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Hizo lo posible para desnudarla con más tranquilidad de la que sentía, para quitarse la ropa recreándose ante su estilizado cuerpo, para preocuparse de la protección que requería.
Y entonces, ya no pudo contenerse más. Entre caricias, suspiros y gemidos se sumergió en ella, y sin prisa, con tortuosa calma hasta que perdió el control, la llevó hasta lo más alto, la acompañó en el viaje y juntos, a la vez, se dejaron caer, satisfechos, completos, saciados.
Amber lo había recibido cálida, dulce, tierna y Michael supo en lo más profundo de su ser que lo quería todo de ella.
Amber y Michael paseaban con las manos entrelazadas bajo la torre Eiffel compartiendo una crepe con chocolate además de sonrisas.
Michael se sentía relajado, satisfecho, feliz.
Planeaba hablar con George a lo largo de la semana, y después hablaría con su padre.
Estaba decidido a asumir totalmente la responsabilidad en la empresa, pero se quedaría en París con Amber.
Intentaría gestionarlo todo desde allí, y lo que no pudiera hacer él, podría hacerlo George desde la central en Nueva York.
También debía hablar con ella. Decirle quién era realmente.
Suponía que tras la sorpresa inicial no habría mayor problema.
Amber era demasiado generosa y comprensiva como para enfadarse con él por omitir su verdadera posición en la empresa.
Estaba convencido del paso que iba a dar e intuía que el momento de descubrirse se acercaba.
Por otro lado, no quería que Amber pensara que era un tiburón en los negocios, como siempre se había considerado a sí mismo.
Él podría ayudarla con mucha facilidad a vender sus obras.
Quizá si algún día Amber mostraba algo de interés en comercializar su arte en serio, le podría sugerir unas cuantas ideas.
—¿Te acuerdas cuando nos conocimos? —le preguntó Michael recordado el momento—. Creo que ese día tuve envidia hasta del sol que te tocaba.
Amber le sonrió con cariño. Se sentía muy bien con él.
Le gustaba la complicidad y la confianza que había entre ellos, sus momentos compartidos, incluso la rutina diaria que habían establecido y que le daba suficiente tiempo para pintar y disfrutar de momentos de soledad.
Y aunque a él parecía que no le gustara mucho que ella bailara, el paseo de vuelta a casa después del último pase no lo cambiaba por nada. No se podía pedir más, pensó.
—Yo creo que me enamoré de ti nada más verte —suspiró poniéndose de puntillas para besarle en los labios.
Él le devolvió el beso mientras gruñía al oír sonar su teléfono móvil. Lo sacó y se extrañó de que le llamaran desde la casa familiar a esas horas. Contestó. Oyó la voz del ama de llaves.
Sintió algo parecido a un golpe en la boca del estómago.
Su cara perdió el color. Sus piernas, la fuerza.
Se dejó caer de rodillas en la hierba mientras seguía escuchando.
Amber se arrodilló a su lado asustada agarrándole la mano con fuerza.
Le cogió el teléfono que se empezaba a resbalar por la mejilla.
—Disculpe, mi nombre es Amber Maxwell, ¿ha ocurrido algo?
—Sí, señorita, el hermano del señor Michael ha sufrido un grave accidente de coche. Nos han pedido que le avisemos para que venga lo antes posible pues se teme lo peor.
—De acuerdo, no se preocupe —le respondió Amber con los ojos llenos de lágrimas—. Salimos en el primer vuelo —colgó—. Vamos, Michael.
Michael la miró con la mirada rota de dolor.
Fue a abrir la boca para decirle algo pero no le salían las palabras.
Solo podía pensar en su hermano, en los numerosos momentos compartidos con él, en su sentido del humor, en su manera de ver la vida, en lo joven que todavía era como para que todo para él acabara de repente.
—No es momento de hablar —le dijo ella empezando a caminar con prisa—. Es hora de irse.
Michael asintió. Respiró profundamente. Cogió el móvil y marcó un número de teléfono.
—Bárbara, soy Michael. Sí, ya me he enterado. Resérvame el primer vuelo desde París —ordenó con un tono de voz que sorprendió a Amber por su fuerza y convicción—. Sí. Espero tu llamada.
Michael, nervioso, comenzó a andar. Necesitaba subir a un avión cuanto antes. No iba a pasar por el apartamento a recoger nada. Solo pensaba en llegar junto a su hermano. George no podía irse así. No podía dejarlo solo. Tenían muchas cosas que hacer juntos todavía.
Amber le seguía el paso a duras penas. No sabía de dónde había salido esa voluntad firme y fría que manifestaba. Ya no reconocía en él ningún atisbo de las dudas o el agobio que le hacía fruncir el ceño cuando se callaba pensativo.
—Michael, quiero acompañarte —le dijo—. No quiero dejarte solo.
Michael no podía pensar con claridad. Apenas podía escucharla.
Su cabeza parecía estallar y el nudo en su garganta le estaba ahogando.
No estaba seguro de que fuera buena idea, pero no quería estar sin ella, y menos aún en esos momentos.
Sentía que, si Amber le soltara la mano, se desplomaría literalmente.
Michael asintió y volvió a marcar el último número del teléfono.
—Bárbara. Dos billetes… Sí, dos. Miró el reloj. ¡Perfecto! ¡Vamos! —Tiró de Amber.
—¿Dónde? —le preguntó ella confundida.
No sabía si iba a pasar por el apartamento para coger una maleta, por el hotel para avisar de que no trabajaría o iban directamente al aeropuerto.
Ella también debería avisar al hotel para justificar su ausencia en los pases de esa noche.
Esperaba que no tuviera ningún problema porque nunca había faltado al trabajo, pero como había oído hablar del carácter del hijo del jefe, ponerlo a prueba no era lo que más le apetecía.
Aunque, en ese momento, todo le daba igual.
Casi podía sentir la angustia que sentía Michael y era desgarradora.
No podía imaginarse cómo estaría ella si le pasara algo a alguno de sus hermanos.
—Al aeropuerto, salimos en media hora.
—¿Media hora?
Mentalmente entendió que no le daba tiempo de pasar por casa a preparar una pequeña maleta, pero no le importó.
Sin soltarle la mano, le siguió. Cogieron un taxi en silencio, que los llevó de inmediato al aeropuerto, y Amber se sorprendió de que pagara con un billete de mucho valor y no se molestara en recoger el cambio.
—Le estábamos esperando, señor —le dijo un trabajador del aeropuerto nada más aparecer por la puerta—. Síganme por favor.
Michael asintió como si fuera lo más natural del mundo tener personal a su servicio. En menos de diez minutos estaban acomodados en la primera clase de un avión de pasajeros vacío.
Amber se dejaba llevar sorprendida. Sabía que no era el momento de preguntar nada a Michael, pero le estaba costando entender cómo tenían un avión para ellos solos, justo cuando lo necesitaban. ¿Qué estaba pasando?
Nada más despegar el avión, Michael se recostó en el asiento con el ceño fruncido, apretando con fuerza la mano de Amber. No podía, no quería soltarse de ella.
Amber le abrazó pasándole el otro brazo por encima de su pecho y besándole la mejilla
Michael no abrió los ojos. Se llevó la mano de Amber a su boca y se la besó con cariño. Supuso que había llegado el momento de contarle las cosas que él le había ocultado con total intención, pero el dolor y la angustia que sentía le impedían hablar o pensar con claridad.
—Amber, creo que…
Ella le besó de nuevo la mejilla.
—¡¡Shhh!!… No es el momento de que me digas nada —le susurró con ternura—. Ahora lo que importa es tu hermano. Seguro que sale todo bien, ya lo verás. Hay muy buenos profesionales cuidándole.
—Gracias —le respondió él con la voz entrecortada, rezando para que no se tuviera que arrepentir de lo que no le había contado.
No tenía ganas de hablar, no tenía ganas de abrir los ojos.
Solo quería abrazar a su hermano, volver al gimnasio con él, salir a tomar unas copas o ir a escalar como solían hacer cuando eran más jóvenes.
Los recuerdos se le agolpaban en la mente.
Había hablado con él hacía un par de semanas.
Estaba bien, contento, como siempre… y ahora estaba en una cama de hospital debatiéndose entre la vida y la muerte.
Casi nueve horas más tarde entraba de la mano de Amber en el New York Hospital Medical Center.
Era de madrugada. Preguntó en la recepción y, siguiendo las instrucciones, fue directo a la sala de espera de la planta a la que le habían mandado.
No soltó a Amber de la mano en ningún momento.
Ella le daba fuerza. La fuerza que él no sentía que tuviera.
Una mujer rubia de mediana edad, elegantemente vestida, le abrió los brazos nada más verlo y Michael soltó la mano de Amber para ir hacia ella y abrazarla. Amber se quedó rezagada. No quería inmiscuirse en el reencuentro familiar.
Amber se fijó en ella. Sus ojos azules estaban rojos de tanto llorar. Su cabello lucía impecable, igual que sus ropas. Sus joyas también le llamaron la atención. No parecía ser la madre de un humilde camarero. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y un mal presentimiento se apoderó de ella.
Junto a ella, había otra mujer más joven, igual de impecable, con un pañuelo entre las manos, que la miraba sin disimulo alguno de arriba abajo.
Él miró a la mujer joven preocupado.
—¡¡Michael! —Ella se arrojó a sus brazos con un sollozo—. Gracias por venir.
—Susan… Madre, ¿se sabe algo más? —Miró preocupado a su madre mientras la mujer joven seguía abrazada a él.
—No. Estamos esperando a que salga el doctor —le explicó su madre, secándose las lágrimas.
—¿Qué os han dicho?
La madre negó con la cabeza, afligida.
—Apenas nada. El accidente debió de ser terrible. Temen por su vida, y creen que, si sobrevive, no podrá volver a caminar.
La mujer morena que tenía entre los brazos comenzó a sollozar escandalosamente mientras él la abrazaba con más ternura. Michael aguantó la respiración. No volver a caminar era preferible a no salir vivo del accidente. Su hermano era muy fuerte, pensó. Rezó para que las secuelas solo fueran esas.
Amber se mantuvo discreta en un segundo plano.
Estaba siendo testigo del dolor de una familia que no conocía y no quería incomodar a Michael, aunque se sentía totalmente fuera de lugar.
Además, la mujer que tenía entre los brazos no dejaba de mirarla con una actitud bastante despectiva que ella quiso justificar por la tensión y el dolor del momento.