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Amber los miró extrañada.
—¿Qué ocurre? —les presentó con una sonrisa— ¡Ah!… Jeff, Michael. Michael, Jeff.
Los dos hombres se miraron seriamente, evaluándose en silencio.
Jeff sonrió divertido rompiendo la tensa situación.
—O le dices que soy tu hermano o me va a hacer pagar este abrazo en el hospital. —Le tendió la mano al que suponía que era la pareja de su hermana, de la que solo había oído rumores.
Amber miró a Michael y fue a cogerle de la mano.
—Es Jeff, mi hermano, ya te he hablado de él. ¿Qué pensabas?
Michael relajó visiblemente la actitud y respondió a su saludo.
—Perdona.
—No te preocupes —le respondió Jeff—. Me alegro de que mi hermana tenga a alguien que la acompañe a casa por las noches.
—No solo la acompaño a casa —le avisó Michael pretendiendo dejar claro que sus intenciones con ella eran serias y más cuando se estaba planteando la posibilidad de dejarlo todo por ella.
Amber lo miró extrañada. No terminaba de gustarle esa actitud posesiva en él. Intuía que aún escondía dudas que no terminaba de comprender.
—Bueno, vámonos a casa.
Amber sonrió cogiendo a cada uno de los hombres de un brazo y empezaron a caminar entre las sombras de las farolas.
—¿Cuándo tiempo vas a quedarte? —le preguntó a su hermano con una sonrisa—. ¿Cómo están mamá y papá?
Jeff mantuvo la conversación y respondió a las múltiples preguntas de Amber hasta que llegaron a casa. Michael escuchaba en silencio. Se había acostumbrado a tener a Amber solo para él y le costaba tener que repartir su atención con otra persona, aunque fuera su hermano.
Cuando entraron por la puerta vieron que la maleta de Jeff estaba medio abierta sobre el sofá.
—Esta vez no se me olvidó la llave —le explicó Jeff—. Me dio tiempo de venir a dejarla antes de pasar a buscarte.
—Para eso te la di —le dijo Amber colocando las flores en un bonito jarrón de cerámica de color naranja.
Michael y Jeff se miraron incómodos. Michael sabía que el sofá era su sitio, pero ahora que Jeff también parecía reclamarlo no sabía cómo actuar.
Amber los miró desde la cocina. Michael se notaba tenso y volvía a tener el ceño fruncido con el que lo había encontrado bajo la torre Eiffel.
Dejó el jarrón con las flores sobre la mesa mientras su hermano observaba el cuadro que tenía en el caballete.
—Qué bonito es, Amber —comentó admirado—. Opal nos comentó que estaba intentando prepararte una exposición en Nueva York. No tengo dudas de que podrías exponer donde quisieras.
Amber abrazó a su hermano con cariño. Sabía que se sentía orgulloso de ella, igual que de sus hermanas.
Él también podría haber hecho lo que hubiera querido con su vida, pero había decidido quedarse en Montana con sus padres, algo que tranquilizaba a las tres hermanas que habían decidido volar del nido familiar.
Michael los miraba en silencio. Sacó las sábanas del armario donde las guardaba cada mañana. No tenía muy claro cómo iban a dormir con Jeff en casa.
Amber lo detuvo antes de que llegara al sofá que seguía ocupando todas las noches. Se las cogió de la mano y tiró de él hasta su dormitorio.
—¡Shhh! —le indicó en un gesto con los labios para que hablaran en susurros—. Mi hermano estará aquí unos días. Si no te importa, déjale el sofá a él. —Sacó unas sábanas limpias y se las dio para que las llevara al sofá.
Michael la miró extrañado.
—¿Y yo?
Amber miró hacia su cama y le volvió hacer un gesto con los labios para que no hablara en voz alta.
—Yo me pongo las sábanas, hermanita —le sonrió atentó—. Estaréis cansados de trabajar hasta tan tarde.
Amber volvió a abrazarlo cariñosa. Le encantaba cuando alguno de sus hermanos iba a visitarla.
—No nos habías dicho nada de tu amigo —le susurró al ver que él no salía del dormitorio.
—Nos estamos conociendo —le sonrió Amber—. Pero no tienes por qué preocuparte.
—Ya me he dado cuenta por cómo te mira. Me alegro por ti —le respondió quedándose solo en el salón.
Michael estaba mirando por la ventana pensativo. Amber cerró la puerta tras ella y se acercó a su espalda.
—Espero que no te importe —le susurró.
Michael se giró. Solo iluminada por la escasa luz que entraba por la ventana, Amber se veía preciosa. La había visto hablar con tanto cariño con su hermano, le había dejado pensar que eran pareja, iban a compartir la cama… La cogió entre sus brazos y la besó dejándola sin aliento.
Amber le devolvió el beso con la misma pasión, con el mismo hambre, con la misma entrega.
Cuando Michael la tumbó sobre la cama, ella puso las manos entre ambos con la respiración entrecortada.
Michael la miró extrañado.
—Mi hermano está en el salón. No quiero incomodarlo.
Michael dejó caer la cabeza sobre la de ella con los ojos cerrados para tratar de regular su respiración y las palpitaciones que sentía oprimiendo sus pantalones.
—Dime que no volveré a dormir en el sofá cuando él se vaya —le susurró.
Amber sonrió y le besó los labios con ternura.
—Supongo que no.
Haciendo uso de su autocontrol, Michael se levantó para empezar a quitarse la ropa sin encender la luz. Amber lo miraba fascinada. Su cuerpo delgado y musculoso a fuerza de gimnasio era digno de admirar.
Michael la miró con una sonrisa. Se vio tentado de quedarse totalmente desnudo, pero supuso que sería incapaz de contener las ganas de entrar en ella, y más si Amber seguía mirándole con esa expresión en su rostro.
—¿No vas a ponerte el pijama? —le preguntó en un susurro.
Amber asintió dejando de mirarlo. Le dio la espalda para ponerse la camiseta con la que dormía. Notó como él se tumbaba en la cama. La atracción entre ellos podía sentirse en el aire.
Amber se metió bajo las sábanas. Él se quedó sobre ellas. Ambos miraron al techo antes de girarse y mirarse a los ojos.
Michael buscó sus labios, exploró su boca, la invadió con su lengua. Amber le pasó los brazos alrededor del cuello. Realmente quería más. Lo quería todo. Sus cuerpos se buscaban, las manos los acariciaban.
Michael se retiró de repente, muy excitado. Se tumbó boca arriba mirando el techo.
—¿Y si mañana le llevamos a dormir al hotel?
Amber sonrió imitando su posición.
—Solo serán unos días.
—Con unas noches muy largas —murmuró contrariado.
A la mañana siguiente, cuando Michael salió del dormitorio, Jeff ya había preparado el café y lo estaba tomando relajadamente, apoyado en la encimera de la cocina.
—No esperaba que madrugaras —le comentó Jeff al verlo, con una sonrisa amable.
—Sí… —le respondió acercándose—. Tengo que volver al hotel.
Jeff asintió mientras lo veía verter el café en la taza.
—Supongo que no debo preocuparme por mi hermana —le dijo ligeramente serio.
Michael evitó su mirada. ¿Qué podía decirle?
—No pretendo hacerle daño —le respondió sincero.
Jeff asintió. No sabía cuánto tiempo llevaban juntos. Era de agradecer que por lo menos no le mintiera diciendo que era el amor de su vida si no lo tenía lo suficientemente claro.
—Me alegra saber que eres su compañero de trabajo. Por un momento temí que te hubiera encontrado vagando por cualquier sitio y te hubiera invitado a vivir con ella.
—¿Qué quieres decir?
—Amber es demasiado generosa —le respondió—.
Ya la conoces. No sé cuántos perros abandonados, cuántos pájaros heridos, cuántos gatos nos habrá traído a casa desde pequeña…
Siempre estaba compartiendo el almuerzo o la merienda con los niños que menos tenían.
Nos daba miedo que en París siguiera con su costumbre.
Sabemos que a veces invita a algún amigo con problemas a dormir en el sofá…
pero ahora que estás tú, supongo que las cosas serán diferentes.
Michael asintió dando vueltas a su café para disimular su mirada. Realmente a él lo había encontrado vagando por ahí.
—Sí… supongo que Amber es así… generosa… confiada —reconoció mirando hacia la puerta tras la que ella dormía.
—Me iré en unos días. Mis padres también se alegrarán de que no esté sola en París.
Michael miró a Jeff. Era lógica su preocupación por su hermana, pero le estaba haciendo sentirse culpable por su comportamiento. Desde luego que no pretendía hacerle daño, pero tampoco sabía cómo incluirla en su vida. La vida real a la que volvería en cuanto le dijera la verdad.
—Me gusta Amber —le dijo sincero.
—Lo sé —asintió Jeff—. No hay otra igual a ella.
Michael asintió mientras su teléfono empezaba a vibrar.
—Tengo que irme —se despidió—. Nos vemos luego.
Jeff le vio salir por la puerta antes de dirigirse a apreciar los últimos cuadros que su hermana había pintado.
Cinco días más tarde, salían juntos del aeropuerto después de despedirse Jeff.
Amber contenía sus lágrimas a duras penas.
—Me cuesta tanto decirles adiós —comentó con un suspiro.
Michael le pasó un brazo sobre los hombros y la abrazó contra él. Esos días había descubierto aún más su dulzura, el cariño que sentía por su familia, esas emociones tan transparentes que parecía que reflejaba con tanta facilidad en sus expresivos cuadros.
Volvieron casi en silencio al apartamento.
Michael ya había empezado a sentirse nervioso para su sorpresa. Se recordaba a su época adolescente, cuando las posibilidades de acostarse con una chica empezaban a multiplicarse y le hacían excitarse solo de pensarlo.
Antes de que Amber abriera la puerta, Michael la cogió por la cintura apretándola contra su cuerpo.
—Sabes lo que va a ocurrir ahora, ¿verdad? —le susurró en su nuca con voz ronca.
Amber sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. Era lo que más deseaba. Después de pasar tantas noches a su lado, después de haber compartido esos besos que siempre la llevaban a querer más, después de haber amanecido entre sus fuertes brazos cada mañana.
Se giró y lo miró. Su mirada era firme, contenida, seria. Pasó sus brazos alrededor de su cuerpo antes de besarlo, dejando que fuera él quien empujara la puerta para entrar adentro.
Michael aceptó la invitación sin dudarlo. Su beso, conforme cerraba tras él, se tornó exigente, caliente, excitado.
La llevó hasta la cama. Llevaba soñando con ese momento desde la primera vez que la había visto, desde aquella primera sonrisa.