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Sus movimientos eran elegantes y muy sensuales.
Se imaginó con ella en la cama… pero acto seguido se recriminó porque se estaba distrayendo demasiado de lo que tenía que hacer, así que dejó el vaso sobre la barra y salió de la sala.
Amber acabó sus cuatro pases de baile. Estaba cansada, pero pletórica y feliz. Bailar le encantaba. Disfrutaba, y aunque luego tardaba horas en conseguir dormirse por la descarga de adrenalina que le suponía, se sentía realmente bien.
Michael miró la hora en su Rolex, mientras se soltaba la pajarita y se quitaba la chaqueta.
Era algo que nunca haría en público, pero a esa hora ya no esperaba encontrar a nadie.
Además, se iba a ir directo a la suite que ocupaba en el hotel.
Giró el pasillo y tropezó dejando que cayera al suelo la chaqueta y la pajarita para sostener por los brazos a la persona con la que había chocado.
—¡¡Michael!! ¿Trabajas aquí? ¿Eres el nuevo camarero? —Su camisa blanca y sus pantalones negros le habían delatado.
Michael miró sin habla a la mujer con la que había tropezado y sostenía entre sus brazos. Su bonita y radiante cara iluminó su mirada y cierta parte de su anatomía le volvió a avisar de que estaba vivo.
—Amber… —La miró de arriba abajo sin disimulo y sin poder ocultar su sorpresa.
Exóticamente maquillada, un sujetador de lentejuelas realzaba sus bonitos y redondos pechos y una falda a juego con una vertiginosa abertura lateral completaban su escaso atuendo. Una sombra de celos, y de posesión ante lo que quería tener y todo el mundo había visto, le hizo fruncir el ceño.
—¿Acabas el turno ahora? —le preguntó ella—. Si me esperas, me cambio de ropa y salimos.
—Eh… —no sabía que contestar.
En ese momento era un exitoso hombre de negocios, no un turista confundido. Aunque ella le había confundido con un camarero y no tenía por qué quitarle esa idea de la cabeza, pensó.
—¿Me estás invitando a tu casa? —le preguntó extrañado, mirando nuevamente su llamativa y escasa ropa.
Deseaba que así fuera, aunque parecía demasiado obvio lo que podía ocurrir después.
Amber le miró sorprendida.
—No… Pensaba ir a tomar una copa… —le explicó Amber pensando que quizá los problemas que le hacían fruncir el ceño a Michael tuvieran que ver con su estancia en París—. ¿No tienes sitio a donde ir?
Michael se pasó la mano por el rostro totalmente confundido.
—Espera…. Estás medio desnuda y ¿me estás invitando a tu cama? —Era un sueño hecho realidad.
Amber dio un paso atrás indignada. Después de la tarde tan perfecta que habían pasado juntos no podía ser que solo pensara en acostarse con ella. No podía creérselo.
—Pero… ¿Cómo… ¿Cómo se te ocurre pensar eso?
—Perdona —le dijo Michael dando un paso hacia ella, avergonzado—. Perdona, de verdad.
No sabía cómo arreglar la situación. Quería estar con ella, no le cabía ninguna duda, y no sabía qué hacer ni cómo reaccionar para que ella no saliera corriendo.
—Olvida lo que he dicho. —Cogió la ropa oscura del suelo totalmente confundido y molesto consigo mismo.
Habían pasado una tarde maravillosa juntos. Se había relajado, había disfrutado, estaba deseando volver a verla a la mañana siguiente como habían quedado, y en unos segundos lo había echado todo a perder.
Amber dio un paso hacia él. El rostro de Michael reflejaba su abatimiento y frustración.
—Estás cansado…
—Sí —le confesó Michael. Cansado de su vida, cansado de su trabajo, cansado de su relación, cansado de todo…
—Vamos, me cambio de ropa y salimos —decidió—. Te vendrá bien tomar el aire.
—Yo también debería cambiarme… —le respondió más aliviado.
Le había quedado claro que no acabaría con ella en la cama, por lo menos esa noche, pero Amber no parecía enfadada por su desafortunada confusión. Y, ciertamente, le vendría muy bien distraerse.
—Te espero en la puerta. El último que salga invita al otro a la última copa.
Amber salió corriendo por el pasillo mientras todas las monedas del pañuelo que llevaba a la cadera tintineaban a la vez.
Michael sonrió divertido. La ilusión apareció inesperadamente en su interior y él también aceleró el paso para volver a enfundarse en sus vaqueros y poder salir a disfrutar de la noche con ella.
Amber estaba sonriendo cuando vio salir a Michael con prisa por la puerta del hotel.
—¡Te gané! —exclamó mientras se le acercaba risueña.
Michael sintió la sonrisa de aceptación y bienvenida en lo más profundo. Era un soplo de aire fresco en su rígida y exigente vida. Amber se le agarró del brazo para empezar a caminar.
—Oye, perdona por lo de antes —se excusó Michael—. No quería ofenderte.
Amber asintió.
—Lo sé. Si no, no estaría aquí —le respondió sincera—. Conozco un sitio ideal muy cerca para tomar la última copa.
—Donde tú digas —aceptó él—. Yo pago esta vez.
—Sí. Has salido el último —le sonrió Amber—. No esperaba verte en el hotel.
—Yo tampoco —le reconoció sincero.
—No me habías dicho que eras camarero —le comentó mientras paseaban.
—No… —¿Cómo iba a decírselo si no era cierto? Quizá debía decirle quién era, pero no sabía cómo reaccionaría si se lo dijera. Quizá actuara como todas las demás que solo estaban con él por su dinero—. Tú tampoco me dijiste que eras bailarina.
—No tienes por qué avergonzarte por ser camarero —le comentó distraída—. Aunque la verdad es que no te imaginaba como tal.
—¿Y qué imaginabas? —quiso saber mientras entraban a un bar de luces bajas y jazz en directo.
Había poca gente, y parecía fácil mantener allí una conversación tranquila.
—No sé… Pensé que serías uno de esos jóvenes empresarios a los que les quiebra el negocio y tienen que reinventarse.
Michael sonrió un poco avergonzado mientras se sentaban en una de las mesas.
—No vas desencaminada —reconoció.
Algo de razón tenía. Aunque sentía que lo que se le estaba quebrando era su vida, la necesidad de reinventarse era acuciante.
—O sea que tienes mayores aspiraciones que servir copas o mesas —le dijo Amber mientras pedía para ella un botellín de agua.
Michael pidió un whisky con hielo.
—Pues no sé qué decirte, antes creía que sí… —admitió—, pero de un tiempo a esta parte me estoy planteando todo.
—¿Y a qué se deben esas dudas repentinas?
Michael la miró apretando los labios.
—Contarte mi vida tal y como es ahora es algo que no me apetece en absoluto —se sinceró—. Tengo que tomar decisiones…
—¿Por eso viniste a París? ¿A tomar las decisiones aquí?
Michael la miró en silencio. No quería mentirle, pero decirle la verdad seguro que rompía la magia que sentía que había entre los dos.
—Podría decirse que sí —le contestó.
El hotel de París era uno más de la extensa cadena de la propiedad familiar, y su hermano y él debían empezar a asumir el cargo que hasta ese momento había desempeñado exitosamente su padre.
George se había quedado en Nueva York y había sido él quien se había ofrecido a viajar, huyendo también del compromiso con Casandra que acababa de ser hecho público en su entorno social.
Sentía al respecto que llevaba una soga al cuello, y solo quería esconderse hasta encontrar la manera de sobrellevar la situación.
Rendirse nunca había sido una opción para él, y no estaba dispuesto a aceptar esa continua sensación de ahogo en su vida.
Sospechaba que la vida podía ser más, o por lo menos diferente a lo que estaba viviendo. No iba a negar que le gustaba su trabajo y el dinero que le proporcionaba, pero quería pensar que podía llevar una vida con mayor sentido, más auténtica, más vibrante… mejor.
Aunque quizá era la conocida crisis de los cuarenta, un matrimonio inminente sin amor o un exceso de trabajo y responsabilidad acumulado que empezaba a pasar factura.