2. 2 #2
—¿Solo hierba?
Rick suspira.
—Vamos, ya sabes a qué me refiero. Nada de agujas ni cosas así —añade rápidamente, antes de que Sonja lo interrumpa—. Aun así, claro que tenemos que tomárnoslo en serio. No sabían quién había llevado las drogas al instituto, pero querían asegurarse de que habláramos con Freja sobre ello.
—No hay forma de que haya estado fumando hierba.
—No, estoy de acuerdo. Es demasiado lista para eso. Aun así, es adolescente, y prueban cosas.
—Freja no.
—Quiero hablar con ella de todos modos.
—Déjame hacerlo yo.
—No, por favor, Sonja. Debería ser yo. Le prometí a la directora que lo haría.
Otra pausa.
—¿Y por qué te llamó a ti? Saben que la tutora principal soy yo.
—Supongo que pensaron que… quizá esto era algo de lo que debía ocuparse el padre. No lo sé. No te enfades conmigo, Sonja. Yo solo transmito el mensaje. Y, sinceramente, creo que es buena idea que sea yo quien hable con ella, ¿no te parece?
Su exmujer suelta una risita despectiva.
—¿Por qué?
—Pues porque… estoy un poco entrenado para esto.
—¿Entrenado para qué? ¿Para olfatear drogas?
—No, para averiguar si la gente miente.
—Vamos, Rick. Que vendieras cámaras de vigilancia y cerraduras electrónicas no te convierte en detective.
—No era solo tecnología de seguridad. Yo era consultor. Le decía a la gente cómo impedir que otros entraran. Mi trabajo consistía en entender cómo piensan los criminales.
Sonja se limita a resoplar.
—En fin —continúa él, echando un vistazo a la bolsa de la mesa. Le apetece muchísimo otra bien fría—. Querías la verdad y ya la tienes. ¿Puedes mandarme el selfi, por favor?
—Sí, claro.
—¿Y Sonja?
—¿Qué?
—Por favor, deja que sea yo quien hable con ella de esto, ¿vale? Déjame ser el poli malo. Ya está enfadada conmigo. Le meteré un poco de miedo en el cuerpo y se acabó. No querrá tocar las drogas cuando sepa que la he calado.
Otra larga exhalación, y entonces Sonja dice:
—No puedo creer que vaya a decir esto, pero en realidad tiene sentido.
—Gracias, cariño.
—No me llames así.
—Perdón, vieja costumbre.
—Adiós, Rick.
—No te olvides del selfi.
Sonja cuelga.
Rick se recuesta y suelta un aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
—Viejo cabrón. Todavía sabes salir de un apuro a base de mentiras.
Abre otra cerveza y se la bebe casi toda.
El teléfono vibra. Abre el mensaje. Es de Sonja.
Es una foto. Un selfi de grupo, sacado por su hija.
Al fondo aparecen otras dos chicas. Rick las ha visto antes, pero no recuerda sus nombres.
Están en una cabañita acogedora, con el fuego crepitando en la chimenea y la nieve pegada a la parte exterior de las ventanas negras.
Es una foto tonta. Todas llevan las gafas de esquí y gorros de lana, y están poniendo caras raras. Freja levanta la mano izquierda, haciendo el signo de la paz con el índice y el dedo corazón. Los otros tres dedos también están ahí.
Rick suelta un suspiro de alivio.
«Por un momento me habías acojonado».
Lanza el teléfono al sofá, reanuda la película y se bebe otra cerveza.
Por alguna razón, no consigue meterse en ella. Hay algo que lo inquieta.
«Déjalo. Está bien».
Aparta esa idea, se bebe otra cerveza. Después de la quinta, por fin empieza a sentirse más relajado. Las preocupaciones se hunden más y más en su subconsciente. Casi desaparecen por completo.
Casi.
***
Rick se incorpora con un gruñido.
Está en el sofá. La televisión se ha apagado sola.
Está borracho, y tiene unas ganas tremendas de mear.
Pero eso no es lo que lo ha despertado. Ha soñado con la foto. Algo relacionado con los dedos de Freja. Incluso dormido, su cerebro ha seguido dándole vueltas a algún detalle que había captado sin que él se diera cuenta. Y ahora esa sensación de inquietud vuelve de golpe, más fuerte que nunca.
Algo no encaja.
Vuelve a coger el móvil y mira la imagen otra vez.
Ahí mismo, en el dedo anular, está el anillo. Es fácil pasarlo por alto. Por la forma en que sostiene la mano, solo se ve una de las hojas del trébol. Pero está ahí, sin duda.
—Mierda —murmura Rick—. Sigue teniendo el anillo…
Se queda pensando un momento. Luego se levanta, se golpea la rodilla contra la mesa de centro, maldice, cojea hasta la cocina, abre la nevera y saca el cuenco.
Lo lleva hasta los fogones y enciende la luz de la campana extractora.
Saca la primera bolsa, agarra con cuidado el dedo a través del plástico y tira del anillo.
Está atascado. Lo gira, lo masajea, y de pronto sale.
Sosteniendo la bolsa en alto, mira de cerca el anillo, ahora suelto. Realmente se parece exactamente al anillo que mandó hacer para Freja. Y por dentro lleva el grabado exacto que pidió al joyero: «Hazlo mejor».
Es una estupidez, y aún se arrepiente. Lo había pensado como un consejo. «No jodas tu vida como hice yo; tú eres mejor que yo». Pero eso no cabía dentro del anillo.
Lo que debería haber hecho grabar era «Te quiero», o «mi niña especial», o algo así. Pero era demasiado orgulloso, demasiado práctico, demasiado Rick como para decir algo tan sincero y vulnerable, y mucho menos dejarlo por escrito.
Baja la bolsa, frunciendo el ceño ante la pared.
Ese anillo es, sin ninguna duda, el de Freja.
Lo que significa que ella ya no lo lleva puesto.
Lo que significa que el selfi de grupo que acaba de ver o bien es falso, o bien fue tomado antes de que el anillo saliera del dedo de Freja.
Lo que significa que la prueba que creía tener de que su hija está bien… bueno, acaba de volverse tan útil como un mapa sin carreteras.
Necesita encontrar una prueba nueva. Y sabe dónde puede conseguirla.
El único problema es que es ilegal.