Pinceladas de amor (Hermanas Maxwell 3) 5 #2
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5 #2

Le gustaba Roma. Volvía a sentirse como en casa. En el poco más de un mes que llevaba allí, su creatividad se había desatado y su corazón parecía que empezaba a sanar de las heridas que lo habían fragmentado en mil pedazos.

Su hermana le había avisado de la insistencia de Michael para encontrarla. Volvió a sorprenderse pensando en él. Seguía recordándolo con demasiada frecuencia por mucho que no quisiera hacerlo.

Mientras habían estado juntos no habían hablado de amor, no habían hablado de futuro… supuso que ese había sido el error. Dar por hecho que tendrían tiempo para hablarlo… o dar por hecho que ambos sentían lo mismo. Suspiró.

Por su parte, pocas veces se había sentido tan enamorada, tan satisfecha en compañía de alguien.

Por parte de Michael no sabía qué pensar.

Siempre le había parecido sincero, pero la realidad había resultado ser completamente diferente a lo que él le había dicho o le había dejado pensar.

Le costaba aceptar que se había equivocado con su intuición.

Entonces su corazón dio un vuelco. Parpadeó varias veces. No podía ser real.

Michael suspiró aliviado en cuanto la vio. Se había recorrido la Piazza di Espagna y la Piazza Navona sin poder encontrarla, aunque en ambos casos le habían sorprendido la cantidad de turistas y viandantes que había.

Además de no saber el rincón donde la encontraría tampoco sabía con seguridad a qué hora podría verla disfrutando del arte con el que había querido sintonizar.

En su angustia e impaciencia, había pensado incluso contactar con la policía para encontrarla, pero no había hecho falta. Estaba allí, tan bonita como siempre.

Amber lo vio dirigirse hacia ella con su atractiva sonrisa, pero parecía más cauto que como lo recordaba y no tenía su habitual ceño fruncido. Más bien todo lo contrario.

No sabía si fingir que no lo había visto y salir corriendo, o simplemente ignorarle para dejar claro que no quería verlo de nuevo.

Su cabeza era lo que le pedía que hiciera.

Entonces, una pareja de turistas la importunaron pasando por delante de ella tropezando con sus pies y distrayéndola de sus pensamientos.

Cuando quiso volver a centrarse en Michael lo había perdido de vista, y confundida lo buscó entre la gente que la rodeaba. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no lo veía? ¿Había sido una ilusión? Algo parecido al miedo se apoderó de ella.

Entonces, una rosa roja se apoyó sobre su hombro.

Amber se giró al notar el contacto. Michael se sentó a su lado sin soltar la rosa hasta que Amber la cogió. Los corazones de ambos latieron con fuerza. La mirada compartida hizo a ambos estremecerse por igual.

—Perdóname —le pidió Michael en un susurro emocionado—. Por todo lo que hice y todo lo que no hice. Por lo que dije y lo que no dije.

Amber lo miró seria. Sus disculpas parecían serias. Su mirada imploraba el perdón que sus labios pedían.

—No voy a justificarme por lo que pasó en el hospital —siguió, retirándole con suavidad un mechón que caía sobre su rostro—.

Podría decirte que fueron los nervios o el miedo los que me impidieron reaccionar, y sería cierto, de verdad.

Tampoco puedo justificar a mi padre por lo que te dijo, algo me contó, pero él ya no está.

Amber fue a replicar. Sus rodillas temblaban.

Su corazón parecía querer salírsele del pecho.

Estaban tan cerca, tan juntos. No querer justificarse no le sonaba a disculpa, y Patricia ya le había mencionado el fallecimiento del señor Stonewall.

Michael levantó la mano sobre sus labios para que le dejara continuar.

—No voy a justificarme por eso. Quiero pedirte perdón por haber sido un cobarde, por no decirte quién era desde el primer momento… Creo que ni yo sabía quién era, ya me viste… Fuiste como un soplo de aire fresco. Perdóname por agarrarme a ti como si la vida me fuera en ello, pero creo que así era.

Amber asintió. Michael parecía sincero. Sus ojos brillaban emocionados.

La miraba en silencio. Ella sabía que si no salía corriendo en ese momento se abrazaría a él y no estaba segura de querer hacerlo.

No tan pronto, se dijo, no tan rápido. Necesitaba tiempo para pensar… o para saber lo que exactamente sentía.

—Bien, te perdono, gracias —le respondió levantándose y saliendo de allí con paso rápido y con la rosa roja fuertemente sujeta en su mano.

Michael la siguió extrañado.

—Amber…

Amber siguió caminando. Había bastantes personas distraídas paseando por la calle, dificultándole la huida. Michael la seguía a pocos pasos.

—Amber, llegué a París confundido, ya me viste. No me gustaba la vida que llevaba, no sabía qué hacer al respecto…

Amber se paró y se giró. Era absurdo tratar de escapar de él, de lo que sentía por él, de lo que había sentido al volver a verlo.

—¿Por eso te inventaste otra vida?

Michael la miró a los ojos. Se le notaba dolida.

—No, por eso me dejé llevar. Me ofreciste una vida a tu lado, cuando no sabía que eras tú lo que necesitaba en ella, lo que quería.

Amber le dio la espalda y siguió andando. En eso tenía razón. Había sido ella la que le había dado todo sin pedir nada a cambio, pero ¿cómo iba a saber ella lo que debía pedirle? ¿Cómo iba a saber que querría estar a su lado cada mañana cuando abriera los ojos?

Michael le seguía el paso. No le importaba lo que le costara convencerla.

—Te amo, Amber —le dijo mientras caminaban entre turistas en dirección contraria.

Amber se paró y se giró para mirarlo.

—Te amo —le repitió convencido—. Quiero despertarme a tu lado cada mañana, quiero pasear contigo, sonreír contigo, vivir contigo.

Amber le escuchaba atenta. Sus rodillas habían empezado a temblar.

—Siento que no te conozco. No sé quién eres. Yo conocí a un camarero lleno de dudas que parecía que no había disfrutado apenas en la vida.

Michael asintió.

—Eso era. Un hombre lleno de dudas que no sabía disfrutar de la vida. Me estaba buscando a mí mismo, pero no sabía dónde ni cómo hacerlo. No supe lo que quería en mi vida hasta que te perdí.

—¿Por qué debería creerte?

—Porque te estoy diciendo la verdad —le explicó—. Me conociste lleno de dudas. Ahora no las tengo.

—¿Quién eres, Michael?

—Soy dueño con mi hermano de la cadena hotelera familiar.

Ahora sé que quiero seguir con la empresa, por entonces no estaba seguro.

También debía casarme con la mujer que habían elegido mis padres para aumentar nuestro patrimonio y negocios.

La viste en el hospital. —Amber asintió—.

No quería hacerlo. No sentía nada por ella.

Rompí mi compromiso con ella en cuanto George salió del hospital.

—¿Dónde encajo yo en todo eso?

—Estoy enamorado de ti, Amber. Te quiero en mi vida. Podemos vivir donde tú quieras. Podemos quedarnos aquí o volver a París. Tenemos hoteles en muchas ciudades.

Amber lo miraba en silencio. No sabía qué pensar. Se dio media vuelta y siguió caminando mientras notaba que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. ¿Cómo podía olvidar tan rápido? ¿Cómo podía perdonarle sin más? ¿Cómo podía pensar que podía funcionar, que podía ser posible?

—Amber… espera… quiero decirte algo más… y quizá no te guste, pero debes saberlo.

Amber se paró y fue Michael quien la rodeó para ponerse frente a ella. La miró a los ojos.

—Soy bueno en los negocios. No puedo evitarlo.

Soy bueno y se me dan bien. No quise decírtelo en París para que no descubrieras que no era solo un camarero, pero en cuanto me des permiso voy a mandar que te hagan una página web, hablaré con mis contactos y venderé tus cuadros al precio que me digas, dónde y cuándo tú me digas.

Amber lo miró extrañada. No esperaba que le dijera nada acerca de sus cuadros.

—Hasta ahora he dejado que llevaras las riendas tú, Amber, dame la oportunidad de mostrarte que yo también puedo llevarlas. Descubramos juntos lo lejos que podemos llegar.

—No sé qué decirte —le confesó sincera.

—Dime que me amas.

—Pero eso no me vale —le respondió seria.

—A mí sí. Yo te amo, Amber. Déjame demostrártelo, déjame que todos los días de mi vida pueda cubrirte de besos, o regalarte flores, o llevarte de viaje a donde tú quieras…

—¿Y si no funciona?

—Rendirse no es una opción para mí, no dejaré que lo sea para ti.

Amber lo miró repitiéndose las palabras que Michael le había dicho. Quería creer que fueran ciertas. La mirada de él, sus palabras, parecían sinceras. Quiso creer que lo eran. Sus rodillas temblaban. Su corazón latía con fuerza. Pero no estaba segura…

Michael la rodeó con sus brazos. Amber notó que una sensación cálida y placentera los envolvía. Se sintió estremecer. Michael la besó con cariño, con ternura, hasta que ella le rodeó el cuello con los brazos.

Amber se rindió al abrazo. Se rindió al beso. Michael notó su falta de resistencia, su confianza en él. Sentía que iba a estallar de alegría. La estrechó aún más entre sus brazos, la besó con más pasión. Amber le correspondió de la misma manera.

Los dos se convencieron, mutuamente, de que podían ser felices, muy felices juntos.