!

Pfff. «Está todo en la mente», dice. ¡Cómo se nota que es psicóloga!

—¡Vamos, Em!

Hay días en los que pienso que la seguiría a cualquier lugar con los ojos vendados. Hoy me quedo contra las cuerdas, mirándola y recuperando el aliento.

Ese andar seguro que tiene, esa mirada. Todo compone ese magnetismo que hace que cada persona con la que se cruza se la quede mirando. Es como si el aire se hiciera más denso cuando entra en una habitación y todo el mundo la ve.

Yo, en cambio, podría ponerme a gritar y nadie sabría que estoy aquí, excepto ella.

Sea por la razón que sea, Sia me considera su persona favorita del mundo.

Puede ser por el pelo encrespado y pelirrojo, o puede ser porque ella ve algo en mí que yo no veo.

Aunque a veces me encantaría preguntarle qué es, me da miedo descubrirlo.

Sia se da la vuelta con la toalla sobre los hombros y abre los brazos como si yo estuviera cometiendo un crimen por no seguirla.

—Que ya voy…

—No te estás moviendo.

—Ah, ¿no? —bromeo, apoyando la frente contra las cuerdas—. A mí todo me da vueltas. ¡Será por el puñetazo que me has soltado…!

—No es para tanto. ¿Quieres un besito para que se te cure?

—¡Pfff!

Hay una línea que no cruzamos. No sé si por miedo o por respeto. Y no me refiero a la del ring. El problema es que, a veces, cuando la miro, siento que esa línea tiembla. Serpentea como si tuviera vida propia y supiera lo que en realidad queremos hacer con ella.

A estas horas, el gimnasio está casi vacío. No creo que nadie nos esté prestando demasiada atención.

—Camila sigue aquí —comento haciendo un gesto con la cabeza.

Señalo a la muchacha que corre en la cinta de la esquina y Sia se cruza de brazos con el ceño fruncido.

—Le sale a cuenta el mal de amores, hija —murmura—. Se le va a poner el corazón de un toro como siga así.

Sonrío de lado y asiento.

La vecina del ático es uno de nuestros temas de conversación favoritos: sabemos que se llama Camila y que tiene tan mala suerte con los hombres como buen gusto musical. Si nuestras sospechas son las adecuadas, tan pronto como encuentra un ligue, deja de aparecer por el gimnasio de la comunidad.

En cuanto el ligue desaparece de su vida, vuelve a tope y se centra en correr para no llorar.

Es como nuestra Carrie Bradshaw personal, pero, en vez de comprar zapatos y cigarrillos por encima de sus posibilidades, compra conjuntos deportivos y proteína en polvo.

—No sé qué decirte. Me parece que Cupido ya ha hecho de las suyas.

—¿A qué te refieres?

Señalo con un dedo, todavía dolorida.

Sia se acerca de nuevo al ring, se cuelga de las cuerdas y se pone de pie frente a mí, desde fuera. Se coloca a mi altura para descubrir qué estoy señalando, mejilla contra mejilla.

—¡Hummm! Bueno, bueno… Camila, no está mal. Nada mal.

Suelto una pequeña risa.

—¿Te gusta?

—No es mi tipo, pero entiendo por qué le gusta —responde ágil.

En la esquina opuesta a Camila Bradshaw, un chico intenta practicar sus derechazos con un saco de boxeo que ha visto mejores días. Pero como no hay nadie que se lo sujete, tiene que frenarlo él mismo tras cada golpe.

El pobre no deja de volver la cabeza para mirar a Camila, que ahora sube el ritmo de la cinta porque debe de haber llegado a alguna de las canciones más intensas de su lista de reproducción.

—No sé si es muy buena idea que se líe con alguien del gimnasio —murmuro.