5. 5 #2
Aunque —lanza una mirada al paquete que sigue en el suelo— sí tiene prisa. Porque Freja está ahí fuera, y el repartidor es la única pista que tiene para encontrarla.
—No voy a abrirlo —le dice al apartamento—. No quiero saberlo.
Con suerte, este será el último paquete.
Si todo sale según lo previsto, esto termina esta noche.
Así que no hay razón para abrir el paquete y pasar por otra experiencia horrible.
Además, tiene otra cosa que hacer.
***
—¿Sí?
—Kaiser, ¿eres tú?
—Vaya. Hacía mucho que nadie me llamaba así. Supongo que estoy hablando con Rick Halvorsen.
—Suposición correcta. ¿Mal momento?
—Pueees, estaba a punto de sentarme a cenar con mi familia, así que sí. Mal momento. Pero supongo que será urgente si llamas, así que dame un momento para ir a mi despacho. —Se oye una puerta cerrarse—. Bueno, ¿qué pasa, Halvorsen?
—Necesito algo de ti.
—Ya me lo imaginaba. ¿Dinero?
—No. Algo que haga un agujero en una pared, o… en lo que apunte.
Una pausa.
—No estarás hablando de un taladro, ¿verdad, Halvorsen?
—Digamos que sí, por el bien de esta conversación. ¿Tienes uno?
—Depende.
—¿De qué?
—De varias cosas. Como, por ejemplo, qué tipo de pared tienes pensado perforar. ¿Hablamos de una pared defensiva o de algo más… agresivo?
—¿Me creerías si dijera que lo primero?
—No demasiado. No con lo alterado que suenas. Para serte sincero, Halvorsen, suena a que te has metido en un buen lío y ahora quieres… salir a taladrazos. Probablemente no sea la mejor idea.
—Estoy de acuerdo, pero es la única. Y no soy yo el que está en el lío.
Otra pausa.
—¿Un compañero?
—Estoy retirado, Kaiser. Igual que tú.
—Entonces un amigo.
—Podríamos decirlo.
Un chasquido de labios.
—Sé que eres listo, Rick. Sé que no pedirías esto si no fuera realmente importante. Y sé que no harías nada imprudente a menos que estuvieras acorralado. También sé que eres demasiado orgulloso para pedir ayuda, así que no voy a ofrecértela.
—La única ayuda que necesito es el taladro. Yo me encargo del resto. Solo asegúrate de que el taladro no tenga tu nombre ni tu número.
—Ya, ese es el segundo problema. Si tiene que ser un taladro del que nadie pueda rastrear al dueño, eso lo complica bastante.
—Lo sé, Kaiser. Pero también sé que tienes acceso a uno así.
—Supongamos que sí. ¿Estamos hablando de un favor?
—Te pagaré lo que quieras.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Vaya. Sí que estás desesperado. Debe de ser un amigo cercano.
—¿Cuándo puedes tenerlo listo?
—¿Sigues viviendo en la ciudad?
—Ajá.
—Puedo hacer que alguien te lo deje mañana por la noche.
—No. Tiene que ser ahora. Esta noche.
—Eso no es posible, Halvorsen.
—Joder, Kaiser. Te pagaré lo que quieras.
—Sí, eso ya lo has dicho. Y yo te digo que un taladro así no es algo que tenga por ahí sin más. Hará falta hacer un par de llamadas.
—¿Y uno que sí tengas a mano?
—Todos llevan mi nombre.
—¿Y si en realidad nunca se usa? ¿Y si solo lo necesito para aparentar? Y me aseguro absolutamente de que no caiga en malas manos.
—Son muchas promesas, Halvorsen. Rompe una sola y estoy acabado.
—Lo sé. Mira, Kaiser. Este es el último favor que te voy a pedir. Haré lo que sea a cambio. Te encero el coche o te doy un puto masaje en los pies. Pero necesito esto. Ahora. Esta noche.
Una pausa más larga.
—Vale.
—¿Vale?
—Haremos que parezca que cogiste el taladro sin permiso. No es lo ideal, pero me cubrirá las espaldas si la cagas.
—No la cagaré. ¿Cuándo puedo pasar a recogerlo?
—Dame hasta medianoche.
—Gracias, Kaiser.
—No me des las gracias, Halvorsen. No te estoy prestando mi taladro. Lo estás robando, ¿recuerdas?
—Claro. Te lo devolveré en cuanto termine.
—Ni de coña. No quiero volver a ver ese taladro en mi vida. Quédatelo. O mejor aún, destrúyelo.
—Me parece bien.
—Medianoche, Halvorsen. Pasa por detrás.
Faltando exactamente cinco minutos para medianoche, Rick aparca su coche en la calle de al lado, lo deja cerrado y camina hacia la casa de Fleming Kaiser por el callejón trasero.
Enciende un cigarrillo y luego saca el móvil. Lo ha estado revisando de forma compulsiva desde que instaló la aplicación de rastreo. Está paranoico con que la señal desaparezca. O con que el tipo se vaya de repente al aeropuerto y salga del país.
Nada de eso ha ocurrido.
Según el pequeño punto rojo, el tipo sigue en Lunden 99 —aparentemente una casa normal en un barrio de clase media en las afueras de la ciudad.
Podría ser donde tienen a Freja. Él había imaginado un lugar más dramático.
Una fábrica abandonada, una cabaña en el bosque, algo de película.
Pero en la vida real tiene todo el sentido del mundo mantener a un rehén en tu propia casa…
siempre que tengas un sótano insonorizado.
Aun así, existe la posibilidad de que Freja no esté en Lunden 99. Si no está, Rick tendrá que pasar a la siguiente fase. Tendrá que hacer hablar al repartidor. Y para eso necesita el arma.
Llega al pequeño patio trasero de la casa de Kaiser. Está casi a oscuras, salvo por una luz amarillenta sobre la puerta. Rick se queda en la sombra, junto al contenedor, esperando. Inhala profundamente y suelta el humo hacia el cielo negro, difuminando las estrellas por un instante.
No puede evitar pensar en Freja. En lo que estará pasando. En lo que le habrá ocurrido en las horas desde que instaló la aplicación.
«¿Le habrán cortado algo más? ¿La lengua? ¿Le habrán sacado un ojo, quizá?»
El pensamiento le revuelve el estómago. Sobre todo porque podría haberlo evitado. Si hubiera tenido el valor de abalanzarse sobre el repartidor en ese momento, arrastrarlo dentro del apartamento y molerlo a golpes, ya podría haber encontrado a Freja.
Pero la verdad es que, si hubiera atacado al tipo solo para acabar él mismo con un tiro, entonces Freja nunca sería encontrada.
Por eso Rick optó por la vía cautelosa. Sigue repitiéndose que es la decisión correcta… aunque su mente lo llame cobarde.