Pietro Collalto: Embarazada del Mafioso que me Engañó Capítulo 15
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Capítulo 15

Helena Moraes

El día apenas ha amanecido y me despierto con mi teléfono sonando de forma enfurecida. Veo por el identificador que es Henrique. Me levanto de inmediato, porque él no suele llamarme en plena madrugada.

Pietro me mira de reojo, y le hago un gesto indicando que es solo una llamada y voy hasta el baño para atender.

—¿Qué ha pasado?

—¿Por qué crees que ha pasado algo? —me pregunta.

—Porque no me llamarías —miro la hora— a la una de la mañana allí si no hubiera pasado algo. ¿Estás bien?

—Estoy bien, deja de preocuparte por mí.

—Imposible. Puedes pedirme cualquier cosa menos eso. Ahora dime qué ha pasado —interrumpo su discurso, porque sabe que es completamente imposible para mí no preocuparme por él.

Oigo cómo su respiración se vuelve pesada al otro lado de la línea.

—La abuela Rosa ha sido ingresada, y no está muy bien. Pidió que fuéramos los dos a visitarla —por fin me lo cuenta, y vuelvo a respirar.

Nuestra abuela Rosa es el último vínculo que tenemos con nuestra madre.

Tiene una edad avanzada, siempre tuvo problemas de salud, pero nunca quiso marcharse del interior de Goiás, donde vive.

Es común que la ingresen y, de vez en cuando, pide que vayamos a verla.

Las primeras veces me asusté, pensando que estaba a un paso de morir, pero ahora sé que es más fácil que muera yo antes que ella.

—¿Cuántas veces no ha hecho ya eso? Me has preocupado llamándome tan desesperado. Vuelvo a Brasil mañana, entonces iremos a verla, ¿vale?

—Perdona, acabé olvidándome de la diferencia horaria. No quería asustarte, solo no sabía que volvías ahora y acabé pensando en decírtelo enseguida, porque ¿y si esta vez sí va a despedirse de verdad?

—Vaya, Henrique, no pienses en eso. Pronto iremos a verla. Ahora intenta descansar.

—Vale. ¡Te quiero!

—Yo también te quiero.

Respiro hondo y, aprovechando que ya me he despertado, empiezo el día. Pietro dijo hoy que va a llevarme a conocer algunos lugares de la propiedad. Esta semana aquí ha sido entera de trabajo, y hoy, con todo mapeado, ha quedado solo para disfrutar del lugar.

En cuanto salgo del baño duchada y envuelta en una toalla, encuentro a Pietro tumbado en la cama, mirándome. Acabo perdiéndome durante unos segundos en su torso desnudo, recordando la noche anterior. ¿En algún momento dejará de afectarme?

—¿Está todo bien?

—Sí, solo es mi abuela, que quiere que vayamos a visitarla. Está en el hospital.

—¿Y estás tranquila con eso? —analiza como si buscara la verdad.

—Sí, ella hace esas cosas. Casi siempre acaba en el hospital y dice que se está muriendo y pide que vayamos a visitarla porque quiere despedirse. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces ha sido.

Me encojo de hombros, porque realmente lo ha hecho tantas veces que ni siquiera sé pensar cuándo será de verdad.

Pietro sigue analizándome, y entonces se levanta y me da un abrazo sin ninguna explicación. No sé por qué, pero su calor me reconforta.

—Voy a bajar a entrenar —comento, todavía atrapada en su abrazo.

—Vale, voy a mi habitación a cambiarme de ropa y voy contigo. —Me da un beso en el pelo y sale.

Este italiano descarado me puso en una habitación separada de la suya como le pedí, pero acaba durmiendo conmigo casi todas las noches. Va infiltrándose en todo de una forma tan sutil que hace que me sienta completamente bien con él cerca.

Percibo que realmente necesito esos días lejos de él para entender qué está pasando en mi cabeza.

—Pietro, ¿por qué yo no puedo entrenar también? ¡Mira lo buena que es Helena! —Mirabela cuestiona a su hermano mientras él entrena conmigo.

—Mira, ¿acaso alguna vez te has interesado por aprender a luchar?

Me fijo levemente en la chica, y se le enrojece la cara.

—Hasta ahora no, pero estoy simplemente fascinada con cómo Helena consigue derribar a varios soldados. Es increíble, quiero ser así también.

Acabo perdiendo la concentración y me río. Con eso, fallo un golpe y Pietro me inmoviliza. Me mira al fondo de los ojos y me entran ganas de besarlo.

Respiro con dificultad y me pongo nerviosa con la situación. Él lo percibe y enseguida me suelta.

—Creo que por hoy está bien —digo—. Mira, soy así de buena porque aprendí a luchar desde niña. La lucha para mí, por muy loco que pueda parecer, es calma, es lo que hago para equilibrarme.

—Perfecto, voy a empezar también.

—Hablaremos de eso después —decreta Pietro a su hermana mientras subimos hacia las casas.

Ella empieza a parlotear otras cosas aleatorias en italiano con su hermano, y veo que él es paciente con ella al responder.

Es interesante ver este lado familiar de Pietro.

No imaginé que pudiera ser así. Los tres meses que hemos pasado yendo de un lado a otro juntos me hicieron percibir lo implacable que es en los negocios.

Aunque no me meta ni preste total atención a todo lo que hace, hay algo que quedó claro: no es piadoso con los competidores.

—Cámbiate de ropa para que podamos salir. Vamos a pasar todo el día fuera —ordena en cuanto me deja en la puerta de la habitación.

—Sabes que hoy es mi día libre y que no estoy trabajando como para que mínimamente creas que mandas en mí, ¿verdad? —Levanto una ceja hacia él.

Cielos, este hombre es imposible.

—Sé que es tu día libre. ¿Quién ha dicho que estoy mandando? Solo estoy dando una orientación sin posibilidad de negación por tu parte.

La sonrisa engreída en su rostro me da ganas de arrancársela a bofetadas.

—Eres un italiano demasiado creído. Joder, ¿dónde he ido a atar mi burro? —digo en portugués, y me mira sin entender.

—Mia bella, ¿qué es eso?

—Una expresión que usaba mi madre, olvídalo...

Sonrío por la cara con la que me mira, pensando qué significa, y en esos momentos pienso que el portugués tiene las mejores expresiones, sin duda.

Me doy una ducha y me encuentro con él, que me espera apoyado en uno de sus coches. El paisaje aquí es bellísimo. Pasamos por los viñedos y Pietro conduce unos minutos más allá de ellos, deteniéndose en una zona verde que da vista a toda la propiedad.

Bajamos del coche y veo que hay un cenador muy cuidado y una zona verde alrededor muy bonita. Como es un punto más alto, conseguimos verlo todo desde aquí. Me quedo completamente fascinada con la belleza.

—Pietro, es precioso aquí.

Se detiene detrás de mí, abrazándome, y aspira ligeramente mi cuello, haciendo que se me erice todo el cuerpo.

—Cerecita, este era mi lugar de refugio cuando quería simplemente desaparecer y no podía.

—Consigo entender por qué, estoy encantada.

—Vamos a comer —saca del maletero del coche una cesta y una manta y me tira hasta el cenador.

—Si no entrenara todos los días, ya estaría rodando de tanto como como aquí. ¿Has prestado atención a que siempre estás mandándome comer?

—Claro, si te dejo, no comes. Nunca he visto a una persona olvidar que necesita comer como tú.

Realmente tengo un problema para recordar que necesito alimentarme, eso es un hecho.

Miro todas las cosas deliciosas que hay en la cesta y casi babeo, porque sé que todo es fresco y hecho aquí: los panes, las tartas, los antipastos, los cannoli, las galletas, los zumos, los cafés y las frutas. Todo parece divino.

Pietro me sirve y empieza a contar algunas cosas de su infancia mientras comemos. Presto atención a todo y me quedo fascinada con los detalles y con el amor con el que habla de su madre.

—Amore mio, ¿por qué estás llorando? —me pregunta Pietro, atrayéndome hacia su abrazo.

No percibí cuánto hablar de su infancia me hizo pensar en la mía.

—Me acordé de mi madre, de los buenos momentos que pasamos antes de que se fuera.

Levanto la cabeza y él pasa el pulgar por mi mejilla, secándome las lágrimas.

—Estoy seguro de que, dondequiera que esté, está muy orgullosa de ti —dice, y encuentra mis labios en un beso suave, lleno de sentimientos que me dejan confusa.

—Era una mujer maravillosa. Espero estar haciéndolo lo mejor posible y que realmente se sienta orgullosa de mí.

Pietro me aprieta más entre sus brazos, y me siento cómoda allí de un modo en que no debería.

Seguimos comiendo un rato después y entramos en asuntos ligeros, sobre comidas y actividades que a Pietro le gustaba hacer cuando vivía aquí.

Caminamos por los alrededores hasta detenernos en uno de los viñedos más cercanos a donde estamos. Él arranca una uva y la coloca en mi boca.

Tiene un sabor diferente probarla directamente así.

—Está casi lista para la cosecha, tan dulce como tú.

Me sujeta el pelo y me tira hacia un beso que empieza tranquilo, pero que rápidamente muestra todo el deseo que tenemos. Su lengua invade la mía, y siento el sabor de la uva que él también probó, y que parece tener un sabor diferente en su boca.

Nuestras bocas chocan con una violencia que parece capaz de fundirse e ir en contra de la teoría de que dos cuerpos no ocupan el mismo espacio.

Las manos de Pietro bajan por mi cuerpo, alcanzando el bajo de mi vestido, entrando por él, llegando a mi culo, apretándolo con la mano llena. Separamos nuestras bocas para tomar aire.

—¿Ya te he dicho cuánto amo apretar este culo delicioso tuyo? Dio, quanto sei sexy[13]!

Nos atacamos de nuevo, y Pietro hunde la mano en mis bragas, alcanzando mi punto de placer, y yo no soy capaz de nada más que de gemir entre nuestros besos. Sus dedos hábiles me penetran mientras me toca con el pulgar.

—Ah... Pietro, Dios mío... —gimoteo.

Querría saber en qué momento este hombre me volvió adicta al sexo.

Tiro de su pelo, clavando las uñas en su espalda.

Todo mi cuerpo lo reclama. Mi mente nublada todavía intenta razonar que es una locura follar en medio de un viñedo, pero lo que quiero ahora es que me consuma entera, sin importarme nada.

Nuestras pieles arden, y siento como si fuera a entrar en combustión.

—Mi diabla rubia, ¿quieres que te folle aquí? —murmura en mi oído, mordiéndome el lóbulo, sin dejar de follarme con los dedos ni por un segundo. Retuerzo el cuerpo al sentir su aliento caliente contra mi piel.

Su lengua lame la piel de mi cuello, dejando mordiscos y chupetones. Tiene un placer absoluto en marcarme.

Siento todo mi cuerpo convulsionar mientras el orgasmo va formándose en mi interior.

—Pietro, joder... —no consigo formar una frase entera.

Mi cuerpo arde. Ningún hombre jamás consiguió dejarme con tanto deseo ni tan loca en el sexo.

—¡Córrete para mí, mia deliziosa! —El gruñido ronco me alcanza de lleno, y me dejo ir en los dedos de este maldito italiano buenorro. Mi mente está confusa.

Él me sostiene porque mis piernas son incapaces de mantenerse firmes.

Cuando empieza a abrirse el pantalón, el sistema de riego del viñedo se activa y empieza a mojarnos.

Salimos corriendo para evitar acabar empapados.

Me río cuando por fin nos detenemos fuera del lugar.

—¿Qué te hace tanta gracia? —percibo que está cabreado, y todavía completamente duro.

—La gracia es que no soy tan imprudente como para andar follando en medio de un viñedo, y casi me dejé llevar, pero el sistema de riego me ha traído de vuelta a la realidad.

—Pues voy a despedir a quien controla esta mierda.

Volvemos a la Villa, porque Pietro no quiso que me quedara toda mojada, diciendo que podía enfermar. Para mí, esa excusa parece más bien porque quiere follarme en la habitación.

Después de salir de la ducha, me asusto al ver a Pietro sentado en la cama.

—Helena, necesito hablar contigo. —Me extraña el tono preocupado que usa.

—Puedes hablar.

Camino hasta él y me siento a su lado.

—Sé que te prometí que no nos involucraríamos, que todo sería casual, pero no consigo pensar en ti sin pensar en tenerte conmigo y poder cuidar de ti.

Siento que mi cuerpo se congela.

Solo puede estar de broma.

—No me hagas esto, por favor. —Desvío mis ojos de los suyos, porque me convierto en una confusión de miedo y desesperación. No consigo pensar en todo esto ahora.

—Eh, mírame —me sujeta el rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo a los ojos.

—No te estoy pidiendo matrimonio todavía, solo quiero un poco más de ti. Quiero poder decir que eres mía, Helena. Nunca he tenido nada serio con nadie, pero lo quiero contigo. Sé que tienes miedo, podemos ir despacio, bajo tus condiciones, solo no me apartes.

Veo sinceridad en sus ojos, y eso me calma en la misma proporción en que me desespera.

No consigo decir nada, porque lo que quiero es huir de aquí, corriendo lo más rápido posible.

—Pietro, yo...

—No tienes que responderme ahora. Mañana vas a Brasil, piénsalo con calma, y cuando vayas a Nueva York me dices qué has decidido, ¿qué te parece?

Sigo mirándolo hasta que tira de mí hacia sus brazos y vuelvo a respirar. No había notado que estaba conteniendo la respiración.

Mi cabeza está confusa y no puedo negar que quiero correr en la misma proporción en que quiero seguir teniendo más de él.

No sé si soy capaz de desordenar el punto de paz que he creado para recibir la locura que es tener a Pietro en mi vida.