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—¿Y tú? ¿Qué te trajo aquí? —le preguntó a Amber para silenciar sus pensamientos.
A Amber le brillaron los ojos recordando un pasado no muy lejano.
—Acabé de estudiar Bellas Artes en la Universidad.
Unos años después, antes de que mi hermana Jade empezara a trabajar en el hospital de Boston, las tres hicimos un viaje por Europa en verano y decidí quedarme.
Sentí que era mi sitio, que aquí podría aprender mucho…
Dudé entre París y Roma, pero ganó París… quizá porque ya estaba aquí.
—Te es fácil tomar decisiones —suspiró él pensativo.
—Por una parte, lo es. Lo dejas todo y te vas.
Mi familia me apoyó. Jade iba a irse a Boston.
Opal estaba pensando en afincarse en Nueva York y supongo que sabían que yo no me iba a quedar en casa.
Mi hermano era el único que parecía que iba a echar raíces allí —sonrió ella—.
A veces piensas en lo que podría haber sido si hubieras tomado otras decisiones…
sobre todo al principio. Pero luego empiezas a vivir cosas nuevas, diferentes…
Michael asintió reflexivo. Él se había planteado alguna vez desaparecer, pero no había sido capaz de imaginarse en un entorno diferente, haciendo algo diferente…
—¿París o Roma? ¿Ya lo tenías previsto?
—No —respondió Amber—. Lo había pensado alguna vez mientras estudiaba, sin darle mayor importancia, pero cuando llegamos a París vi que podía ser real, y me quedé. Roma para la próxima.
—¿La próxima qué?
—La próxima vez que decida empezar de cero.
—¿Eso fue para ti? ¿Empezar de cero? —le preguntó con sincera curiosidad.
—Bueno, haberlo dejado con mi novio de la universidad ayudó bastante —reconoció encogiéndose de hombros.
—¿No echas de menos a tu familia?
—No. Los siento cerca. Hablo mucho con ellos —le dijo con una sonrisa que reflejaba el cariño que les tenía—. Alguna vez han venido a visitarme.
—¿Y trabajas solo bailando por las noches?
—También pinto cuadros que a veces se venden, y eso me permite mantener el estilo de vida que quiero.
—¿Cuál es ese estilo de vida? ¿Bailar por las noches y dormir por el día?
—¿Dormir? No sé… Supongo que hago lo que me apetece —le respondió sin querer hacer caso de esa vocecita en su cabeza que le avisaba de que la estaba juzgando.
—No quería molestarte… —le respondió azorado.
Trataba de comprender cómo se llegaba a ese momento en el que te deshacías de todas las obligaciones y hacías lo que realmente te apetecía en la vida.
Amber puso una de sus manos sobre una de las de él.
—Supongo que te estás planteando demasiadas cosas a la vez…
Michael asintió sintiendo la suavidad de sus manos.
—¿Por qué no disfrutas del momento?
Michael trató de relajarse y suspiró por la tensión acumulada.
Le costaba alejar de sus pensamientos las responsabilidades que sentía que tenía.
Fue consciente de la música que sonaba, de la oscuridad, de la intimidad que el entorno les proporcionaba.
La miró a los ojos. Estaba tan bonita, y tan cerca…
—Si quisiera disfrutar del momento… —Se le acercó mirándole los labios.
No estaba seguro de su respuesta. No estaba seguro de lo que iba a hacer. Bajó la cabeza despacio, casi rezando para que ella no huyera de ese momento y lo dejara con toda la frustración que sentía en su interior. La besó. Primero con suavidad, tanteando… hasta que no pudo contenerse más.
Amber sintió un escalofrío recorriendo su espalda y aceptó y devolvió el beso con la misma entrega y pasión que él.
Michael pensó que no quería dejar de besarla nunca, que el mundo podía detenerse en ese momento, que nada le importaba más.
Amber perdió la noción del tiempo. Sintió que quería más de él, más de ella, y estaba dispuesta a dárselo… durara lo que durara ese sentimiento.
Michael se levantó sin dejar de besarla, sacó su cartera, dejó un billete sobre la mesa e hizo que ella se levantara de allí para salir del bar.
La brisa fresca les dio en la cara relajando la ardiente tensión que les había invadido.
—¿Dónde vamos? —preguntó Amber sofocada y aturdida por el beso.
—No tengo ni idea —le dijo él incapaz de pensar—, pero si seguía allí besándote de esa manera me iban a detener por escándalo público.
Amber se echó a reír sorprendiéndolo de nuevo.
—Vamos… ¿A qué hora entras a trabajar mañana?
—¡Joder! A las nueve —exclamó Michael.
Se le había olvidado por completo la reunión con su padre. Miró la hora en su Rolex.
—Tengo que volver al hotel…, aún podré dormir algo… —sonrió.
—Si quieres venir a dormir a mi piso…
Michael levantó una ceja sorprendido.
—¿Eso es una invitación?
—Sí. A dormir —le dijo divertida Amber cogiéndolo del brazo y empezando a caminar hacia su piso—. No pretenderás dormir en el lugar de trabajo, ¿verdad? El hotel es genial para trabajar, te pagan bien y todo eso, pero la verdad es que las habitaciones son caras para un camarero.
Michael no supo contestar. No quería estropear nada sacándola del error que cometía al pensar quién era él.
—¿Cómo lo haces?
—¿El qué?
—Hacer que todo sea fácil —le respondió Michael.
Amber apoyó la cabeza en su brazo. Se sentía bien a su lado.
—Porque lo es si quieres que así sea —le respondió disfrutando del paseo nocturno.