Capítulo 11
Pietro Collalto
Después de nuestra cena, Helena pasó los días evitando encontrarse conmigo.
Percibí que se quedó incómoda al abrirse un poco, y todo lo que sentí fue ganas de cuidarla.
Es evidente que tuvo que madurar pronto y que tener la responsabilidad de cuidar de otra vida es algo muy serio, y ella lo afrontó aun siendo solo una niña.
Dejé que conociera los procesos de la bodega, observándola andar de un lado a otro, queriendo saber cómo ocurrían todas las etapas de la producción del vino. Y algo que no me sorprendió: trabaja de forma incansable.
Como aproveché mi venida aquí para resolver algunos problemas que Tizziano pidió, acabé quedándome más fuera que dentro de esta casa. Pero hago cuestión de hacer todas las comidas con ella, aprovechando cada momento, imponiendo mi presencia.
Cada día parece un poco menos arisca. Creo que está empezando a acostumbrarse a mí.
—¿De dónde has sacado a esa brasileña? —me pregunta Matteo, que es el capo responsable de la zona de la Toscana.
Miro a mi primo, que es apenas unos años más joven que yo, y veo el brillo de deseo pasando por ahí.
—¿De Brasil, tal vez? Y no te atrevas a hablar con ella si no quieres morir —amenazo.
Aparta los ojos de Helena solo para mirarme de una forma inquisitiva.
—No te atrevas a soltar ninguna gracia. —A Matteo le gusta hacerse el gracioso en los peores momentos.
—No iba a decir nada. —Se encoge de hombros—. Sabes que Tizziano nunca va a aprobar esto, ¿verdad?
—Él no tiene nada que aprobar, porque no está ocurriendo nada. No saques conclusiones de donde no las hay.
Se ríe y acaba llamando la atención de Helena. Ella parecía concentrada en algo en su iPad y ahora, al darse cuenta de que la estaban observando, se detiene y viene en nuestra dirección.
—Creo que voy a hablar con el tío Carlo para arreglarte un matrimonio. Me estás tocando demasiado los cojones, necesitas una mujer para tener alguien de quien preocuparte —decreto, viéndolo abrir mucho los ojos.
Matteo huye de los matrimonios como el diablo de la cruz. Siempre consigue encontrar una forma de escapar cuando su padre o Tizziano vienen con la idea.
—No voy a decir nada más. Y ya tengo demasiadas familias en mi dominio de las que preocuparme.
Eso no es mentira, ya que mi primo es un buen jefe. Nos enorgullece mantener las cosas muy bien organizadas bajo nuestro dominio.
—Buenas tardes, señores —dice Helena en cuanto llega lo bastante cerca.
—Buenas tardes, señorita, soy Matteo, es un placer —dice él en un inglés lleno de acento, y enseguida le toma la mano para darle un beso. El maldito de verdad quiere morir.
—Puedes llamarme Helena, simplemente...
Antes de que pueda decir nada más, aparto su mano del contacto de Matteo.
—Si vuelves a tocar a Helena, no te va a gustar lo que va a pasar —lo amenazo en italiano, sabiendo que Helena no domina por completo la lengua.
El maldito tiene una sonrisa descarada en el rostro.
—Pietro, ¿qué está pasando aquí? —Tiene una mirada asesina por mi actitud.
—Matteo tiene problemas para entender algunas órdenes —sueno áspero.
—Señor, la comida está servida —Maria, la gobernanta de la casa, llega antes de que mate a mi primo y empiece una guerra dentro de mi propia familia.
—Vamos. —Matteo sale detrás de Maria.
Nos sentamos en un silencio incómodo.
—¿Te está gustando Italia? ¿Ya has conocido todos los procesos de la bodega? —pregunta Matteo.
—Sobre Italia, me está gustando, aunque todavía no he tenido la oportunidad de conocerla realmente, no he salido de aquí.
Y sobre la bodega, estoy bastante encantada.
Es diferente a todo con lo que he trabajado.
Una pena que lloviera los días en que iba a bajar hasta las plantaciones de uva, pero espero conseguir conocerlas todavía.
—Me encargaré de que puedas conocer Italia. Tenemos establecimientos repartidos por todo el país, querré que pases por ellos para verlo todo, así aprovechas y conoces el país —comunico mientras como la pasta divina que Maria ha preparado.
Sus ojos se abren de par en par y casi se atraganta con la comida.
—¿Perdón? Pensé que me marcharía en como máximo una semana más.
—No, Helena, todavía tenemos mucho que hacer.
—Cielos, necesito entrenar para soportar esto —dice, parpadeando sin parar, una manía que he percibido que tiene cuando no está cómoda con algo.
—Tenemos un gimnasio que usamos para entrenar. Si quieres, serás bienvenida —Matteo se anticipa, haciendo que vuelva mi atención a él.
Solo puede estar tomándome el pelo, hablar sobre el gimnasio donde entrenamos junto con nuestros soldados.
—No sé si es un lugar ideal para Helena —intento sonar calmado, aunque la rabia burbujea en mi pecho.
—Acepto. ¿Puedo ir muy temprano? —Ella me ignora por completo.
—Claro, mañana mismo puedes pedirle a uno de los soldados que te lleve allí.
Mañana me encargaré de mandar a Matteo a la lona, solo así aprenderá.
—¿Soldados?
—Se refiere a los guardias de seguridad. Como somos nosotros quienes efectuamos su entrenamiento, los llamamos así, no te extrañes. Matteo, aprovecha y encuéntrame mañana allí. Estoy seguro de que haremos una gran lucha.
—No hace falta —intenta escapar.
—No es una petición —digo fríamente.
Me mira entendiendo que ha hablado demasiado y sabe que mañana va a luchar conmigo. Al menos así podré partirle la cara sin que Tizziano me toque los cojones.
Porque, si mi hermano descubre que maté a mi primo por una mujer que no es de la mafia, me mata justo después solo para demostrar que cumple las reglas.
Helena aquí no tiene ninguna importancia para la mafia. Es solo una mujer de fuera de nuestro mundo, haciendo un trabajo, y solo por eso se la respeta como a nuestras mujeres. Pero eso no quiere decir que yo pueda hacer lo que quiera solo porque Matteo me está irritando.
—De acuerdo, gracias, Matteo.
Comemos en silencio.
Matteo se retira poco después de la comida y le pido a Nathan que cancele mi agenda de la tarde.
—Helena, ven conmigo, voy a llevarte a un lugar —la llamo, haciendo que me lance una mirada interrogante.
—Necesito terminar algo. ¿Es necesario salir ahora?
—Sí, tenemos que aprovechar el buen tiempo.
Asiente a regañadientes y nosotros vamos en dirección al viñedo.
Cuando llegamos al inicio, su sorpresa es nítida al encarar los muchos kilómetros de plantación.
—Aquí tenemos años de historia. Plantamos uvas desde hace siglos. De aquí sale el mejor vino de Italia.
Mi Cerecita está totalmente encantada.
—Es precioso, Pietro. Y enorme también.
Mi mente me lleva a lugares inapropiados con ella hablando de esa forma.
—Sí.
—Imagino que en la época de cosecha debe de ser maravilloso.
—Lo es. Ven, vamos a conocerlo más de cerca. —Empezamos a caminar en medel viñedo—. Cuando era más joven, siempre me gustó caminar por entre todo esto —digo, al recordar cuando todavía no había sido iniciado en la mafia y mamá nos traía para jugar lejos de la confusión que a veces era nuestra casa.
Crecí en una época en la que papá enfrentaba muchos problemas para controlar a las mafias rivales. Fue un tiempo de mucha guerra. Y nuestro viñedo era el lugar donde mamá encontraba sus momentos de paz. Sé que a veces prefería venir aquí en vez de a Sicilia precisamente por eso.
—Imagino que debías de volver loca a tu madre —dice sonriendo.
—¿Por qué piensas eso? —Analizo su hermoso rostro, los pómulos prominentes, las pestañas largas, la nariz respingona que forman un conjunto perfecto.
—Tienes cara de haber sido un niño lleno de energía. Henrique, cuando era más pequeño, tenía esa misma marcha, me volvía loca —la sonrisa al hablar de su hermano es algo impagable. Se vuelve sencillamente más hermosa, no sé cómo es posible.
Se puede notar el amor que siente por su hermano solo por su voz y por esos ojos que brillan. Estamos frente a frente, y me pierdo en sus iris, que danzan entre el verde y el miel, y parecen cargar tanto peso, tanto dolor. Mi voluntad es quitárselo, no dejar que nada la hiera.
No me contengo y le acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja. Veo que mi toque la afecta. Se muestra fuerte, pero sé que la atracción que siente está aquí, a pocos metros de la superficie.
Tiro de su cuerpo hacia mí. Su olor a cereza se vuelve más acentuado así, tan cerca de mí. Mis ojos bajan a sus labios rosados entreabiertos, tomando una respiración. Ella no parece saber cómo reaccionar, y aprovecho ese momento para tomar sus labios.
Joder, cómo me contuve. Sabía que, en el momento en que la besara, sería imposible parar.
Nuestro beso tiene sabor a añoranza y deseo. Es feroz, nuestras lenguas se buscan ávidas la una a la otra. Hundo la mano entre sus mechones rubios, tirando de ella aún más cerca, como si fuera posible fundirme con ella.
Helena se deja llevar. Mi mano explora cada curva de su cuerpo como si pudiera mapearla. Suelto su pelo y la cojo en brazos. Ella enlaza sus piernas en mi cintura, separando nuestras bocas solo para buscar aire.
Sus ojos me miran y parecen ligeramente perdidos. No le doy tiempo a pensar y acabar desistiendo. Vuelvo a besar su boca, sintiendo su sabor.
Helena agarra mi pelo, sintiendo la misma desesperación que yo. Sé que podríamos follar en medio de este viñedo, de tan calientes y llenos de deseo que están nuestros cuerpos.
—Pietro —susurra, apoyando la frente en la mía.
Yo apenas puedo hablar antes de que empiece a llover, mierda.
La lluvia, que ha venido no sé de dónde, cae de forma torrencial.
Como si el diluvio la despertara, sale rápidamente de mis brazos.
—Tenemos que volver —siento el leve temblor en su voz.
—Vamos.
Caminamos deprisa para salir del viñedo, y veo que los ojos de Helena parpadean de forma incesante. Casi corre y suelta un grito asustado cuando un trueno rompe el cielo.
—Lo siento, me he asustado —justifica, con la voz todavía vacilante, totalmente distinta de la mujer que suele ser.
—Está bien, ven conmigo, ya estamos llegando. —La aprieto contra mi cuerpo y siento su temblor. Imagino que por el frío, ya que las temperaturas aquí todavía están subiendo.
En cuanto pisamos el porche, se suelta de mí y casi corre hacia su habitación.
Llegamos completamente empapados.
—¿Todo bien, Pietro? —pregunta Nathan en cuanto me ve parado en el salón, mirando por donde Helena ha pasado.
—No, necesito respuestas —digo, y voy en la misma dirección que ella, dejando a Nathan atrás sin entender nada.
Su reacción me deja intrigado. No quiero tener que pedir ayuda a Karen, pero si no descubro pronto qué ocurrió para que sea tan cerrada, tendré que hacer algo al respecto.
Per Dio, Helena, ¿qué escondes?