Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3) 5
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Michael se pasó las manos por su rostro, agobiado.

—Amber Maxwell. Soy Michael…

Notó cómo la bonita joven cambiaba la expresión de su cara y le miraba con el ceño fruncido y los brazos en jarras.

—No te importa en absoluto dónde está. Vete de aquí.

Michael sintió que el pánico se desataba en su interior.

—Opal, por favor, necesito encontrarla. —No le importaba suplicar si hacía falta—. No actué bien.

—Desde luego que no —le dijo furiosa—. Vete de aquí. No vas a encontrar una mujer más generosa y cariñosa que ella y la has perdido. Amber hace bien en no querer verte. ¿Qué os creéis, que por tener dinero podéis hacer lo que os dé la gana con la gente? Vete. No pienso decirte nada.

Michael sintió esas verdades clavándose en su alma.

Tenía razón. Se había portado muy mal con ella.

Y tenía claro que no iba a encontrar a nadie como Amber.

Solo quería verla, pedirle perdón, y quién sabe lo que podría pasar después.

Aún podía recordar el tacto de su piel, el olor de su cabello, su bonita sonrisa.

—He ido a París, he hablado con sus compañeros, no sé dónde está, necesito verla, necesito hablar con ella… —insistió agobiado.

—A buenas horas, haberlo pensado antes —le dijo con fiereza—. Creo que ya es tarde.

Michael negó con la cabeza. No podía ser. No cuando la tenía tan cerca. La cogió por los brazos.

—Eres mi única opción. No sé qué más hacer —casi le suplicó.

No había sido tan consciente de la necesidad que tenía de volver a verla hasta que había estado tan cerca de encontrarla.

—¡Suéltame, Michael! Lo siento por ti —le respondió Opal—. Pero no puedo decirte nada. Vete.

—No voy a irme sin una respuesta —le dijo convencido.

Era capaz de quedarse allí sentado el tiempo que hiciera falta hasta obtener una respuesta.

—Creo que la señorita ha sido muy clara —le comentó un hombre con voz firme—. Suéltela.

Michael miró al hombre y luego a Opal. La soltó avergonzado. No había sido su intención asustarla. A fin de cuentas, era la hermana de Amber.

—Lo siento. Disculpa —le pidió desconcertado—. Yo solo… Perdona…

Salió de la sala de exposiciones abochornado y agobiado. No se reconocía a sí mismo. Estaba seguro de haber sonado desesperado, que era como realmente se sentía, pero no quería intimidar a nadie.

Dos días después, dos largos días sin saber nada de Amber, Michael fue a casa de su hermano. Lo encontró, como siempre, en el jardín, en su silla de ruedas, con la mirada ligeramente perdida, pensativo.

El hombre tan parecido a él físicamente sonrió nada más verlo.

—Qué mala cara traes, Michael —le comentó extrañado.

Michael se sentó en el banco que había a su lado. Ahí estaba dispuesto a quejarse de sus problemas, cuando su hermano, además de la novia había perdido la facultad de caminar.

—George, ¿cómo lo haces?

—¿El qué?

—Estar tan tranquilo —le respondió.

George se recostó en la silla.

—Había pensado en huir de mis problemas, no te creas —le dijo burlón—, pero supuse que me alcanzarían. —Palmeó su silla de ruedas.

Michael lo miró sin sonreír. Siempre había admirado a su hermano mayor y seguía haciéndolo. Agradecía que estuviera vivo tras el accidente, aunque en ese momento, le hiciera sentirse un egoísta.

—He perdido a Amber.

George elevó los ojos al cielo.

—¿Todavía estás así? —le preguntó paciente.

Michael le relató el encuentro con Opal y su agobio y consternación cuando la hermana de Amber no le había querido hablar sobre su paradero.

—A ti lo que te ocurre es que lo has tenido todo muy fácil siempre —le acusó George—.

Si hubieras tenido que luchar por mantener tu puesto de trabajo, lo hubieras valorado más y si te hubiera costado esfuerzo llegar a la cama de esa chica, o conseguir que ella se enamorase de ti, no la habrías dejado escapar nunca.

Michael resopló molesto. Él no tenía la culpa de todo eso. Había aprovechado sus circunstancias, simplemente.

—Estaba confundido cuando todo pasó, ya lo sabes —se justificó—. Y no digas que todo lo he tenido fácil…

—Michael, céntrate —le aconsejó George—. Tienes una empresa que dirigir. Sabes hacerlo. Hazlo. Tienes una mujer por conquistar, déjate de tonterías y hazlo.

El orgullo de Michael se removió por dentro.

Resopló. Le costaba reconocerse en esos momentos de agobio.

No le gustaba sentirse tan vulnerable. No había podido convencer a Opal para que le indicase el paradero de su hermana, y volvía a sentirse atado de pies y manos, algo que le parecía insoportable.

—Cuando la encuentres, ¿ya has pensado qué vas a hacer además de pedirle perdón?

Michael lo miró serio. No había pensado mucho más que en llegar hasta ella, pedirle disculpas, abrazarla y besarla hasta que volviera a sonreírle como solía hacerlo.

—Lo cierto es que no.

—Pues podrías empezar a plantearte cómo vas a convencerla mientras te convences a ti mismo, de que tu posición en la empresa y su vida bohemia es compatible.

Michael asintió pensativo. ¿Era compatible? Tendría que serlo. No iba a dejar lugar a otra opción. Amber había sido un soplo de aire fresco. Un aire que quería incluir en su vida a como diera lugar. Y si tenía que cambiar algo, lo que fuera, lo haría.

—¿Y si no me perdona? —Las dudas le asaltaron haciéndole recordar la mentira en la que habían vivido.

—¿Desde cuándo rendirse es una opción para ti? —le preguntó George serio—. ¿Y cómo puedes confiar tan poco en sus sentimientos? Dejó París sin pensarlo para acompañarte a Nueva York por mi accidente. Eso no lo hace cualquiera. Debía de estar realmente enamorada.

Michael asintió.

—No llegamos a hablarlo.

—¿Necesitabas preguntárselo? ¿Acaso no lo veías?

—Supongo que sí —reconoció Michael.

—Pues recuérdaselo.

—Creo que yo no le di nada —aceptó avergonzado.

—Pues ahora te toca a ti —le recomendó George.

Michael asintió. Estaba decidido a encontrar a Amber, a pedirle perdón y a convencerla de que la amaba, de que podían tener un futuro juntos, porque estaba totalmente dispuesto a que así fuera.

Miró orgulloso a su hermano. Sabía que en cuanto se recuperara un poco más, volvería a la empresa, aunque fuera en silla de ruedas. Sentía que todo podía ser posible.

Dos noches más tarde volvió a acercarse a la galería de exposiciones donde esperaba ver a Opal. Quería hablar con ella con más calma, hacerle ver su punto de vista.

Después de que un miembro del personal de seguridad le indicara donde encontrarla, fue hacia ella.

—Opal…

Ella le miró con el ceño fruncido. Michael levantó los brazos ligeramente en son de paz.

—No, Michael, ¿qué haces aquí? Te dije que no volvieras a mi lugar de trabajo. Ya sabes lo que tienes que hacer…

—Ya lo sé… Disculpa… —se sinceró Michael—. Pero no sé dónde buscar a Amber… Tengo que verla… Hablar con ella, pedirle perdón…

—Pues sí que deberías hacerlo —le regañó Opal—. Mira, hoy no tengo buen día. No pareces mal chico, pero no puedo ayudarte. Amber ha seguido con su vida, sigue tú con la tuya.

—No ha seguido con su vida —insistió—. No está en París —le explicó abatido.

Había vuelto a llamar, a preguntar por ella al hotel de París, había hablado con su amiga Patricia y le había parecido muy sincera al respecto.

Opal lo miró encogiéndose de hombros.

—París no era su vida…

Michael la miró en silencio. Era cierto. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. París no era su vida… El arte era su vida… Sintió cómo la alegría y la esperanza inundaban todo su cuerpo. Casi empezó a temblar cuando se liberó del miedo de no encontrarla o de no poder volver a hablar con ella.

Michael la abrazó con fuerza en un impulso que la sorprendió aún más.

—Muchísimas gracias, Opal, me has salvado la vida.

La joven se dejó abrazar sorprendida. Michael apenas se despidió y salió con paso acelerado mientras sacaba su teléfono móvil del bolsillo.

¿Cómo no lo había pensado antes? ¿En qué otra ciudad se respiraba el arte miraras a donde miraras? Además, Amber se lo había dicho en una ocasión. Había tenido dudas a la hora de fijar su destino y había dejado la puerta abierta a su otra opción.

—Bárbara… —Le extrañó la voz ronca de su secretaria y miró el reloj—. Perdona la hora… Necesito un vuelo cuanto antes. A Roma.

Michael suspiró aliviado. Iba a ir a buscarla. Le pediría perdón, le convencería de que estaban hechos el uno para el otro, de que podían mantener una relación… La amaba. No podía vivir sin ella, y si podía, no quería hacerlo.

Satisfecho consigo mismo miró la pantalla de su teléfono móvil. Esperaba que Bárbara no tardara en avisarle del horario en el que salía su vuelo.

Amber sonreía mientras la ligera brisa le acariciaba su cabello suelto.

Le gustaba sentarse en las escaleras de la Fontana di Trevi, una de las preciosas fuentes monumentales de la ciudad eterna.

Le había costado decidirse entre tanto monumento romano, a cuál ser asidua, pero el apartamento que había encontrado para alquilar no estaba muy lejos de allí.

Por las tardes solía alargar su paseo hasta la Piazza Navona, y disfrutar de un helado o de un tartufo de chocolate, pero cuando quería inspirarse, o simplemente relajarse por unos momentos, se sentaba allí.

Todavía recordaba París, pero vivir allí sin Michael se le había hecho imposible. Sacudió la cabeza para sacarlo de sus pensamientos. No quería volver a pensar en él. No después de tanto tiempo sin verlo.

Podía justificar que no la hubiera defendido delante de sus padres, por los nervios o la tensión del momento, pero el engaño deliberado sobre su identidad, desde que se habían conocido, no encontraba manera de justificarlo.

Miró a su alrededor para distraerse. Estaba rodeada de turistas emocionados y sonrientes.

Algunos lanzaban las monedas con la mano derecha por encima del hombro izquierdo como marcaba la tradición, otros se hacían fotos de recuerdo, otros comían los deliciosos y cremosos helados italianos que se habían ganado a pulso la fama de ser los mejores del mundo,

otros admiraban la maravillosa fuente, emblema del barroco italiano.

También había quienes aprovechaban para hablar con desconocidos para practicar el idioma o para flirtear con turistas o estudiantes universitarias en intercambios de estudios.