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Michael observaba desde la sombra de una columna el espectáculo de baile de Amber. Cada noche le parecía más hipnotizador su movimiento de caderas, de pecho, de abdomen, su sonrisa auténtica, su energía… lo daba todo bailando… y sin bailar también.
Ya llevaban una semana conviviendo. Incluso él había llevado parte de su ropa, minuciosamente escogida para que ella no sospechara sobre su identidad. Aún no se habían acostado juntos, pero la atracción entre ellos era cada vez más latente.
Él estaba descubriendo el autocontrol y la paciencia que no sabía que tenía, a la vez que disfrutaba de la complicidad, la amistad o la sencillez que tan pocas veces había experimentado en su vida.
Tenía miedo de que las cosas se consolidaran cada vez más entre ellos.
Sentía que se estaba acostumbrando a vivir con ella, a tenerla cerca, a pasear por las noches desde el trabajo hasta el apartamento hablando de todo un poco y de nada en particular.
Le gustaba. Quería esa vida. Pero sabía que estaba cimentada en una mentira.
Su mentira. Y no quería, bajo ningún concepto, revelar la verdad de su identidad.
—Impresionante, ¿verdad? —le preguntó su padre a su espalda.
Michael asintió dando un paso atrás por si ella los pudiera ver.
—Uno puede mantenerse joven siempre con una mujer así —comentó su padre sin dejar de mirarla.
Michael frunció el ceño mientras el sonido de los acordes orientales camuflaba la conversación.
—¿Qué quieres decir?
—Oh, vamos, hijo, mírala, ¿no te imaginas cómo será en la cama?
Michael sintió cómo una ira inesperada nacía de sus entrañas.
Apretó sus labios y sus puños. Sentía la tentación de callar la boca a su padre por la falta de respeto hacia su mujer.
Su mujer. Se sintió posesivo, celoso de que cualquiera pudiera mirarla como él lo estaba haciendo o de imaginarla en cualquier otra situación íntima.
Se alejó de allí sin mediar palabra. Su padre le había revuelto el estómago, pero ¿cuántos hombres más pensarían así de ella?
Michael la estaba esperando serio en la esquina junto al hotel cuando Amber salió. Ella se le agarró del brazo con una sonrisa radiante, como hacía todas las noches.
—Me siento tan bien bailando —le confesó con sus ojos brillantes.
—¿Y no te importa que los hombres te miren? —le preguntó empezando a caminar.
—Estoy bailando en público, es lógico que me miren —le respondió Amber, extrañada.
—¿Pero no te importa lo que piensen de ti?
—¿De mí? ¿Y por qué me iba a importar? Yo bailo, sé que bailo bien. Si a alguien no le gusta, que no mire —le respondió empezando a notar el mal humor de él—. ¿Pasa algo?
—No lo sé —murmuró serio—. Los hombres te miran, bailas medio desnuda… ¿No te importa?
Amber enarcó las cejas dejando de caminar.
—¿Tienes algún problema? Los hombres me miran, las mujeres me miran… como mirarían a cualquier bailarina o cualquier espectáculo de baile, ¿qué te ocurre?
Michael se pasó la mano por la cabeza, ligeramente agobiado. Sabía, por el tono de su voz, que Amber se estaba enfadando por sus comentarios.
—No… es que… me gustas —reconoció—, y no me gusta lo que puedan pensar de ti…
Amber negó con la cabeza comprensiva, volviendo a caminar cogida de su brazo.
—A ver, Michael, la gente puede pensar lo que quiera, lo hacen continuamente.
—¿El qué?
—Pensar, hablar… la gente piensa, habla, puede hacer lo que le dé la gana.
—Ya, pero ¿eso no te molesta?
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Amber, porque bailas medio desnuda, cualquiera puede soñar contigo, imaginarse cosas…
Amber se echó a reír.
—¿Estás celoso? ¿Qué te importa lo que la gente piense?
Michael negó con la cabeza, molesto.
—No me gusta que nadie murmure o que hablen de ti en según qué términos.
Amber le abrazó mientras caminaban. Una parte suya le hacía sentirse satisfecha por la admiración que causaba con su cuerpo, con su baile… otra parte sentía la inseguridad de él y la desconfianza.
A los pocos pasos, Michael soltó el aire que estaba reteniendo. No estaba conforme con la respuesta que Amber le había dado.
—Bueno, vale… quizá estoy celoso… Soy muy posesivo, lo reconozco…
—Más bien eres un poco mal pensado —le corrigió ella sin darle mayor importancia.
Michael se encogió de hombros. Quizá tuviera razón.
De cualquier forma, acababa de darse cuenta de que una bailarina oriental no tenía lugar en su círculo social, en su vida.
Y reconocerlo le pesaba como si llevara una losa enorme en su cabeza, y una cadena de hierro irrompible alrededor de su corazón.
Dos noches más tarde, Michael miraba el reloj impaciente.
Estaba deseando que la actuación de Amber acabara para poder irse a casa.
Su deseo de acostarse con ella era cada vez mayor.
Cuanto más la conocía, más le gustaba. Había llegado a pensar que Amber se le estaba resistiendo con toda la intención para que él cayera rendido a sus pies, y estaba muy cerca de conseguirlo.
Por otro lado, sabía que debía actuar al respecto del malestar que sentía.
Se sentía bloqueado porque él mismo se estaba negando a avanzar en su situación, y más aún desde que había conocido a Amber.
Tenía ganas de hablar con su hermano. George le ayudaría a aclararse las ideas.
La idea de casarse con Casandra la había desestimado.
Solo debía justificarla y hacerla pública…
aunque aún pensaba en sus posibles consecuencias, pero ¿qué hacer con Amber? Suspiró.
¿En qué momento esa posibilidad había pasado a convertirse en una opción?
No lo recordaba. Solo sabía que estaba deseando ir a casa a la hora de la comida para disfrutar de su conversación y su compañía.
Igual que ansiaba el momento de volver paseando, con la noche como testigo silenciosa de lo que parecía que ocurría entre ellos.
Estaba convencido de que Amber también disfrutaba de sus momentos juntos. Los ojos le brillaban, no dejaba de sonreír, incluso ella misma le había comentado que estaba inspirada y no podía dejar de pintar, y él, orgullosamente, se había atribuido el mérito.
Cerró con llave su suite. Ya había cambiado su esmoquin por los vaqueros y la camiseta. Amber seguía pensando que era un camarero y él no la había sacado de su error. Evitaba ser visto en el hotel a la hora a la que ella estaba. Solo bajaba en ocasiones a escondidas a verla bailar.
Amber salió sonriente por la puerta del hotel.
Estaba deseando, como todas las noches, ver a Michael.
Sabía que no tardaría mucho en caer en la tentación de acostarse con él.
Le atraía como nadie antes, y tenía miedo a que, una vez consumada la relación, él desapareciera o perdiera el interés por ella, como alguna vez le había pasado anteriormente.
De todas maneras, sentía que esta vez era diferente o, por lo menos, así quería creerlo.
—Cada día estás más impresionante, hermanita —le dijo un joven muy guapo que estaba apoyado en una farola con un ramo de flores silvestres.
Amber lanzó una exclamación de sorpresa y se arrojó a sus brazos sonriente.
—¡¡Jeff!! ¡No te esperaba!
Michael salió en ese momento y se quedó de piedra, viendo como el joven abrazaba con tanta confianza a Amber y ella le devolvía el abrazo con la misma disposición.
Era más alto que ella, en vaqueros y camiseta, sin pretensiones, pero la envolvía entre sus brazos como si la vida le fuera en ello.
Sintió como la rabia recorría su cuerpo.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era? ¿Algún admirador?
¿Algún exnovio? Amber no le había hablado de que hubiera otro hombre en su vida.
O por lo menos, ninguno al que se alegrara tanto de ver.
Inconscientemente apretó los puños y los labios.
Sus músculos se tensaron. Le molestaba y mucho lo que estaba ocurriendo ante sus ojos, y no estaba seguro de cómo actuar al respecto.
Dio dos pasos más haciendo visible su presencia y se quedó allí, frío, serio, esperando una explicación.
—¿Cuándo has venido? No te esperaba. ¿Por qué no me llamaste? —le preguntó Amber a Jeff, mientras le cogía las flores y las olía.
Jeff Maxwell no le contestó. Miraba con recelo al hombre que había salido tras su hermana del hotel y le amenazaba con su mirada.
—¿Tienes algún problema, amigo? —le preguntó tratando de dejar a su hermana detrás.
—Sí, tú —le respondió Michael muy molesto, manteniéndole la mirada.