Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3) 2
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Amber volvió a ver su ceño fruncido, su preocupación latente por lo que le acababa de decir. Era un buen hombre, sintió.

Sonrió.

—Vamos —le cogió de la mano sintiendo el calor que irradiaba, y tiró de él hacia las escaleras de la boca de metro.

Michael se dejó llevar confiado.

Llegaron a la Plaza de Tertre. Parecían dos turistas más entre tantos como había en la pequeña y coqueta plaza. Pasearon cogidos de la mano, sintiendo que sus manos encajaban a la perfección.

Algunos de los talentosos pintores saludaban con afecto a Amber. Ella se sentía muy cómoda y relajada entre ellos, equilibrando la inseguridad que parecía sentir él y que desentonaba tanto con su apariencia.

—Este es uno de mis lugares favoritos —le comentó con una sonrisa sincera.

Michael asintió. No recordaba haber estado por allí en alguno de sus anteriores viajes a París. No solía salir de los hoteles cuando viajaba.

—No pareces muy cómodo —le comentó con dulzura Amber poco después—. Vamos a tomar algo… ¿Te gusta el queso?

Michael se encogió de hombros. Hacía tiempo que no se tomaba una tarde libre para él, para no hacer nada, y le resultaba de lo más extraño.

Eso unido a que no llevaba uno de sus habituales trajes de chaqueta, que no estaba en el entorno empresarial en el que tan bien se desenvolvía y que parecía que no importara que su cartera estuviera llena de billetes, lo descolocaba.

Compartieron una tabla de quesos franceses y frutos secos con dos copas de vino en un pequeño y acogedor restaurante no muy lejos de donde estaban.

Amber lo miraba maravillada. Tan guapo, tan atractivo, tan atento sin pretenderlo…

No recordaba alguna vez en la que algún hombre le hubiera impactado tanto, y ya no era una niña.

Se sentía cómoda y segura con él. Estuvieron hablado de todo y de nada en particular, sin entrar en detalles en la vida privada de cada uno.

Un buen rato después, Amber sacó el móvil de la colorida bandolera que llevaba cruzada, para confirmar la hora. Michael se sorprendió de no haber utilizado su móvil en toda la tarde ni haber pensado en mirarlo siquiera de tan distraído como estaba.

—Tengo que irme a trabajar —le informó ella sonriente—. Voy aquí cerca. ¿Necesitas que te señale alguna dirección o te indique algo?

Michael se había levantado como respuesta a la vez que ella y negó con la cabeza. No quería que la tarde acabara nunca.

—¿Cuándo te vuelvo a ver?

Amber negó con la cabeza, sorprendida.

—Ah… No sé… No te preocupes, tú volverás a tu casa, a tu vida… ya nos veremos. —Sentía que le faltaba el aire, que se le partía el alma en dos, que unas lágrimas inesperadas de tristeza profunda se atascaban en su garganta.

—No… pero… —Inexplicablemente él no quería dejarla ir.

Amber salió rápida. Michael la siguió sin pensarlo. No podía quedarse ahí. No quería separarse de ella. La alcanzó en la calle.

—Amber…

Ella se giró rápida hacia él mientras él sentía alarmado la sensación de que se le escapaba de las manos.

La rodeó entre sus brazos y no pensó. Se perdió en sus ojos de color miel, en sus bonitos labios y su instinto primitivo se desató besándole la boca con una pasión que nunca había conocido. Devorándola, grabando en su alma el momento que amenazaba con desaparecer.

Amber respondió al sensual y devastador beso. Con la respiración agitada, entre unos fuertes brazos que prometían protección y una vida eterna. No quería que acabara nunca…. Pero sabía que no podía ser.

Se separó por un momento, sin habla.

—Quiero volver a verte —casi le suplicó Michael—. ¿Dónde puedo encontrarte?

—Tengo que irme a trabajar… —y después de aquel impresionante beso apenas podía pensar—. Mañana… donde nos hemos visto hoy… No sé… al mediodía….

—A las 10 —le pidió él.

Ella recuperó su dulce sonrisa.

—Trabajo hasta tarde… Tendré sueño.

—Yo también —le confesó él, sospechando que no dejaría de pensar en ella.

Amber asintió y salió corriendo mientras Michael experimentaba la libertad que sentía que estaba a punto de perder en su vida.

—Amber, llegas justa de tiempo —le comentó su bonita amiga Patricia mirando el reloj cuando entró por la puerta—. Creí que te había pasado algo. —La siguió hasta el pequeño espacio que habían habituado como camerino en el sótano del hotel, y que utilizaban para sus cambios de ropa.

Amber se giró y miró a su amiga española a los ojos con una gran sonrisa. Tenía su cabello oscuro y rizado recogido en una coleta en la nuca, y sus ojos negros la miraban con preocupación.

—Dios —se paró en seco Patricia al ver la expresión de su rostro—, a ti te ha pasado algo.

Amber la abrazó, radiante.

—No te lo puedes imaginar… Ayúdame a cambiarme y te cuento… ¿Por aquí todo bien?

—Bueno, creo que ha llegado el jefe, el señor Stonewall —le explicó—. Los nervios del personal están a flor de piel.

—Vaya. —Se puso la larga y vaporosa falda dorada—. ¿Lo has visto? ¿Te han dicho algo?

—No. No le he visto y no se sabe nada, pero cuéntame el motivo de tu tardanza —le pidió mientras le abrochaba el bonito sujetador de lentejuelas doradas a la espalda.

—He conocido a alguien.

—¡¿Qué?! ¿Tú? ¡¿A alguien?!

Le sorprendió que su selectiva amiga en cuestión de relaciones de pareja hiciera semejante afirmación.

—¡¡Sí!! —sonrió Amber, radiante—. Es atento, educado, respetuoso, amable, podría estar hablando horas con él.

Patricia la miró sorprendida. Ella también quería alguien así.

—¿De verdad? ¿Dónde?

—En la torre Eiffel. —Se empezó a maquillar frente al espejo de la pared, con precisión y destreza.

—¿Un turista?

—Sí… No… No sé —le confesó.

—Estuvisteis hablando y ¿no lo sabes? —Le tendió el pintalabios rojo.

—No… —Sonrió con dulzura—. Cada vez que iba a salir algún tema relacionado con su vida su mirada se oscurecía… así que no hablamos de nada en particular.

—¿Entonces?

—He vuelto a quedar con él mañana. —Se anudó su pañuelo de escandalosas monedas a la cadera.

—¿Mañana? ¡Amber! ¿Estás segura? Tú no actúas así… ¿Te has enamorado?

Amber dejó el pintalabios junto al espejo.

—No… O sí… No sé…

Patricia dio un salto de alegría.

—¡¡Amber!! ¡¡Por fin!! Cuánto me alegro por ti.

Amber la abrazó y saltaron como niñas hasta que empezaron a oír los sonidos de la música oriental que precedían a su baile. Salió corriendo tras marcar la mejilla de su amiga con un sonoro y colorado beso.

—¿Dónde has estado toda la tarde? —le preguntó serio su padre cuando lo vio salir del ascensor en el hall del hotel de su propiedad.

—Viendo París, padre —le respondió Michael con la misma seriedad.

Ambos vestían sus habituales esmóquines hechos a medida, y juntos pasearon por la planta baja del hotel como solían hacer con frecuencia, para cerciorarse de que todo estuviera en su sitio.

Michael se mantuvo en silencio. Frank Stonewall enarcó una ceja, extrañado.

Notaba algo diferente en su hijo. Se le veía más relajado.

Quizá, por fin, había aceptado su compromiso con la mujer que habían elegido para él.

Casandra Graham era guapa y sobre todo era muy buena oportunidad para aumentar el próspero patrimonio familiar.

—¿Has estado con una mujer?

Michael lo miró sorprendido. Su cara debía de ser muy transparente para que su padre fuera capaz de apreciar algo así.

—Que no se entere Casandra —le advirtió serio—. Françoise te pondrá al corriente de lo que necesites saber del turno de noche. Nos vemos mañana en el despacho a las nueve…

Michael miró la hora en su Rolex y asintió ahogando una mueca. Hablar con Françoise, el gerente del turno de noche, no le apetecía en absoluto.

—… A no ser que algo te entretenga —añadió Frank torciendo la comisura de sus fríos labios en una sonrisa cínica.

Michael se sorprendió por el gesto de su, normalmente, inexpresivo padre.

Pese a sus canas y su edad se mantenía en buena condición física, pero nunca se había planteado que pudiera haber sido infiel a su esposa.

Quería creer que su madre no lo permitiría, aunque las infidelidades en su entorno social eran siempre muy discretas.

—Si no llego puntual te lo haré saber.

Su padre asintió y se alejó caminando firme y seguro.

Michael respiró profundo. Volvía a ser el hombre exitoso de negocios en el que su educación, sus genes y la costumbre le habían convertido.

Volvía a sentir la carga de las responsabilidades heredadas sobre sus hombros.

Volvía a colocarse la máscara de frialdad y precisión mientras el estirado gerente del hotel se acercaba a él para informarle de lo que creía que debía saber.

Una hora después acabaron la conversación cuando Michael ya se había hecho un mapa mental de todo lo que necesitaba conocer sobre el funcionamiento del hotel.

Decidió supervisar personalmente el salón de baile. Se pidió una copa de whisky de malta en la barra mientras sus oídos empezaban a distinguir los acordes de una música árabe. Se giró para buscar su origen. Le sorprendió ver a una bailarina oriental en un ambiente tan selecto.

La exótica y esbelta bailarina se fundía en el ambiente con una elegancia y un estilo que pocas veces había presenciado en un baile tan sensual.

Apreció sus generosas y suaves curvas, su larga y ondulada melena castaña, el ritmo tribal que parecía llevar en la sangre, y de nuevo una punzada en la entrepierna le recordó el hombre que era.

Michael se sintió molesto por el recordatorio de su, últimamente, escasa vida sexual y porque por segunda vez en el día sentía deseos por una mujer.

Bebió un trago. Quizá fuera París. Se había centrado tanto en sus negocios, que las mujeres habían pasado a ser un mero adorno en las reuniones sociales a las que acudía.

Quedaban muy lejos los días en los que disfrutaba con tener una mujer diferente cada noche en su cama.

Sus padres habían escogido para él a una mujer hermosa, correcta, elegante y distinguida.

Educada, como él, para ser quien tenía que ser.

La relación entre los dos era como se esperaba: perfecta de cara a la galería, pero en la intimidad le resultaba demasiado fría, por lo menos para él.

Y, por mucho que se esforzara para que fuera diferente, no conseguía demostrar lo que no sentía.

Dio otro trago sin dejar de mirar el contoneo de la cadera de la bailarina…