4 #4
Tampoco sabía cómo arreglar la situación ni qué hubiera podido proponerle. Sus vidas eran tan distintas…
Había terminado lo que quedaba de relación con Cassie, pese al disgusto de su madre por lo que se esperaba de él.
Y cuando su padre murió, poco después, tuvo que coger las riendas de la empresa mientras su hermano se recuperaba.
Se sentía una marioneta del destino, algo que no le gustaba en absoluto.
Tanto como se había planteado un cambio de vida, tanto como había pensado el organizarlo todo y quedarse en París con Amber, ¿para qué había servido?
La vida le había obligado a acelerar las cosas llevándose por delante lo que realmente le importaba.
La rabia lo invadía en cuanto recordaba sus absurdas ilusiones.
¿Por qué había creído que tendría tiempo suficiente para contarle la verdad sobre su identidad? ¿A qué había estado esperando?
Afortunadamente, George estaba respondiendo bien a las siguientes operaciones que le habían hecho e iba recobrando las fuerzas, aunque no su movilidad.
Se sentó frente a su escritorio pensativo.
Se aflojó el nudo de la corbata como cada vez que estaba solo.
Sentía que le estrangulaba. Se recostó en su asiento de piel y reparó en el cuadro nuevo que había colgado en su casi recién estrenado despacho.
Su secretaria se lo había enseñado del catálogo de una exposición a la que había ido hacía unos días.
Lo había elegido por sus colores vibrantes, alegres, poderosos, apasionados. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se levantó de un salto y miró la firma: A. Maxwell. Amber. Sintió que su corazón volvía a la vida, latiendo con fuerza.
Salió de su oficina para buscar a su secretaria. Encontró a la eficiente mujer de mediana edad junto a la fotocopiadora.
—El cuadro que tengo en el despacho, ¿dónde lo compré?
La secretaria lo miró extrañada ajustándose las gafas sobre sus ojos oscuros.
—En una galería de arte, señor.
—¿Cual? Necesito saberlo. Quiero todos los datos que figuren en el recibo, la factura o lo que sea. —Tamborileó los dedos, impaciente.
—¿Ahora? —preguntó sorprendida.
Ya se había acostumbrado al mal humor del que hacía gala desde que la empresa había pasado a su nombre y al de su hermano.
—Ahora —le exigió más enérgico de lo que pretendía.
La emoción se había apoderado de él. La posibilidad de encontrar finalmente a Amber se estaba haciendo real y la ansiedad lo consumía.
Con los escasos datos que había conseguido condujo a toda velocidad para aparcar en doble fila frente a la galería. Era una fachada blanca, elegante, clásica y estaba cerrada.
Pasándose la mano por la cara se fijó en el horario de apertura. Tendría que volver por la noche. No le quedaba más remedio que esperar unas pocas horas más.
Sentía que estaba cerca de encontrarla. Le debía una disculpa, o unas cuantas. Estaba deseando verla y rezaba para que ella quisiera verlo a él. Más animado y tranquilo, condujo de vuelta a la empresa.
Por la noche se presentó en la sala de exposiciones. No se había dado cuenta de que se requería vestir de etiqueta para acceder a ella, pero un traje no le iba a impedir encontrar a Amber. Además, la exposición no le importaba en absoluto. Solo quería respuestas.
Fue directo hacia la primera camarera que se encontró.
—Disculpe, señorita, ¿quién se encarga de las exposiciones que se exhiben aquí?
La joven, morena de grandes ojos oscuros, le sonrió con amabilidad.
—Pues supongo que está buscando a la señorita Peck. —Se giró un momento mirando a su alrededor—. Esa señora rubia del vestido azul —le señaló con la cabeza.
Michael se lo agradeció y fue hacia ella con rapidez. La mujer lo miró extrañada de arriba abajo.
—Perdone —se disculpó educado—. Compré un cuadro en una exposición aquí hace unos días. Amber Maxwell.
La mujer rubia asintió con una sonrisa. Se habían vendido muy bien pese a ser una artista desconocida.
—Necesito encontrarla. Es personal —le explicó tratando de no parecer agobiado.
—Bueno, fue su hermana la que organizó la exposición —le explicó señalando a la camarera con la que había hablado poco antes.
Michael asintió agradecido y, muy nervioso, volvió a dirigirse a la camarera. Recordó que Amber le había dicho que tenía una hermana viviendo en Nueva York y sabía que le había enviado algún cuadro. Deseó haber estado más atento en esos momentos.
—Perdona, ¿eres Opal Maxwell? —le preguntó incómodo.
Sin duda, Amber le habría contado lo que había ocurrido entre ellos, y probablemente no le pusiera fácil el dar con ella.
—¿Algún problema, señor? —le preguntó atenta.
Michael se fijó en que las hermanas eran físicamente bastante diferentes entre sí.
—¿Podríamos hablar un momento? —le preguntó impaciente metiéndose las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero.
La joven dejó la bandeja que llevaba sobre una de las mesas altas y se la señaló a su compañera para que se ocupara ella. Salió al recibidor de la galería y Michael, cada vez más nervioso, la siguió.
—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó amable.
—¿Dónde está Amber? —le preguntó agobiado—. No la encuentro. No sé dónde buscarla.
Ella le miró extrañada.
—¿Perdón?