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Se baja del coche y casi resbala en el asfalto helado. Maldiciendo, rodea el coche con cuidado.

El centro sigue vivo a estas horas, pero la mayoría de la gente está en casa.

Mete la llave en la puerta de la calle, la gira y entra en la escalera. Le reciben los olores habituales a polvo, calzado y producto de limpieza industrial. Mientras sube, tararea sin querer la irritante canción de Navidad que sonaba en el comedor.

Petersen, ese capullo insufrible, la había puesto.

También había llevado unas astas de reno encima del casco durante todo el día, provocando las sonrisas de todos los demás trabajadores…

excepto de Rick, que llegó a plantearse seriamente denunciar a su compañero ante el delegado sindical.

Tenía que haber alguna norma de seguridad contra llevar en la fábrica accesorios estúpidos e innecesarios en la cabeza.

Podrían engancharse en una de las máquinas y provocar un accidente.

Ahora que lo piensa, Rick espera que eso ocurra. La imagen de Petersen siendo arrastrado hacia la prensa de ensamblaje basta para arrancarle una risita justo cuando llega a su puerta.

Entra en el apartamento, empuja la puerta y empieza a quitarse los zapatos… cuando oye el sonido inconfundible de algo blando siendo apartado por la puerta.

Eso lo deja clavado en el sitio.

De algún modo había conseguido olvidarse por completo del paquete del viernes por la mañana. Sus preocupaciones por Freja se habían desvanecido cuando Sonja le escribió una hora después de que hablaran.

«No contestó. Pero me mandó esto:»

Y entonces le había enviado una captura de pantalla del mensaje de su hija. Decía: Perdona, aquí arriba la cobertura va y viene. Ya estamos instaladas. Nos lo estamos pasando bien. Te llamaré cuando pueda. Dile a papá que a él también lo llamaré.

Había terminado el mensaje con dos corazones.

Había bastado para tranquilizarlo. Al menos Freja estaba bien. Eso era lo único que importaba de verdad.

Cómo había acabado su anillo en aquel dedo amputado era una preocupación secundaria, una cuya respuesta averiguaría en cuanto tuviera ocasión de hablar con su hija.

Por supuesto, también estaban las preguntas de dónde había salido el dedo y a quién había pertenecido.

Pero Rick ya casi se había convencido de que debía de ser de alguien que ya estaba muerto, y de que se lo habían enviado como una broma macabra.

Se ocuparía de ello en cuanto hablara con Freja.

Si su hija estaba metida de algún modo en la broma —si había prestado voluntariamente su anillo para que todo pareciera real —, le echaría una bronca monumental.

Pero probablemente no llamaría a la policía.

No había razón para dejarle antecedentes.

Con dieciséis años ya tiene edad para responder penalmente, e incluso si el dedo realmente procedía de algún cadáver, seguía siendo obviamente un delito amputarlo y enviárselo a alguien.

Sin embargo, le parecía más plausible que alguien le hubiera robado el anillo antes de irse a Noruega. Era una de las preguntas que necesitaba hacerle en cuanto lograra localizarla.

Pero ahora, cuando enciende la luz del pasillo y mira detrás de la puerta, ve otro paquete. Se parece casi exactamente al primero. Solo que parece más fino.

—Venga ya —refunfuña Rick, dejando caer la bolsa. Se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero antes de recoger el paquete.

Pesa aún menos que el primero. La verdad es que es un alivio. Por el peso, no cree que haya otro dedo dentro. Lo más probable es que solo sea otra carta.

Lo lleva a la cocina, lo abre con cuidado y mira dentro.

No hay papel, no hay carta, solo otra bolsa con cierre hermético. Con el pulso acelerándose, la saca usando solo las uñas. No se despliega por sí sola, así que le da una pequeña sacudida para ayudar.

Dentro hay un mechón de pelo rubio. Está recogido en un pequeño aro pulcro para que quepa en la bolsa.

—Vale —dice Rick, dándole la vuelta a la bolsa para observarla desde todos los ángulos—. Vale, así que piensas llevar esto hasta el final, ¿eh? Maldito lunático…

Podría ser falso, pero el cabello parece muy real. Rick abre la bolsa por la mitad y huele. Un rastro de champú o de algún otro producto.

El pelo podría ser de Freja; desde luego el color coincide, pero también podría ser de cualquiera.

—¿Perdiste acceso al cadáver? Esto ni de lejos tiene tanto dramatismo, por si no lo sabías.

Abre la nevera y saca el cuenco amarillo de Tupperware —se lo quedó por accidente en el divorcio y nunca se molestó en devolvérselo a Sonja—.

Levanta la tapa y deja caer la nueva bolsa junto a la otra, luego vuelve a cerrar el recipiente y lo mete de nuevo en la nevera.

Hasta que sepa qué está pasando, en realidad no tiene más remedio que conservar el dedo…

y no piensa dejar que se pudra sobre la encimera.

Vuelve al pasillo y se da cuenta de que se ha olvidado de cerrar la puerta. Por alguna razón, asoma la cabeza y mira arriba y abajo por la escalera.

Está vacía.

Cierra la puerta y coge la bolsa de cervezas. Las lleva al salón, se deja caer en el sofá y saca el móvil.

Se queda mirando la pantalla un momento, mordiéndose la mejilla por dentro.

«Esto es exactamente lo que quiere quien te ha gastado la broma», piensa. «Ella está bien, Halvorsen. Olvídalo».

Pero no puede. Así que vuelve a llamar a su hija.

Salta el buzón de voz. Decide no dejar otro mensaje. En lugar de eso, cuelga y le escribe: Hola, cariño. Sé que no es el mejor momento, pero de verdad necesito hablar contigo. Llámame, por favor. Papá

El teléfono le sugiere automáticamente un corazón. Lo único que tendría que hacer es pulsarlo. El pulgar se le queda suspendido encima un segundo. Pero luego baja y pulsa Enviar.

Mira el pequeño icono bajo el mensaje. Pone «Enviado». Luego, unos diez segundos después, cambia a Entregado. Es decir, el mensaje ha llegado a su teléfono. Pero ella aún no lo ha abierto, porque entonces pondría «Leído».

Mira la hora. Falta media hora para medianoche. No está despierta. O, si lo está, seguramente estará bebiendo chocolate caliente con ron y jugando a las cartas con sus amigos. No hay forma de que le apetezca leer un mensaje de su padre distanciado, y mucho menos contestarlo.

«Joder, solo necesito una prueba real de que está bien…»

Coge una lata de la bolsa y enciende la televisión. Elige una película cualquiera, abre la lata y se bebe la mitad de un trago. Está lo bastante fría como para no saber a meado, y la sensación punzante al caerle en el estómago le resulta familiar y muy bienvenida.

Sigue mirando el móvil. Mirando ese pequeño mensaje. Sigue poniendo «Entregado».

Intenta ver la película. Russell Crowe está soltando algún discurso emotivo, pero Rick apenas escucha. La mente se le va constantemente.

«Estás cayendo justo en su juego. Quienquiera que te haya tendido esta trampa quería exactamente esto. Acojonarte».

Pero no puede evitarlo. Si hubiera sido cualquier otra persona —su vieja madre, su hermana pequeña allá en Austria o donde coño viva ahora, incluso Sonja o el maldito rey—, no le habría importado lo más mínimo.

Pero Freja es, por lo visto, la única persona del planeta que aún le importa. Al menos lo suficiente como para no poder quitarse esto de encima. No hasta saberlo con certeza.

Así que coge el mando y pone la película en pausa justo cuando Crowe está a punto de subirse a un taxi. Se ventila el resto de la cerveza, eructa, se aclara la garganta. Luego llama a Sonja.

No está seguro de que vaya a contestar. Probablemente esté durmiendo, y nunca se lleva el móvil a la cama.

Pero responde casi al instante.

—Rick, ¿tienes idea de qué hora es?

—No estabas durmiendo, ¿verdad? —Lo hace sonar más como una réplica que como una pregunta.

—No, pero eso no significa que—

—Mira, seré rápido, te dejaré volver a lo que estuvieras haciendo. Solo necesito saber si has hablado con Freja hoy.

Casi puede oír cómo frunce el ceño.

—¿Otra vez con esto? En serio, ¿qué te pasa, Rick?

—Todavía necesito hablar con ella, eso es todo. ¿La has llamado?

Ella gime.

—Sí, la he llamado, pero no ha contestado. La cobertura va y viene. Algo de las montañas, yo qué sé.

—¿Te ha mandado otro mensaje? Aparte del que me enseñaste el viernes.

—Sí.

—¿Qué decía?

—No decía nada. Era una foto. Un selfi suyo con sus amigos en la cabaña.

Rick siente una oleada de alivio.

—Vale. Entonces… ¿tenía…? —La pregunta que está a punto de formular es «¿tenía todos los dedos?», y casi la dice en voz alta. En vez de eso, se aclara la garganta y la cambia por:— ¿Tenía buena cara?

—¿Qué quieres decir con «buena cara»?

—Quiero decir, ¿parecía contenta?

Se produce una pausa al otro lado.

—Rick, dime qué te pasa. ¿Estás enfermo?

—No, ya te he dicho que estoy bien.

—¿Estás borracho? No suenas borracho.

—Completamente sobrio. Escucha, esto no va de mí…

—Entonces, ¿de qué va?

—Va de nuestra hija. Solo necesito saber si está… eh… mira, ¿puedes mandarme el selfi? Tengo muchas ganas de verla.

Sonja se lo piensa un momento, luego dice:

—No te voy a mandar nada hasta que me digas qué está pasando de verdad.

Rick resopla, se rasca la sien, se frota la frente, intentando pensar una explicación que Sonja se crea sin preocuparse.

—Vale, mira. Es porque… hablé con la dirección del instituto el otro día.

Hace una pausa, esperando ver cómo cae esa frase inicial.

—¿Sí? —pregunta Sonja, con un tono inmediatamente más tenso.

«Bien. Se lo está creyendo».

—No quería preocuparte, nada más —continúa él—. Puede que no sea nada. Probablemente no sea nada, pero…

—Ve al grano, Rick. ¿Qué te dijo?

—No me dijo nada ella. Me lo dijeron desde la dirección del instituto.

—Sí, ya lo sé, eso has dicho. ¿Y qué te dijo?

Rick se queda confuso un instante… hasta que se da cuenta de que la directora de Freja debe de ser una mujer.

«Por poco. Ten cuidado, Halvorsen».

—Bueno, me dijo que… habían encontrado drogas en el instituto. En uno de los dormitorios, creo. No en el de Freja, sino en el de al lado.

—¿Qué tipo de drogas?

—No lo dijo. Entendí que solo era hierba.