Capítulo 16
Pietro Collalto
Menos de una semana desde que he vuelto a Nueva York y Helena está en Brasil, y ya la echo de menos. Es un diablo rubio que me ha lanzado un hechizo.
—Pietro, Tizziano está subiendo para hablar contigo, probablemente sobre la muerte que LeBlanc te pidió.
—Imagino que sí. Por cierto, ¿está todo listo para que eliminen al sujeto hoy?
—Sí, identificamos dónde estaban, y acabé descubriendo que están traicionando al propio cártel, robando droga y vendiéndola por territorios que no les pertenecen.
Abro una sonrisa satisfecha, porque eso es mejor de lo que podría imaginar.
—Mejor todavía. De esa forma acabamos con ellos y habrá muchas posibilidades de culpables. Dudo que el cártel vaya detrás para descubrir quién los mató. Infórmame en cuanto esté concluido.
—Vale.
Tizziano entra sin llamar a la puerta. Nathan nos deja solos.
—Pietro, ¿qué coño estás pensando para hacer favores a no asociados?
—Pero qué cojones es esto, ni siquiera me preguntas nada, ya llegas acusándome.
Cruzo los brazos, manteniendo mi postura, mientras mi hermano está enfurecido en mi dirección.
—No me irrites, sabes muy bien quién manda en toda esta mierda.
—¿Vas a matarme, hermano? —Levanto una ceja a modo de pregunta.
Quiero saber si va a tener el valor de matarme por hacer un favor.
—Joder, obvio que no, aunque ganas no me faltan. No quiero acabar con tu vida todavía.
A veces la frialdad de mi hermano me sorprende.
—Creo que voy a alegrarme por ese “todavía”, pero volviendo a tu pregunta, no he hecho nada más allá de lo que siempre hacemos: he ayudado a una persona a cambio de un favor futuro.
Me encojo de hombros, porque sabe muy bien que lo hacemos desde siempre. Tenemos más personas debiéndonos favores de las que puedo contar.
—Pero con personas que realmente tienen algo interesante que darnos a cambio. ¿Qué va a darte LeBlanc? ¿Dinero? —El sarcasmo rezuma en cada una de sus palabras.
—De momento nada. Quién sabe, quizá algún día quiera darle a mi esposa una joya con alguna piedra rara. Sé que ellos tienen algunas colecciones que no venden por ningún dinero.
—Excelente asunto para que lo saques —me cago en la puta—, pero vamos a resolver lo de LeBlanc primero. De verdad necesitas pensar antes de ir por ahí haciendo favores, Pietro.
No sé por qué mi hermano todavía duda de mí.
—Pienso. De cualquier forma, en algún momento de la vida, él o Theodore tendrán algo que nosotros necesitemos, pero, en cualquier caso, no es un favor cualquiera. Voy a hacer algo por nosotros.
Le explico a Tizziano en detalle lo que estaban haciendo, y dentro de nuestro territorio.
—De acuerdo, de momento no quiero problemas con cárteles. Así que más les vale no venir detrás. Pero aprovecha y manda verificar si no hay más personas involucradas en ese esquema suyo. También necesitamos entender por qué el puto jefe responsable de esa zona no nos reportó esto.
—Ya se está analizando todo eso, y si hay alguien más, también será muerto. Creo que me conoces desde hace muchos años como para seguir dudando de mi capacidad de análisis. ¿De verdad creíste que podría crear una guerra por puro capricho de un niño rico?
Tizziano me analiza, pensativo.
—No, te conozco bien. Pero también sé que él corría riesgo de vida, y podrías ayudarlo porque es cercano a Rockefeller. Sin embargo, comprendo que tu discernimiento es bueno y que no vas a hacer ninguna estupidez. Ahora volvamos al asunto del matrimonio.
—No tenemos nada de lo que hablar ahora. Me prometiste un año, y eso es lo que vas a darme.
—Pietro, no soy idiota. Vi cómo mirabas a la brasileña en la fiesta de nuestra madre.
Y papá me llamó la atención, preguntando por qué no estabas prometido con la hija de Farina.
Tuve que contarle que pediste un año y que después de eso prometiste que te casarías.
No te atrevas a abusar de mi buena voluntad.
—¿Y si decido que quiero casarme con la brasileña y no con la mocosa hija de Farina?
Veo la ira cruzar los ojos de Tizziano.
—Sabes muy bien que no puedes casarte con alguien de fuera de la mafia, así que no inventes cualquier cosa para fastidiarme.
Hermano, hermano... cuando te des cuenta, estaré con Helena.
Solo no lo desafío ahora porque ella no está preparada.
—Jamás voy a fastidiarte —mi tono burlón no le pasa desapercibido.
—Pietro, me diste tu palabra. Recuerda muy bien tus obligaciones con la mafia.
Como si me olvidara de ellas ni un solo día.
Helena está con seguridad en Brasil ahora mismo, porque simplemente no puedo dejar sola a la mujer que quiero en mi vida.
—Sí, dentro de un año estaré casado, no tienes que preocuparte.
—Mirabela me está molestando para aprender a luchar, porque tu “amiga” simplemente es la mejor luchadora que ha visto, y ahora quiere aprender. ¿Qué ha hecho esa mujer de tan especial para que esta niña esté molestando así?
Acabo riéndome y mi hermano endurece aún más el semblante.
—Es porque Mira no exageró ni un poco en lo que dijo. Helena es una excelente luchadora, de verdad. Derribó a varios de nuestros soldados con facilidad.
Mi hermano me mira con un signo de interrogación en medio de la frente.
—¿De dónde has sacado a esa mujer, Pietro? ¿Estás seguro de que es solo una contable?
No, hermano, es mucho más jodida que eso, pero todavía no necesitamos tener esa conversación.
—¿De Brasil? —No consigo contener mi sarcasmo—. Y sí, estoy seguro de que es solo una contable, nada más. Antes de firmar contrato con ella, investigué toda su vida, así que tranquilo.
—Guárdate tus bromitas y presta mucha atención a con quién te involucras. Recuerda que puedes poner su vida en riesgo.
Respiro hondo y no contengo mi frustración. Sé que no es mentira, sobre todo porque ella no tiene ni idea de que está enredada en todo esto.
—Como he dicho antes, no me subestimes.
Asiente y da el asunto por finalizado, marchándose.
Cojo el puto vaso de whisky que está vacío delante de mí y lo lanzo contra la pared, viéndolo estallar en pedazos.
Helena está tan rota por lo que pasó en su pasado que solo quiero cuidar de ella, sabiendo que cada pedacito herido merece ser tratado.
Siento la opresión en el corazón al saber que estoy siendo un hijo de puta egoísta, que puedo acabar rompiéndola aún más, pero simplemente no consigo dejar que Helena se marche. La quiero en mi vida, y voy a tenerla.