24. 24
—¡Aaagh! ¡Maldito cabrón! ¡Aaagh! ¡Te voy a matar!
Rick se da la vuelta y ve a Asker arrastrarse a cuatro patas sobre la arena nevada.
Está claramente sufriendo, y no es de extrañar: gran parte de su cara se ha vuelto de un rojo ardiente, y empiezan a aparecer ampollas blancas.
Tiene los ojos cerrados, y los mechones de pelo rubio que le caen sobre la frente están completamente encrespados.
Incluso la tela del gorro empieza a deshacerse.
—Te mataré —sisea, palpando la arena—. Te mataré…
Rick respira hondo, liberando la tensión y el miedo que han ido acumulándose durante horas.
—Si estás buscando la pistola, la tengo yo.
Asker no parece oírle. Sigue buscando durante unos segundos más, hasta que el dolor en su cara se vuelve insoportable, y se detiene para gritar. Sus dedos van hacia sus ojos, como si realmente quisiera frotárselos.
—Maldito pedazo de mierda —dice, empezando a sollozar—. Estoy jodidamente ciego… No hacía falta que hicieras eso… Iba a dejaros marchar…
—Sí, claro. —Rick da un paso adelante, pero mantiene cierta distancia—. Después de lo que le hiciste... —Siente una rabia ardiente y temblorosa subirle por el torso—. Debería volarte los sesos aquí mismo.
—No, no lo hagas —suplica Asker, girando el rostro en dirección a Rick. Está hecho un desastre; Rick apenas soporta mirarlo—. Por favor, no…
—No lo haré —le asegura Rick—. No si me lanzas las llaves de la furgoneta.
Asker vuelve a gritar.
—¡Las llaves, Asker!
Se lleva las manos a los bolsillos de la chaqueta, encuentra la llave y se la lanza a Rick.
—Ahora, métete dentro.
Asker se pone en pie, se tambalea, luego vuelve a levantarse. Extiende los brazos y tantea el aire.
—¿Dónde…?
—Gira a la derecha. Un poco más. Ahora camina recto.
Asker llega a la furgoneta. Palpando el lateral, la recorre hasta la puerta delantera.
—No —dice Rick—. Detrás.
Asker duda unos segundos para volver a gritar, luego va hacia atrás y sube. Rick comprueba las puertas para asegurarse de que no puedan abrirse desde dentro. Cierra una de un portazo, haciendo que Asker se sobresalte.
—¿Vas… vas a dejarme aquí?
Su voz es débil ahora, sin rastro de rabia ni de lucha.
Está sentado en el suelo, abrazándose las rodillas, con la cara ocultada misericordiosamente en la oscuridad de la furgoneta.
Parece un niño pequeño que se ha caído y se ha hecho daño, y durante un segundo Rick siente una punzada de compasión.
Se transforma enseguida en rabia otra vez.
—Debería —gruñe—. Te vendría bien morir congelado. Pero no, voy a llamar a la policía.
—Por favor, Rick —dice, negando con la cabeza—. Yo no… no puedo ir a la cárcel… mi carrera…
—¿Tu carrera? Se ha acabado, Asker.
—Pero…
Rompe a llorar de verdad ahora, y Rick siente ganas de abofetearlo. En lugar de eso, agarra la otra puerta.
—No fue idea mía…
Rick se detiene.
—¿Qué?
—Yo solo… solo hice lo que ella me dijo…
Rick entrecierra los ojos, intentando distinguir su cara. Averiguar si está inventándose algo para intentar salir de la situación. Pero Asker no se mueve ni intenta levantarse. Simplemente se queda ahí, balanceándose, gimoteando por el dolor.
—¿Quién? —pregunta Rick.
—Yo solo hice lo que ella quería —solloza Asker—. N-no tenía elección… tiene un vídeo, Rick… del hospital… podría haberme arruinado… y-y solo iba a ser un dedo… luego todo terminaría, y… yo nunca quise hacerle daño a Freja… no era nada personal… tienes que creerme, Rick…
—No me creo ni una palabra de tu asquerosa boca —gruñe Rick, y cierra la puerta de golpe.
Asker empieza a gritar y llorar aún más fuerte.
Rick se gira hacia las dunas. La nevada ha disminuido un poco, y puede distinguir la figura de Freja, oscura sobre la nieve, avanzando lentamente colina arriba.
Rick está a punto de seguirla cuando ve el transportín. Lo coloca en el asiento del conductor. Jasmin le dedica una última mirada acompañada de un maullido de agradecimiento.
—No te muevas de aquí —le dice, y cierra la puerta.
Mientras el motor siga en marcha, la furgoneta debería mantenerse lo bastante caliente para que ninguno de los dos se congele antes de que llegue la policía.
Rick echa a andar tras Freja, sacando el móvil desechable que guarda en el coche para emergencias. Tal como sospechaba, no hay cobertura aquí abajo. Si tiene suerte, conseguirá algo de señal en la cabaña.
Acelerando el paso, alcanza a Freja justo cuando llega al camino de entrada.
—¡Cariño! ¡Espera!
Ella se da la vuelta bruscamente, alzando el cuchillo, lista para apuñalarlo, con los ojos desorbitados. Luego se suavizan.
—¡Papá!
Rick se guarda la pistola en el bolsillo de la chaqueta.
Intenta abrazarla, pero ella se desploma en sus brazos y él la recoge.
No lo hacía desde que tenía tres años, y aun así resulta sorprendentemente fácil cargar con ella.
Freja llora contra su cuello mientras él recorre el último tramo hasta la puerta principal.
—Lo siento muchísimo, cariño —se oye decir una y otra vez—. Lo he hecho fatal. Lo siento muchísimo.
Ella no responde, probablemente ni siquiera lo oye. La lleva dentro, entrando directamente en el salón con las botas puestas, dejando un rastro de nieve. La sienta con cuidado en el sillón frente a la chimenea.
—Ya está, cariño —dice, mientras ella no se separa de él—. Ahora estás a salvo. Te lo prometo.
Aun así, tiene que apartar sus brazos con la mayor suavidad posible. Ella levanta la vista, con los ojos brillantes por las lágrimas.
—¿Qué… qué le hiciste a Asker?
—Lo encerré en la furgoneta. No te preocupes por él.
—¿Lo… mataste?
—No —dice Rick, con tono casi arrepentido—. Sé que debería haberlo hecho, pero… entonces yo también iría a la cárcel.
—Bien —dice Freja, respirando hondo—. Se merece pudrirse.
Rick se queda demasiado sorprendido para responder durante un momento.
Ella se sorbe la nariz y lo observa de arriba abajo.
—Papá, pensé que estabas borracho.
Él gruñe.
—Ni una gota. Bueno, hice gárgaras con vodka, así que puede que algo se me colara.
—¿Pero por qué? —Mientras hace la pregunta, parece encontrar la respuesta, porque añade—: Era un truco.
Él asiente.
—Tenía que hacerle creer que no era una amenaza. Que bajara la guardia. —Se mete las manos en los bolsillos y saca dos botellas de agua idénticas—. Esta es agua del grifo. Y esta otra es limpiador de desagües.
Ella vuelve a mirarlo, estudiando su rostro, y a él le sorprende lo alerta que parece. A pesar del dolor que debe de sentir y de los días de trauma que acaba de vivir, sigue tan lúcida como siempre.
«Ha sacado el cerebro de su madre, gracias a Dios».
Pero sabe que no es del todo cierto. Rick no es un hombre estúpido, y Freja probablemente haya heredado parte de su ingenio. La diferencia entre Rick y Sonja es que ella no es un desastre sin remedio.
—¿Cómo estás, cariño? —pregunta, frotándole la mano. El gesto le resulta extraño, ligeramente torpe, y aun así familiar—. ¿Te duele algo? ¿Te encuentras bien?
Ella baja la mirada un momento, como si hiciera inventario. Cuando vuelve a levantarla, a él le sorprende ver una leve sonrisa en sus labios.
—Estoy bien ahora, papá. Solo tengo un poco de hambre, la verdad.
Rick arquea las cejas.
—¿De verdad? Ah. Bueno, creo que tengo mermelada en el armario. No, espera, también hay cecina. ¿Quieres?
—Me encantaría.
—Ahora vuelvo.
Se levanta con una mueca de dolor y va hacia la cocina. De camino, se quita la chaqueta y la lanza sobre una silla. Saca el teléfono e intenta llamar al 112 otra vez.
Esta vez, la llamada se establece.
Lo pone en altavoz y lo deja sobre la encimera mientras saca el paquete de cecina y un vaso del armario.
—Servicios de emergencia. ¿Qué ha ocurrido?
Es un hombre, lo que sorprende a Rick, porque en las películas siempre es una mujer. Durante un momento, no sabe qué decir. Llena el vaso bajo el grifo y dice:
—Sí, eh… hola. Soy Rick Halvorsen.
—¿Papá? —llama Freja desde el salón.
—¡Un segundo, cariño! —responde. Luego, al teléfono—: Supongo que la policía ya me está buscando…
Un momento de silencio al otro lado.
—Sí, lo veo. ¿Dónde se encuentra ahora mismo, Rick?
—Estoy en—
—¡Papá! —vuelve a llamar Freja. Esta vez, su voz está llena de alarma—. ¡Hay alguien en la casa!
«Joder. ¿Se acordó de cerrar la puerta con llave cuando bajó a la playa?»
Rick deja caer el vaso en el fregadero. Está mirando la ventana negra frente a él. Es como estar delante de un espejo; su propio reflejo se ve con claridad. También se ve a Mila detrás de él.
Rick se da la vuelta, sintiendo que se mueve a cámara lenta.
—No he entendido eso —dice el hombre al teléfono desde lejos—. Rick, ¿está ahí? Repita, por favor…
Rick solo puede mirar fijamente a Mila.
Se ve… distinta. Lleva ropa normal, sin zapatos, lo que hace que Rick se dé cuenta de que ya estaba en la casa cuando llegaron.
Y no hay rastros de sangre en su ropa. Su rostro no está pálido ni azul ni gris ni de ningún otro color que esperarías de un cadáver.
Claramente no está muerta, ni siquiera herida.
De hecho, parece más viva que nunca. Sus ojos brillan, clavados en él.
—Hola, Rick. —Sus labios se curvan en una sonrisa—. ¿De vuelta de entre los muertos, eh?
Suena diferente también.
—Repita, por favor, Rick. ¿Dónde se encuentra?
En su mente, Rick oye la voz de Asker: «Yo solo hice lo que ella me dijo».
Freja vuelve a llamar desde el salón.
Rick, instintivamente, quiere ir hacia allí, pero Mila está en medio. Y ahora ve la pistola en su mano.
Su propia pistola está en la chaqueta. En el salón.
—¿Qué…? —dice, torpemente, sintiendo que está soñando—. ¿Por qué estás…? No… no…
Mila señala el teléfono en la encimera con la mirada.
—Cuelga, por favor.
—¿Rick? —dice el hombre al otro lado—. ¿Se encuentra en algún tipo de peligro?
—Ahora, Rick.
Rick parpadea, alarga la mano y toca el teléfono. La llamada se corta.
Vuelve a mirar a Mila.
—Estás bien —dice, forzando una sonrisa—. Eso es… genial.
—Aléjate de los cajones, Rick.