Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3) 4 #3
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Entonces, la madre de Michael reparó en ella y la miró de arriba abajo con desprecio y sin lágrimas en sus hinchados ojos.

—No queremos nada… puede irse.

Amber se sorprendió y negó con la cabeza

—Yo… no…

—¿Quién es esta andrajosa, Michael? —le preguntó la mujer que tenía entre los brazos y no le había quitado la mirada de encima.

Amber se sonrojó. A su lado, su amplio vestido de flores quizá pudiera considerarse andrajoso, pero no le parecía un comentario nada agradable, aunque las circunstancias que las habían unido fueran dolorosas.

Michael se tensó y sin soltar a la mujer de su hermano le tendió la mano a Amber.

—Es Amber… Una… Eh…—No había hablado a nadie de ella. No era el momento, pensó—. Me ha acompañado en el viaje…

Amber sintió algo parecido a una puñalada en el corazón y tanto como se había acercado a Michael para coger la mano que le tendía, volvió a retroceder. ¿Qué presentación había sido esa? No esperaba que la presentara quizá como su novia, pero no decir ni siquiera su apellido…

Michael la miró preocupado, confuso, agotado.

No podía pensar con claridad. El cambio horario, el tenso viaje en avión, la angustia y la preocupación por su hermano le estaban pasando factura.

Lo que menos le apetecía en ese momento era hacerle daño a Amber, pero decirle la verdad no era tampoco buena idea.

—Amber…

Amber asintió, comprendiendo su mirada. Probablemente no era el mejor momento para presentarla a su familia. No iba a darle más problemas del que evidentemente tenía. Se sentó en uno de los asientos de la sala de espera, dejando intimidad suficiente a la familia para que se consolaran entre ellos.

—¿Y tu padre? —le preguntó la madre tomando asiento lo más lejos posible de ella, pero lo suficientemente cerca para no perderla de vista—. Creí que vendría contigo.

—No lo sé. No pasé por el hotel, me vine directamente desde donde estaba.

Amber había levantado la vista desde su asiento, extrañada por la respuesta. ¿Su padre vivía en París? ¿Por qué no se lo habría comentado en todo ese tiempo? ¿Por qué le había hecho creer que estaba allí solo? Frunció el ceño sin comprender. Quizá estuvieran enfadados, quiso pensar.

Poco rato después entró otro hombre trajeado. Amber lo vio entrar y se echó hacia atrás en el asiento sorprendida, pues lo reconoció de inmediato.

—Brenda, ¿qué ha pasado? ¿Qué tal está George? —preguntó con su fuerte vozarrón que llenaba la sala igual que su imponente presencia.

—¿Dónde estabas? ¿Con alguna de tus amantes? —le preguntó la madre de Michael, arisca y rabiosa—. Ya veo de quién ha aprendido Michael.

Amber se sobresaltó sonrojándose. Trató de no darse por aludida, pese a que las dos mujeres la miraban a ella. Justificó que era el dolor, la angustia o la impotencia lo que reflejaban sus palabras. A fin de cuentas, era una madre que tenía a uno de sus hijos debatiéndose entre la vida y la muerte.

Volvió a mirar a Michael. Frío, serio, distante, con el ceño fruncido, consolando a la mujer que seguía entre sus brazos. Empezó a sentir que no lo conocía tanto como creía.

Frank Stonewall reparó en ella sin darle importancia, pero la mirada fija de las dos mujeres le hizo volver a mirarla detenidamente.

—¿Señorita Maxwell?

—Sí, señor —le dijo levantándose, educada.

A fin de cuentas, era su jefe y el dueño del hotel.

—Casi no la reconozco con tanta ropa —comentó mirándola de arriba abajo.

Amber se sonrojó con rapidez sin saber qué contestar. En ese momento otra mujer joven de cabello oscuro recogido en un tirante moño en la nuca entró en la sala de espera abrazando directamente a Michael y dándole un sonoro beso en los labios.

—¡¡Michael!! ¡¡¡No sabía que vendrías!!! ¡Ay, qué desgracia! ¡¡Tu hermano!!

Amber contemplaba la escena sorprendida, sin palabras. Un sudor frío la invadió.

—Cassie… —Michael intentó retirarse, pero como no había podido separarse de la mujer a la que aún abrazaba, no tuvo escapatoria.

Un médico, canoso y con gafas, entró en ese momento.

—¿Familiares de George Stonewall?

Amber sentía que no podía moverse de donde estaba, mientras veía a la familia rodear al doctor.

—Acaba de salir de la operación. Se encuentra estable pero aún no ha pasado el peligro. Es difícil que pueda volver a caminar, pero es pronto para saberlo con exactitud.

La mujer llamada Susan empezó a sollozar más ruidosamente dejando más espacio para que la llamada Cassie abrazara con los dos brazos a Michael.

—¿Podemos pasar a verlo? —preguntó la madre.

—Sí. Síganme por favor.

Amber, dentro de su confusión, se sintió ligeramente aliviada. Quizá Michael finalmente no perdiera a su hermano. Su jefe fue hacia ella.

—No me entienda mal, señorita Maxwell —le dijo educado—.

Le agradezco que haya acompañado a mi hijo hasta aquí y los buenos ratos que sin duda le ha dado —sacó la billetera—, pero ahora él ha de seguir su vida y usted la suya…

A fin de cuentas, esta noche tiene actuación de nuevo en el hotel si mal no recuerdo.

—Le firmó un cheque y se lo dio—. Por las molestias ocasionadas.

Amber negó con la cabeza conmocionada. Miró el cheque, pero no lo cogió. ¿Qué había pasado? ¿Michael era el jefe del que su compañera Patricia le había hablado? No podía ser cierto… Pero ¿qué sabía ella de él?

Recordó la primera vez que lo había visto en el hotel. Su pantalón negro, la camisa blanca… lo había confundido con un camarero y él no le había sacado de su error.

Sintió que su corazón se rompía en pedazos… y dolía. ¿Todo había sido una mentira?

Trató de recuperar la compostura. Miró a los ojos al que sabía que era el dueño del hotel. Ignoró el cheque que le tendía.

—No ha sido ninguna molestia —logró decir recogiendo los trozos de dignidad que sentía que le quedaban.

El hombre sonrió deteniendo la mirada en su ligero escote.

—Sí. Tengo entendido que mi hijo es muy buen amante, lo heredó de mí. —La miró a los ojos—. Gracias de todos modos, por todo lo que ha hecho por él. Sin duda habrán disfrutado mutuamente.

Amber dio un paso atrás sintiendo asco. Sin decir ni una palabra más salió de la sala de espera y del hospital sin echar la vista atrás.

El frío de la noche le golpeó el rostro sin piedad y rompió a llorar.

No reconocía a Michael. Había vivido una mentira.

Había confiado ciegamente en él, y él solo le había mentido.

Se reprochó su ingenuidad, su confianza ciega, y su falta de inteligencia para no reconocer las mentiras que él le contaba.

Recordar cómo una de las mujeres se le había tirado al cuello y le había besado en la boca sin que él hubiera dicho nada al respecto le había llegado al alma. Pensar en la conversación con su jefe, con el padre de Michael, le había dado una repulsión atroz. No podía sentirse peor.

Sacó su móvil. Se restregó las lágrimas que habían empezado a brotar imparables. Se vio sola, en mitad de la noche, en la puerta de un hospital, donde se quedaba roto su presente, que ya pertenecía al pasado.

Solo se le ocurrió llamar a su hermana. No le apetecía volver a París, a su apartamento, a los recuerdos tan recientes que todavía tenía con él como compañero.

—¿Amber? ¿Estás bien?

Escuchó la voz preocupada de su hermana.

—No —se sinceró conteniendo a duras penas las lágrimas—. Opal, ¿puedes venir a buscarme?

—¿A París? ¿Ahora?

—No. Estoy en Nueva York, en el New York Hospital Medical Center… —sollozó—. ¿Puedes venir?

—Pero ¿estás bien? —le preguntó asustada mientras comenzaba a vestirse.

—Sí… Es solo que quiero irme de aquí.

—Voy.

Michael entró al edificio de la empresa, huraño, cabizbajo y con el ceño fruncido.

No saludó a nadie en el trayecto hasta su despacho. Quienes le veían de frente se apartaban de su camino con solo ver la expresión de su cara.

Había pasado todo el fin de semana en París. Amber había abandonado el apartamento. Se había llevado todas sus cosas y no había podido localizarla. Había preguntado a sus compañeros de trabajo, y nadie le había dicho nada. Algunos porque no sabían, otros, supuso, porque no querían.

No culpaba a Amber por haberse ido. Había pasado un mes desde el accidente de su hermano y dos semanas desde el posterior fallecimiento de su padre por un infarto. No había podido ir a buscarla antes y sentía que se ahogaba por dentro.