Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3) 3 #2
46%

3 #2

Michael fue tras ella. Le habían sorprendido esos ojos brillantes y la gratitud en su sonrisa.

—Preciosa eres tú —le susurró abrazándola por detrás antes de darle la vuelta y poder recrearse en un beso largo y húmedo.

Amber le devolvió el beso con la misma pasión y cuando sintió que las rodillas le temblaban se dejó llevar por él hasta el sofá. En cuanto se vio tumbada bajo su imponente cuerpo recuperó la cordura no supo cómo y le puso una mano en el pecho para detenerlo.

Michael tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para dejar que se alejara de él sin retenerla y no buscar de nuevo el contacto físico.

—Vas a volverme loco.

Amber sonrió ruborizada.

—No lo creo. —Fue a la cocina a terminar de poner las flores en el jarrón de cristal que había cogido para ello.

Michael, con un suspiro, se levantó del sofá y se asomó al balcón.

Era minúsculo, pero había conseguido sacar una pequeña mesa de forja y dos sillas.

Las vistas a los tejados de la ciudad y la tranquilidad del ambiente le hacían sentirse relajado.

Incluso le sorprendió sentirse cómodo ante la falta de espacio y de lujos.

Miró a Amber que salía de la cocina e iba hacia él con un fuente redonda de ensalada.

—Sabes que tarde o temprano acabaremos acostándonos —le comentó.

—Sí, es probable —respondió ella—, pero hasta entonces…. Vamos a comer.

Dejó la ensalada en el centro de la mesa.

Michael se sentó ligeramente encogido y sonrió mientras cogía el tenedor.

—Puedes traer aquí tu ropa —le dijo Amber mientras empezaba a comer.

—¿Qué? —Michael recordó que creía que era un camarero de su hotel.

—Si quieres esta noche me esperas o te espero y venimos juntos —sonrió mientras él llenaba de vino las dos copas.

Michael asintió mirándola. Estaba preciosa, aun ligeramente despeinada. Los ojos le brillaban, se la veía relajada. Sin lujos, sin pretensiones, sin ambición, sin expectativas…

—Eh… este vino no está mal —le dijo Michael después de dar un sorbo y fijarse en la etiqueta de un vino que no reconocía.

—¿Te gusta? —le preguntó expectante.

Opal le había llevado varias botellas de vino la última vez que la había visitado.

—Sí. —Se sorprendió porque no lo esperaba de tan buena calidad ante la modestia con la que vivía—. ¿Cómo lo haces?

—¿El qué? —preguntó ella volviendo a hundir el tenedor en la ensalada.

—Ser feliz con tan poco.

Ella se echó a reír.

—¿Qué más necesito? —Señaló a su alrededor—. Aire, comida, un buen vino, una buena compañía…

Michael se sorprendió.

—Realmente no se necesita más.

Resopló pensando en su vida. Le gustaba vivir bien, sus coches, sus relojes… pero le había empezado a ahogar esa presión cada vez mayor que se respiraba en su círculo social, por la casa más grande, la fiesta más comentada, las vacaciones más exóticas…

Amber asintió observando como él apretaba las mandíbulas sin darse cuenta y el ceño fruncido volvía a su rostro.

—Sigues dándole vueltas a la cabeza a tus problemas… ¿llevan alguna dirección tus pensamientos?

Michael la miró sin comprender.

—¿A qué te refieres?

—Que no sé si le das vueltas a tus problemas o a las posibles soluciones que puedes darles.

Fue a abrir la boca para replicar, pero no encontró la respuesta. No era capaz de aplicar la frialdad o la claridad que tenía en sus negocios, a los pensamientos que últimamente le asaltaban.

—No es tan fácil.

—Sí lo es —le respondió ella notando como él se ponía a la defensiva.

—Para mí, no —le respondió frunciendo el ceño como un niño al que le llevaban la contraria.

Amber no sabía lo que era llevar un negocio familiar tan grande como el suyo, pensó.

No sabía de la presión moral que sentía por la cantidad de gente que dependía de él y de sus decisiones.

Ni mucho menos sabía lo que era sentirse obligado «emocionalmente» a contraer matrimonio con la primogénita adecuada al margen de cualquier sentimiento amoroso posible.

Tampoco sabía lo que era no poder desconectar en ningún momento, o el vivir siempre conforme a lo que los demás esperaban.

De acuerdo que él estaba acostumbrado a todas esas circunstancias en su vida, y realmente siempre se había sentido cómodo en ese ambiente, pero últimamente todo eso le angustiaba…

sobre todo desde que había cedido a las presiones para pasar por el altar.

No quería pensar que se había rendido. Ese no era su estilo.

Había preferido engañarse pensando que era lo que debía hacer, pero en su interior sabía que no era cierto.

Amber se levantó para traer los platos con la carne que había hecho en el horno.

—¿Te hace feliz la vida que llevas?

Michael la miró sin comprender.

—¿Sabes? Creo que, si tomas la decisión de ser feliz, la vida cambia —le confesó ella—. Si te aferras a lo que sientes, y estás dispuesto a ser coherente con ello, todo es diferente.

—¿Aunque pierdas cosas? —preguntó confuso pensando que hablaba la inexperiencia de ella, su inocencia…

Ella señaló a su alrededor.

—¿Qué vas a perder? El aire, no. La comida o según qué compañía, tampoco. Quizá al principio sea duro, no te digo que no, lo sé, pero merece la pena.

Michael miró a su alrededor. No se imaginaba viviendo en ese entorno. No estaba seguro de que pudiera encajar allí mucho tiempo. Pero en esos momentos, deseaba poder romper con todo y sentirse libre.

—¿De verdad merece la pena? —preguntó sintiendo que su alma le gritaba ¡¡Salta!!

—Dímelo tú —le tentó ella.

—Yo no lo sé.

—Todavía —le respondió ella—. Te atan los convencionalismos, la familia, la sociedad, quizá el no saber qué quieres realmente en tu vida…

. Pero cuando cortas esos hilos, que además no son tan fuertes, todo cambia…

Quizá al principio hay que trabajar más duro, o compartir piso con algún compañero que llena la casa de fiestas —recordó sus viejos tiempos—.

O pasar muchos momentos a solas, incluso apenas tienes para comer…

pero de repente, todo se equilibra un día…

y aquí estás… viviendo la vida que quieres, a tu aire… y feliz.

Michael no podía dejar de mirarla. Los ojos se le habían iluminado mientras hablaba.

—Suenas a libro de esos de autoayuda.

Amber sonrió.

—Reconozco que me leí unos cuantos nada más dar este salto… y funcionan si los pones en práctica.

—Lo dudo —murmuró masticando la sabrosa carne—. ¡Qué bueno está!

—Receta familiar —le confesó ella—. Lo que está claro es que si no cambias algo vas a seguir así toda la vida…. Tú verás si te compensa.

—No es tan fácil —se defendió.

—Sobre todo si te empeñas en que no lo sea —le respondió Amber—, o si te empeñas en tener razón.

Michael suspiró empezando a molestarse.

—Prefiero cambiar de tema.

—No pareces de los que se rindan —sonrió Amber elevando una ceja.

Michael no sabía si esas palabras incluían la posible relación entre ellos.

—No lo soy —le sonrió atractivo.

—Tampoco pareces de los que se quedan esperando a que las cosas sucedan solas —fingió inocencia.

—Tampoco lo soy —le aseguró Michael—. Pero me da la impresión de que volveré a quedarme con las ganas si me abalanzo sobre ti y te llevo a la cama.

—Pero yo no hablaba de ti y de mí —sonrió divertida—. Hablaba de ti y aquello a lo que le das vueltas en la cabeza.

—Sí, seguro —replicó él terminando su trozo de carne.

Se miraron a los ojos cómplices.

—¿Quieres que luego vayamos a ver el distrito de La Ópera? —le sugirió Amber que había empezado a sentir una ola de calor recorriendo su cuerpo.

—Perfecto —le respondió Michael antes de levantarse.

Empezó a quitar la mesa. Amber le imitó con una sonrisa y le siguió hasta la cocina. Se sentía bien con él en casa, pensó.

—¿Y ahora qué sueles hacer hasta que te vas a trabajar? —le preguntó mientras la veía fregar los platos sin ningún tipo de pereza—. Tienes un sofá, pero no la televisión para tumbarte a verla.

—¿La echas en falta? ¿En París?

—¿Y las noticias? ¿No te interesa saber lo que pasa en el mundo?

—No. —Se encogió de hombros—. Si hay algo importante que debo saber, tarde o temprano me entero. Me lo dice mi familia, lo escucho en el trabajo…

—¿Y entonces?

—Pinto. —Le señaló con la cabeza todos los lienzos que había en un lateral de la habitación.

Michael los observó por encima. Pincelada suelta, grandes flores en colores vibrantes, alegres, poderosos, apasionados, radiantes…

—Son muy buenos —le reconoció después de observarlos por unos momentos.

—Gracias —le contestó Amber, orgullosa.

Se le acercó para verlos con él. A su lado.

Muy cerca. Michael parecía relajado. Se centró en admirar sus últimos cuadros.

Había enviado fotos a su hermana. Iba a mostrárselos a los conocidos que tenía en una de las salas de exposiciones para las que solía trabajar.

Opal le había sugerido la posibilidad de exponerlos y venderlos y aunque alguna vez había vendido alguno por una cuantía considerable, no había sabido mantener ese ritmo.

—¿Tienes página web? —le preguntó Michael interesado.

—¿Qué? Claro que no.

Michael la miró sorprendido.

—¿No quieres venderlos?

—Sí… bueno… no es tan fácil… —se justificó Amber.

—Si nadie los ve, desde luego que es difícil que se vendan —le respondió con tranquilidad—. De redes sociales o estrategias de marketing ni hablamos, ¿no?

Amber le miró extrañada.

—No sé nada de eso.

—Se puede aprender.

—Pero no me gusta… Le envío fotos a Opal que tiene algún contacto en Nueva York y ya está —le resumió.

Michael fue a argumentar la necesidad de las estrategias en los negocios, la obligación de frecuentar las redes sociales y la importancia de la creación de una marca personal, todo lo que sabía que funcionaba bien en su empresa, pero se calló.

Para ella, él era poco más que un simple camarero, y él estaba disfrutando de vivir sin esas presiones a las que estaba acostumbrado desde hacía tanto tiempo.

Volvió a mirar los cuadros y asintió. Sospechaba que Amber estaba dejando pasar muchas oportunidades. Se propuso compartir sus ideas al respecto más adelante, porque sin duda, Amber tenía talento, y mucho.

—Bueno, me peino y nos vamos —le dijo a Michael antes de alejarse de él.

Michael asintió distraído siguiéndola con la mirada. Le gustaba esa mujer. No tenía ninguna duda al respecto.