Capítulo 10
Helena Moraes
Observo las calles mientras vamos hacia el viñedo de Pietro, que queda en la región de la Toscana.
En cierto momento noto que todo lo que tengo a mi alrededor es verde, algunas casitas pequeñas y nada más de civilización.
Es definitivamente un lugar donde viviría. Lo único que se escucha es el silencio.
Aprendí a instalarme en el silencio, por más ruidosa que sea mi cabeza. Mis pensamientos siempre van a mil por hora, y aun así consigo desconectarme del mundo.
Vamos cada vez más lejos, y eso que Pietro mandó traerme en un avión privado y aterrizamos en una especie de pista privada.
Imagino que, si hubiera bajado en la ciudad, habría sido aún peor.
Incluso de noche, consigo ver por la ventanilla el caserón acercándose. Por lo que recibí de información y por lo que investigué sobre las actividades de Pietro en Italia, la bodega es casi un punto turístico aquí, y en determinadas épocas del año reciben visitantes.
Pero lo que definitivamente me impresiona es el caserón, que ya fue un castillo y forma parte de la propiedad. Por las historias que encontré en internet, lleva siglos en la familia Collalto.
Cuando el coche se detiene por fin delante de la propiedad, me quedo admirándola durante un tiempo.
Siempre me parecieron increíbles esas construcciones, y tenía muchas ganas de conocer una personalmente.
Imaginé que no me permitiría explorar esos deseos míos, pero percibo que me equivoqué. Al menos por trabajo me permitiré vivir un poco de la experiencia.
—¿Señora Moraes? —me llama el conductor con un acento marcado.
—Sí, disculpe, acabé distrayéndome con el precioso paisaje —respondo.
Él observa el mismo lugar que yo, y noto su admiración por el sitio.
—Es muy bonito, sí. De día lo es todavía más. Estoy seguro de que le gustará conocer la bodega también, hay muchos lugares por los que pasear, y el vino es el mejor de Italia, sin duda —sonríe, hablando con entusiasmo.
—No lo dudo, pero he venido por trabajo, no podré disfrutar tanto.
Su semblante hacia mí es de pena. Imagino que, para él, debe de ser casi una ofensa venir a Italia y no aprovechar.
Antes de que el hombre pueda responderme, veo a Nathan aparecer en el porche y caminar en nuestra dirección.
—¿Ha tenido buen viaje, señora Moraes?
—Solo Helena, por favor. Y sí, aunque estoy un poco cansada por las horas, pero ha sido muy cómodo. No hacía falta enviar el avión, podría haber venido en un vuelo comercial —refuerzo lo que ya había informado.
—El aeropuerto queda lejos —dice simplemente, y señala el camino para que lo siga hacia la propiedad.
Noto los varios guardias de seguridad alrededor del lugar y me pregunto si aquí es peligroso para que sea necesaria esa cantidad. Después le preguntaré a Nathan sobre eso, no quiero poner mi vida en riesgo.
—Pensé que iría al hotel. Pero el conductor solo dijo que usted pidió que me trajera aquí primero —comento en cuanto entramos en lo que imagino que es el salón principal.
Observo brevemente el ambiente majestuoso, el techo alto adornado con maderas expuestas que revelan la maestría de los artesanos de siglos pasados.
Estudié historia brevemente y me parecen increíbles esos detalles.
El suelo es de piedra antigua, pulida por el tiempo, con alfombras decoradas que amortiguan el eco de mis tacones sobre el piso.
Me quedo fascinada con los candelabros de hierro forjado que cuelgan del techo, sosteniendo velas gruesas que proyectan una luz cálida y temblorosa sobre el ambiente, creando una atmósfera acogedora y, al mismo tiempo, imponente.
Aunque hay luz eléctrica, han preservado ricamente el ambiente.
—Pietro pidió que vinieras directamente aquí —Nathan me saca de mis pensamientos.
—¿Por qué? —pregunto, volviéndome hacia él.
Antes de que pueda responderme, Pietro entra en el salón, haciendo cuestión de saludarme con un beso en la mejilla y un abrazo. Cielos, parece un brasileño actuando de esa manera. Me aparto, porque prefiero evitar los contactos físicos, sobre todo los suyos.
Sentir su olor y el calor de su cuerpo solo me evoca recuerdos que quiero olvidar.
—Helena, pedí que vinieras directamente a la propiedad porque te alojarás aquí.
¿Perdona? ¿Cómo que aquí?
—Disculpa, pero prefiero quedarme en un hotel.
Va a ser imposible estar tan cerca de él.
—Está totalmente descartado que te quedes en un hotel. El más cercano queda a muchos kilómetros de aquí, no es lo ideal, sobre todo estando tú sola. Tu habitación está preparada para recibirte, tus maletas ya han sido dejadas allí.
¿Este hombre existe de verdad?
Parpadeo, intentando asimilar qué puedo hacer, y en realidad no hay nada. Si quisiera matarme aquí y ahora, podría hacerlo y nadie lo sabría jamás, porque estamos lejos de todo.
Cielos, ¿qué pensamiento tan loco es ese?
—Está bien —acepto sin opciones. Al fin y al cabo, estoy trabajando para él, y Felipe lo conoce; no me dejaría venir si pensara que correría algún peligro.
—¿Quieres subir a descansar? ¿Comer algo? La gobernanta ya se ha retirado por la hora, pero si quieres comer algo, podemos arreglarlo.
Veo que parece preocupado, pero al mismo tiempo torpe al ser solícito.
—Prefiero descansar. Por más cómodo que sea el avión, sigue siendo un viaje cansado —digo simplemente.
—Vale, voy a acompañarte hasta tu habitación —dice y empieza a caminar.
Lo sigo en silencio por los pasillos, memorizando el camino que estamos haciendo.
La casa es enorme por dentro y, aunque sé que fue reformada, su aspecto antiguo se ha mantenido, trayendo un aire un poco sombrío.
Las paredes tienen cuadros antiguos, reconozco algunos renacentistas, cuadros de batallas históricas y paisajes, y cuando pienso en cuántos años tiene este castillo, imagino que vivió todos esos momentos históricos.
Subimos por una escalera de piedra que lleva a las plantas superiores. Los pasamanos de madera tallada recorren toda la subida, conduciendo a algunos pasillos al final de la escalera.
Pietro se detiene y por fin abre una puerta, ofreciéndome la entrada.
—Esta es tu habitación. La mía es la de enfrente. Si necesitas algo, no dudes en llamarme —habla conmigo demasiado cerca. Puedo sentir su aliento golpearme el rostro.
Mantengo todo mi autocontrol cuando mi subconsciente decide que es el mejor momento para recordarme a ese hombre desnudo y todo lo que experimentamos.
Queridas memorias, sois solo memorias, así que comportaos.
Me aparto un poco.
—Vale, gracias. Mañana hablamos de los negocios.
—Claro, haremos un tour...
—Pietro, estoy aquí para trabajar, no para hacer de turista.
—Creo que, si escucharas antes de hablar, sabrías que iba a completar con “para que veas cómo funciona toda la operación”. Helena, tienes que bajar las barreras, no todo es como piensas —habla firme, dejándome avergonzada.
—Está bien. Es solo que no suelo bajar la guardia. Gracias por la estancia. Mañana hablamos —finalizo, sintiéndome incómoda con la situación.
¡Qué carajo!
Me mira con una sonrisa de satisfacción que me irrita de inmediato, y tengo ganas de insultarlo.
Maldito italiano.
Controlo mi respiración, porque sigue siendo un cliente y tengo que mantener el respeto.
No va a conseguir desviarme de mi foco.
Paso los dos primeros días evitando mayores contactos con Pietro, porque lo que evoca en mí es algo sobre lo que no me gusta pensar.
Siempre hacemos las comidas juntos, él siempre saca algún tema y yo siempre hablo demasiado con él cerca. Mucho más de lo que suelo hacer con cualquiera. No es mi perfil abrirme, pero él consigue hacerme hablar de manera banal.
Acabé perdiendo la noción del tiempo conversando con el personal que trabaja en la producción de los vinos, y ahora camino hacia la casa pasando por la zona de la piscina, cuando escucho la voz de Pietro restallando como un trueno.
No entiendo lo que dice, pero es notable que está enfadado con alguien.
Miro su cuerpo musculado saliendo de la piscina, y eso me evoca recuerdos de la noche que tuvimos.
Discute algo en italiano con Nathan. No sé exactamente de qué se trata. Algo que he percibido con facilidad es que Pietro es un hombre enigmático; hay mucho más detrás de lo que deja entrever.
Cuando nota mi presencia y se da cuenta de que estoy admirando su cuerpo esculpido, una sonrisa se forma rápidamente en su rostro, haciéndome entrar en calor.
Me desvío de ellos y entro en la cocina. Como he perdido la hora de la cena, necesito ver si consigo algo para comer.
—Maria tuvo un problema y acabó marchándose antes. Voy a ver qué tenemos para comer —Pietro entra en la estancia hablando.
—Ah, está bien. Si acaso, como una fruta. ¿Aquí hay delivery? —pregunto, pero justo después me siento tonta, porque estamos muy lejos del centro comercial; será muy difícil que entreguen cualquier cosa.
—Es casi una ofensa para un italiano que hables de fast food —Pietro lleva la mano al pecho, haciendo teatro.
—Puedo cocinar algo. No soy tan buena en la cocina, pero al menos sé hacer un huevo frito. —Cocino desde siempre, pero nunca me he perfeccionado en nada demasiado elaborado, solo lo más básico.
—Siéntate y espera —ordena.
Lo miro, pero hago lo que pide, sentándome en la isla de la cocina. Empiezo a observar al hombre que tengo delante. El pelo aún mojado acaba dejando caer algunas gotas sobre su pecho moreno y bien definido. Acompaño todo el recorrido que hace aquella gota, teniendo pensamientos impropios.
Pietro se secó y solo se puso unas bermudas, dejando su hermoso torso al descubierto. Mis ojos no se despegan de él, que se mueve con destreza por la cocina, cogiendo ingredientes para preparar algo.
Me sirve uno de los vinos hechos aquí, diciendo que será el mejor de mi vida. Y tengo que reconocer que es muy bueno, la verdad.
Acabamos conversando sobre cosas de nuestras vidas. Él me cuenta un poco sobre su familia.
—Mi añoranza diaria es Mirabela. Es nuestra niña mimada, mucho más joven que Tizziano y yo. Mamá se asustó cuando descubrió el embarazo, fue de riesgo debido a la edad, y por eso tenemos muchos cuidados con ella.
—Sé cómo es. Henrique también es mi vida. No sé qué haría sin él.
—¿Solo sois vosotros dos? —pregunta, terminando la salsa.
—Sí, cuido de él desde que perdí a mi madre. Son tantos años que soy más madre que hermana mayor —me desahogo.
Pietro me sirve la pasta y la salsa, que tiene un olor divino, haciendo que casi babee de ganas de comer.
—Imagino que no tuviste una vida fácil teniendo que cuidar de él desde tan joven.
Percibo que sus ojos transmiten sentimientos que no sé distinguir. No es tan fácil de leer, pero sus ojos me miran como si vieran más allá de lo que digo.
—Son tantos años que ni siquiera sé qué era mi vida fuera de eso.
Lo único que recuerdo de esa época es a mi madre y lo bueno que era tenerla cerca.
El recuerdo de ella cocinando conmigo y Henrique en la cocina mientras nos contaba historias me deja nostálgica.
Casi puedo oírla diciendo “mi princesita, deja de leer y ven a comer”, en tantas veces que me perdía estudiando sentada en la cocina mientras ella cocinaba, y cada vez que pasaba junto a mí siempre me hacía una caricia.
Involuntariamente dejo escapar una lágrima. Pietro pasa el pulgar por mi rostro y percibo que he acabado abriéndome demasiado.
No sé si fue el vino o si es porque él me hace sentir cómoda, pero no siento que esté mal, y eso me preocupa.
—Estoy seguro de que, dondequiera que esté, debe de sentirse orgullosa de ti.
Asiento, incapaz de decir nada. Este es un asunto que todavía duele al pensarlo; la falta que me hace es un recordatorio diario de su muerte.
Me recompongo, recordando que prometí que él no me desviaría del foco, y ahora es exactamente lo que está haciendo. Saco un tema neutro.
—No imaginé que serías un buen chef —comento, volviendo a comer.
—Sería un pésimo italiano si no supiera hacer una buena pasta —su tono es de broma, y tiene una sonrisa burlona en el rostro.
—Entonces eres un italiano excelente, porque está delicioso.
—Mia bella, todo lo que hago es delicioso.
La expresión en su rostro ahora es de pura desvergüenza, y lo peor es que ni siquiera puedo discrepar...
Mi rostro arde con todo lo que evoca en mí.
¡Aaaah, italiano maldito!