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Michael volvió a fruncir el ceño pensativo. Algo en su interior le pedía a gritos un cambio que él no se veía capaz de dar.
—¿A qué tiene miedo un hombre tan fuerte como tú?
—¿Miedo? ¿Yo? —sonrió Michael pasándole el brazo sobre los hombros para que se acercara más sobre él—. A nada.
—Claro que sí —le respondió Amber dejándose abrazar—.
Aunque sea por unos momentos, antes de un cambio en tu vida te planteas muchas cosas y algunas te dan miedo…
miedo a perder la seguridad económica… miedo a estar sola en un sitio desconocido…
miedo a no enamorarme nunca…. miedo a no encontrar mi camino y dar vueltas toda la vida…
—Estás hablando de ti —le comentó extrañado de que alguien a quien acababa de conocer le confiara su miedos con tanta tranquilidad.
Michael se detuvo en seco. Miedo. Esa era la clave.
Él tenía miedo. Un escalofrío le recorrió la espalda.
¿Miedo a qué? Siguió caminando pensativo.
¿Miedo a no saber mantener el orgullo que producía a la familia su apellido?
¿Miedo a desentonar en el ambiente en el que se movía y con el que siempre había estado tan cómodo? ¿Miedo a dar un paso en falso?
Su hermano y él se habían preparado a conciencia para seguir con el negocio familiar.
Años de formación y experiencia en la gestión de los hoteles, desde su mayoría de edad.
No tenía por qué sentir ningún tipo de miedo al respecto.
Quizá las dudas le surgían por la sensación que tenía de que eran sus padres quienes habían elegido su camino, igual que su compromiso, y no él mismo.
Amber le miró con una dulce sonrisa.
—Ya seguirás pensando mañana —le susurró—. Estamos a punto de llegar.
Amber le dio paso a su bonito apartamento con suelo de madera.
Un sofá con una manta naranja y dos cojines azul turquesa por encima estaba frente a una mesa de centro baja con un ordenador portátil sobre ella.
La mesa grande del comedor tenía seis sillas diferentes en naranjas y azules decapados.
El rincón junto al pequeño balcón estaba ocupado con un montón de cuadros apilados, un caballete, unas estanterías de material reciclado y una mesa pequeña y alta llena de pintura al óleo.
Eso justificaba el ligero olor a aguarrás que les había recibido.
Todo conectaba con una cocina limpia y práctica, y dos puertas más.
Michael apreció la sencillez a su alrededor, consciente de la diferencia que había entre el mundo de ella y el suyo. Ni televisión de pantalla plana, ni lámparas lujosas, muebles elegantes o alfombras caras.
—¿No tienes televisor? —le preguntó extrañado para romper el silencio.
—No, ¿para qué? —le respondió Amber como si fuera lo más normal del mundo carecer de él—. Esa puerta es la del baño —le señaló una de las dos— y la otra la de mi dormitorio.
Él se giró hacia ella y se le acercó mirándole los labios.
Daban igual sus mundos diferentes. Eran un hombre y una mujer que se atraían.
No necesitaba saber más. Le puso las manos en la cadera y la acercó hacia él, decidido, dispuesto a disfrutar del momento.
Amber era preciosa, natural, espontánea, tan diferente a todo lo que conocía que estaba deseando probarla, y sorprenderse de lo que encontrara.
Amber adivinó sus clarísimas intenciones y sonrió. Le puso una mano en el pecho frenándolo.
—Si vas a dormir aquí hasta que encuentres otro alojamiento, quizá no sea buena idea que nos acostemos —le dijo muy a su pesar.
No iba a negar que Michael era un regalo para la vista. O que también le parecía interesante. Era evidente que la atracción entre los dos era mutua. Pero ella no quería nada más.
Michael frunció el ceño confundido. No recordaba ninguna mujer que le hubiera rechazado para compartir la cama.
Amber aprovechó su confusión para ir al dormitorio a sacar unas sábanas de color crema que empezó a colocar sobre el sofá.
—El sofá es muy cómodo —le dijo distraída.
Michael luchaba contra su frustración y el sentimiento de rechazo. No sabía cómo reaccionar. No solo no iban a pasar la noche juntos en la cama, sino que además le iba a hacer dormir en un sofá.
Amber sonrió. Él no se había movido del sitio. Parecía un niño al que le habían quitado los caramelos sin avisar.
—Tu ego lo resistirá, Michael —le aseguró—. Y mañana me lo agradecerás.
—Lo dudo —gruñó acercándose.
Amber se puso de puntillas y le dio un beso de buenas noches que él no quiso que acabara nunca. La cogió por la cintura y con la lengua invadió su boca, exigente, sin ningún tipo de reparo hasta dejarla sin aliento.
Entonces él se separó, dejándola vacía, sin aire y sin fuerza.
—¿Estás segura de que no quieres terminar lo que hemos empezado?
Amber asintió con la cabeza incapaz de emitir palabra. Si se lo volvía a preguntar corría el riesgo de cambiar de opinión.
—No creo que te lo agradezca mañana —le dijo quitándose la camiseta y dejando a la vista su musculoso torso.
Amber se quedó parada ante su atractivo físico. Aún no se había movido de donde había recibido el beso.
Michael la miró sorprendido. Su orgullo masculino herido por el rechazo se recompuso ante su transparente mirada.
Se le acercó sonriendo, despacio, consciente de su atractivo.
Sabía que era guapo, pasaba tiempo en el gimnasio trabajando su cuerpo, y su habilidad en la cama era algo de lo que nunca había dudado.
—¿Has cambiado de idea, Amber? —arrastró su nombre con voz ronca.
Amber retrocedió sonrojada y acalorada.
—No… Creo que es mejor así.
—¿Mejor para quién?
—Para ti…. Para mí… —sonrió nerviosa.
—Lo dudo —le respondió él antes de que ella entrara en su dormitorio.
Michael se quitó los vaqueros y se tumbó en el sofá pensativo. La situación le parecía ridícula. Había creído que tendría una noche de pasión desenfrenada con una bailarina oriental que se movía como una diosa, y ahí estaba, tumbado en el sofá de una pintora bohemia, solo… por su bien.
Amber se puso la cómoda camiseta que utilizaba para dormir.
Con una sonrisa se metió entre las sábanas.
Suponía que era cuestión de tiempo que Michael compartiera su cama si se quedaba viviendo allí, pero intuía que también era cuestión de tiempo que él solucionara la situación que le hacía fruncir el ceño y saliera de su vida.
No quería implicarse si no había futuro, si no había cierto compromiso.
No quería ilusionarse sabiendo de antemano que perdería el corazón en el intento.
A la mañana siguiente, cuando Amber asomó la cabeza por el salón, Michael ya no estaba.
Recordó que tenía que ir a trabajar al hotel por la mañana así que decidió pasar unos minutos más en la cama.
Se sentía bien, despierta, viva. Le encantaba su vida.
Dejarlo todo había sido la mejor decisión que había tomado.
Le había costado más vencer a sus propios demonios que convencer a sus padres.
Ellos siempre le habían apoyado. A sus hermanas les había sorprendido un poco, pero se habían sentido muy orgullosas de ella, y su hermano Jeff iba con frecuencia a visitarla, ejerciendo el papel de hermano mayor y ahorrando a sus padres el viaje de comprobación de que todo iba sobre ruedas.
Tenía muchas ilusiones puestas en los últimos cuadros que había enviado a su hermana Opal.
Ella le había insistido tanto que quizá tenía que asumir y reconocer que era una buena pintora.
Los ingresos que recibiera por ellos se lo confirmarían, y si no, no perdería la esperanza de vivir de su arte, tarde o temprano.
La vida le sonreía y ella le devolvía la sonrisa.
Se levantó y vio recogidas las sábanas del sofá sobre una silla, y sobre la encimera de la cocina un paquete de la panadería de debajo de su apartamento.
Sonriendo lo abrió para sacar un croissant.
Mientras lo mordía sonó su móvil. No reconocía el teléfono, pero lo cogió igualmente.
—Buenos días, dormilona —le dijo Michael.
—No duermo tanto —le respondió ella divertida.
—Lo hubieras hecho si me hubieras dejado compartir tu cama.
Ella se sonrojó por el comentario y la promesa velada que contenía.
—Gracias por el croissant… ¿Cómo has conseguido mi teléfono?
—Trabajo en el hotel, ¿recuerdas?
Amber sonrió. Se lo imaginó pidiéndoselo a Román, el administrativo de Recursos Humanos. A saber qué excusa le había contado para que se lo facilitara. Con lo correcto y meticuloso que era trabajando, no lo veía capaz de facilitar datos personales de ningún trabajador.
—Que tengas un buen día —le deseó Amber—. ¿Nos vemos por la noche?
—¿No vas a comer hoy? Creí que habíamos quedado.
—Sí, pero antes de pasar la noche juntos. No pensé que…
—¿Pasar la noche juntos? —la interrumpió divertido—. Algún día te mostraré lo que significan realmente esas palabras. ¿Quedamos para comer?
Amber sintió cientos de mariposas revoloteando en su interior.
—Sí, claro. Si tú quieres… —sonrió—. Aquí en casa… ¿Te puedes escapar?
—Creo que sí —le dijo ilusionado como un niño al que le ponen delante un desafío y está dispuesto a conseguirlo.
—Pues aquí nos vemos.
—¿Llevo algo?
—La camiseta puesta, por favor. —Le colgó sonriendo.
Michael sonrió. Tenía claro que la atracción era mutua. Jamás hubiera imaginado la sorpresa tan bonita que el destino le tenía preparada en aquella visita a la Ciudad de la Luz.
Michael llegó al apartamento con una sensación extraña. No estaba seguro de lo que podía ocurrir y con Amber sentía que no era capaz de controlar nada, algo a lo que no estaba acostumbrado y que le hacía ser consciente de una incómoda vulnerabilidad.
Amber lo recibió con una sonrisa mientras llevaba dos copas a una pequeña mesita que había sacado al pequeño balcón.
Llevaba una camiseta desteñida en tono azul que le quedaba muy ancha y unos cortos pantalones beige que mostraban sus preciosas y largas piernas. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado y a juzgar por las manchas de color amarillo que tenía en la cara, había estado pintando.
Michael le dio unas flores silvestres que había comprado para ella en un puesto callejero que se había encontrado en el trayecto desde el hotel hasta su apartamento. Le habían recordado a ella nada más verlas.
Amber las cogió con mucha ternura y le dio un suave beso en los labios como agradecimiento. No esperaba un detalle tan bonito.
—Gracias. Son preciosas. Las pondré en agua.