Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3)
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1
Amber Maxwell sonreía satisfecha mientras dejaba que el sol le regalara su caricia.
La ligera brisa que soplaba suave le alborotaba el cabello.
Respiró profundamente sintiendo el momento presente del que estaba disfrutando.
Le encantaba sentarse frente a la torre Eiffel en la ciudad que se había convertido en su hogar.
Sacó una manzana amarilla de su bolso y la mordió con ganas mientras observaba el centenar de turistas que se hacían fotos junto al magnífico emblema de París.
Allí había comenzado su nueva vida, hacía ya casi tres años. En ese mismo banco, ante esa misma vista, había tomado la decisión de quedarse y se sentía realmente feliz.
Después de pasar el verano recorriendo Europa, mochila en mano, con sus hermanas, al llegar a París acabó su viaje.
Había tomado la decisión de no volver a casa por el momento y tras la sorpresa inicial que se llevó su familia, finalmente le dieron la bendición confiando en su sensato juicio…
quizá también un poco soñador y bohemio.
Sonrió con cariño rememorando esos entrañables momentos.
Había habido también momentos duros, recordó.
No solo por la soledad que había experimentado, sino también económicamente hablando.
Pero había reducido gastos al máximo, había encontrado un trabajo por horas y los ingresos por su pintura iban aumentando poco a poco.
Todo ello le había enseñado a ser emocionalmente muy fuerte, o así le gustaba considerarse a ella.
Entonces lo vio. No parecía un turista. Más bien parecía un hombre perdido en su mundo.
Mirando la torre Eiffel, pero sin verla.
Con las manos en los bolsillos de los vaqueros oscuros.
Su camiseta negra ceñida a un musculoso torso.
Su oscuro cabello zarandeado por la brisa, su mirada perdida, su ceño fruncido…
Amber lo admiró desde la distancia, sin ningún tipo de vergüenza.
Le pareció tremendamente atractivo. Estaba solo. Pensativo.
Michael Stonewall soltó de golpe todo el aire que había retenido sin darse cuenta.
Estaba confuso, molesto, irascible e insoportable.
Llevaba así una larga temporada. No se aguantaba ni él mismo.
Se sentía como un león enjaulado y no le gustaba en absoluto.
Resopló de nuevo. Ese era un gesto que repetía últimamente con demasiada frecuencia.
Se había cansado de todo. Los éxitos en los negocios no le causaban la misma satisfacción que antes, compartir la cama con la misma mujer tampoco le daba el placer que esperaba, las visitas al gimnasio, cada vez más frecuentes, tampoco terminaban de liberar ni su energía ni la tensión que sentía…
Volvió a resoplar.
Sabía que debía tomar decisiones en su vida, pero no era capaz de controlar las consecuencias de ellas, y eso le frustraba y enfurecía a partes iguales.
Meneó un poco la cabeza para sacudirse esos pensamientos y miró a su alrededor. Empezó a ser consciente de la multitud de personas que lo rodeaban. La mayoría sonreían, algunos se movían muy rápido, otros se hacían fotos cambiando de pose…
Recorrió la zona de un vistazo y su mirada se cruzó con la de una preciosa joven que parecía estar mirándolo.
Ella sonreía femenina, bonita, mientras el sol la iluminaba todavía más. Michael retiró la mirada para seguir contemplando lo que le rodeaba, pero no pudo evitar volver a fijarse en la mujer que lo miraba sin ningún reparo.
Tuvo un momento de confusión y miró tras él.
Quizá estaba sonriendo a alguien a su espalda y él se estaba imaginando algo que no era real.
No. Detrás no había nadie en concreto, solo más turistas concentrados en hacerse fotos o en probar los gofres y demás delicias con chocolate del puesto ambulante.
Volvió a mirarla. Su cabello ondulado, largo, suelto y libre se movía ligeramente con la brisa. Retiró la mirada. Ya no recordaba la última vez que alguien lo había mirado con tal aceptación de su persona sin saber quién era o el dinero que tenía.
Resopló de nuevo. Tenía que pensar qué hacer con su vida.
Había cosas que tenía claras, otras que no…
Sus ojos se volvieron a dirigir inevitablemente a la joven que había empezado a comer una manzana.
Le sorprendió que no fuera uno de los gofres del puesto por lo que supuso que no sería una turista más.
Su boca simuló una sonrisa que ella recibió ampliando más la suya.
Eso le sorprendió. Después del rato que llevaba mirándole, supuso que se avergonzaría de que él se hubiera dado cuenta, pero no fue así.
Le pareció divertido, y sobre todo algo nuevo.
Eso le recordó a cuando era más joven y no tenía tantos compromisos y obligaciones como tenía en ese momento.
La sensación le gustó. Le pareció retador, divertido, gratificante y fue hacia ella sin saber qué pensar.
Mientras se acercaba le mantuvo la mirada y la sonrisa. Conforme más se aproximaba más bonita le parecía.
—¿Me estás mirando? —le preguntó.
—Sí —respondió sincera con un bonito brillo en los ojos.
—Pero ¿nos conocemos? —su acento era americano.
—No —sonrió—. Todavía no.
Eso le sonó a invitación, ligeramente descarada, y se sentó a su lado sin pensar en nada más.
—Me llamo Michael.
Amber sonrió. De cerca ya no parecía tan preocupado, pero sí mucho más atractivo, masculino y arrebatador. Sus ojos eran de un bonito color azul.
—Amber.
Ella miró hacia la torre mientras él, visiblemente relajado, se apoyaba en el respaldo a su lado.
—¿Quieres una manzana?
—¿Cómo? —le preguntó él.
Amber sacó otra manzana del bolso, la frotó contra la manga de su vaporoso vestido y se la tendió sin esperar respuesta.
—Gracias —respondió confundido dándole un mordisco a la jugosa e inesperada manzana—. No eres de aquí, ¿no?
—No —le sonrió ella—. Tú tampoco.
Michael la miró sorprendido. Inspiraba tanta confianza, tanta serenidad, tanta sencillez, tanta sensualidad y tanta seguridad en sí misma, que le dejaba casi sin aire.
—No —se relajó él dispuesto a vivir lo que el encuentro deparara—. ¿Tanto se nota?
—Bueno, no llevas cámara de fotos ni mapa… pero el ceño fruncido es lo que te delata.
Michael asintió con un suspiro.
—Todo pasa —le respondió Amber sincera.
—Sí —murmuró él tratando de no pensar en las decisiones que debía tomar.
—Vamos —Amber interrumpió sus pensamientos levantándose del banco—. ¿Te enseño lo mejor de París?
—¿No eres tú? —le preguntó él con una sonrisa tan espontánea como su comentario, apreciando la estilizada silueta de la joven oculta tras un largo y amplio vestido.
Amber sintió un escalofrío por todo su cuerpo ante su sonrisa y lo miró con admiración.
¡Wow! Estaba acostumbrada a halagos, palabras bonitas o incluso comentarios obscenos sin sentir la más mínima emoción, pero ese comentario con esa sonrisa arrebatadora le había llegado muy adentro…
hasta estremecer sus sólidos e íntegros cimientos.
—Vamos —le insistió.
Michael la siguió sorprendido y divertido a la vez.
Tenía todo tan calculado y organizado en su vida que hacer algo imprevisto era como un soplo de aire fresco.
Mentalmente repasó todas sus obligaciones para ese día y supuso que nada se derrumbaría en su ausencia, así que se relajó caminando al lado de tan inesperada y atractiva sorpresa.
Amber se detuvo en el puesto callejero de gofres. Tiró el corazón de la manzana ya comida en una papelera cercana, y le invitó a hacer lo mismo con un gesto.
—Empecemos por aquí —le señaló uno de los gofres cubiertos de chocolate.
Michael asintió mientras sacaba su cartera del bolsillo de su pantalón. Amber negó con la cabeza.
—Te invito yo.
—No es necesario —le dijo él acostumbrado a correr con todos los gastos, estuviera con quien estuviera.
—No es necesario, pero quiero hacerlo —le respondió con dulzura.
Pidió un gofre de chocolate y nata y sacó de su monedero azul turquesa un billete para que le cobraran.
—Creí que tú también comerías —le dijo él mientras lo preparaban, un poco decepcionado.
Como todas las mujeres que conocía, estaba preocupada por su dieta, pensó.
—Claro —Amber dio el primer mordisco antes de ofrecérselo a él para que la imitara.
Michael sonrió sorprendido y cogió el gofre para morder y sostenerlo él. Empezaron a caminar hacia la entrada de metro.
—¿A que está muy bueno? —le preguntó Amber con una sonrisa.
Michael asintió masticando mientras ella daba otro mordisco al gofre y relamía después sus labios para retirar posibles restos de chocolate.
Michael sintió una punzada en su entrepierna, algo que hacía años no sentía, y sonrió.
No se podía creer que fuera tan afortunado de que la vida le hubiera regalado la compañía de una mujer así.
—No sé si preguntarte qué es lo que piensas —le comentó Amber sorprendida por los cambios de expresión de la cara de él.
—Mejor que no lo sepas —le contestó sincero.
Amber dio un paso atrás, insegura. No sabía qué pensar.
Era un hombre muy atractivo y ella quizá había sido muy directa, pero no era en sexo en lo que pensaba.
Le había llamado la atención todo el peso que parecía cargar sobre sus hombros, y su oscura mirada.
Ella no buscaba nada más que distraerlo y distraerse una tarde, sin complicaciones. Y eso era lo que el sexo siempre traía.
Michael temió haber sido tan directo. No quería asustarla. No pretendía ser tan transparente con sus pensamientos. La sombra del peso sobre sus hombros volvió a caer sobre él.
—¿Dónde vamos? —quiso cambiar el rumbo de la conversación.