Capítulo 09
Pietro Collalto
Después de volver a Nueva York, apenas he tenido tiempo de hablar con mi hermano. Todos los problemas estallándome en la cara, y yo limitándome a resolverlos.
Hablé rápidamente con Theo sobre el cambio de CEO, pero al menos ahora mi hermano se quedará más tranquilo por haber reforzado lo que ya sabemos: la empresa de Theodore es totalmente segura.
—Por fin has vuelto. Pensé que te mudarías a Brasil —dice Tizziano en cuanto entro en su despacho.
—Sé que me echabas mucho de menos, pero he pasado solo una semana sin verte. —Uso mis provocaciones de siempre, porque eso es lo que somos.
—Por desgracia o por suerte, eres la única persona en la que confío plenamente, así que sabes que con estos ataques no me siento cómodo sin contraatacar. Hemos conseguido extraer información suficiente para atacar a los albaneses. Los dos idiotas que cogimos han cantado.
Aunque a veces tengamos ganas de matarnos por nuestras divergencias de opinión, siempre seremos el apoyo el uno del otro.
—Perfecto. Como me habías pasado la información importante, he montado un ataque. Esta noche volaremos el almacén donde guardan esas porquerías que llaman droga.
Aproveché las horas de viaje para planear toda la acción junto a Nathan. Ahora toca hacer que esos malditos paguen por creer que pueden con nosotros.
—Después de eso le mandaré un mensaje a Artan para que entienda que es solo una advertencia.
No está lo bastante loco como para enfrentarse a mí.
—La sonrisa cruel en el rostro de mi hermano revela que nadie debería subestimarnos jamás.
No porque tengamos un acuerdo de “paz” vamos a permitir que cualquiera actúe contra nosotros.
—Seguro que el jefe de la mafia albanesa no nos quiere pisándole los talones. Estableciste una línea de “paz” muy tenue, y nadie quiere declarar definitivamente una guerra contra ti.
Mi hermano hizo un trabajo de años, colocándonos por encima de todas las mafias y estableciendo límites para que los siguieran.
Porque sencillamente estábamos en una situación en la que la guerra entre mafias sobrepasaba todos los límites, así que, con los contactos que tenemos en la Casa Blanca, nos solicitaron “organizar” el desastre, ganando con ello el apoyo del gobierno.
Así se creó la Cumbre, una organización con los jefes de las mafias rusa, japonesa, albanesa y el cártel mexicano, y debido a nuestro tamaño, poder e influencia con la Casa Blanca, dejó a Tizziano en una posición destacada dentro de esa organización.
Llevó algún tiempo, pero ahora hay una “paz” fingida en la que todos se atacan sutilmente y nadie tiene, efectivamente, el valor de confrontar a mi hermano.
—Negará su implicación y dirá que el almacén no era suyo, pero será una advertencia para que no juegue conmigo, porque la próxima será su casa la que salte por los aires. Imagino que has ido a la boda —dice, cambiando drásticamente de tema y señalando mi ropa.
—Sí, he hablado con Rockefeller y, como ya te había dicho otras veces, solo él y Karen se encargan de nuestras cosas, y toda la información está en servidores diferentes. El nuevo CEO tiene cero acceso a nosotros.
—Está bien, pero mantendremos los ojos abiertos. —Maldito desconfiado—. Tengo una novedad para ti. —La sonrisa sádica en su rostro me dice que no me va a gustar.
—He acordado tu matrimonio con Giorgia, la hija de Giuseppe Farina.
Lo miro por un momento, pensando si he entendido correctamente lo que acaba de decir.
—Creo que me he quedado sordo. No fue eso lo que dijiste que ibas a hacer cuando me fui a Brasil.
—Bueno, resulta que papá me dijo que tienen una hija en edad de casarse, y Farina le pidió ayuda con el matrimonio, y él dijo que encontraría una solución.
No puedo creerlo.
Tizziano me muestra la foto de la chica, y sinceramente no me siento atraído, no es que sea fea, al contrario, es una morena hermosa.
Pero mi cabeza grita: claro, no es un diablo rubio de un metro setenta, nunca vas a encontrarla atractiva.
—Hermano, creo que podemos pensar en otra cosa, conocí a...
—No quiero saberlo. Sabes muy bien que tenemos reglas rígidas sobre los matrimonios en la mafia, así que limítate a cumplir tu papel —determina, interrumpiéndome, hablando como jefe y no como mi hermano.
En ese momento sé que ya no puedo cuestionar, porque es una orden de la mafia.
—Entonces quiero pedir algo —contrapongo, con la cabeza pensando lo bastante rápido para salir de esto.
—Siempre que no sea cancelarlo.
Respiro hondo antes de perder la paciencia. Sé que necesito cumplir mi papel en la mafia; al fin y al cabo, para eso nos crían, para cumplir nuestro papel dentro de esta mierda.
Y una de las reglas principales que tenemos es que, cuando ocupamos una posición destacada, debemos casarnos con italianas de familias mafiosas.
—Quiero un año, y en ese período no quiero que sepan que me casaré con ella. Dentro de un año me caso sin quejarme, pero necesito ese tiempo.
—No puedo creer que necesites un año más para seguir metiéndote en coños por ahí. Pietro, per l’amor di Dio[7]. Vas a ver que, después de casarte, aprenderás a querer a tu esposa.
Le encanta hablar de eso porque tuvo suerte al casarse con Giulia. Su esposa es una mujer increíble y muy paciente por soportarlo, pero es una de las pocas personas con las que veo a mi hermano ser él de verdad y hacer cualquier cosa por agradarla.
—Mis motivos no vienen al caso. Solo te pido eso.
—Está bien, pero solo ese tiempo. Ni un mes más. Hablaré con Farina.
—Necesito salir. Más tarde te informaré de cómo ha ido la misión, y dentro de unos días voy a Italia. Haré algunos cambios en la empresa con una consultoría de Brasil, así que pasaré un tiempo allí.
Él asiente y yo simplemente salgo del despacho, con la rabia burbujeando.
Golpeo una pared por el camino y siento el dolor irradiar por mis músculos. ¡Qué infierno!
—Pietro, ¿todo bien? —me pregunta Giulia, probablemente oyó el golpe contra la pared.
—Sí, había un bicho en la pared, lo estaba matando.
—Imagino qué bicho era. Se llama matrimonio concertado, ¿no? Sé que no es lo que querías, pero sabes que Tizziano no haría nada que no fuera lo mejor —mi cuñada intenta apaciguar.
—Claro que lo sé. Él siempre piensa en lo mejor, pero eso no quiere decir que no pueda molestarme. Al fin y al cabo, fui criado para seguir órdenes, pero todavía sé lo que quiero, y ese querer no siempre va a estar alineado con el capo di tutti i capi —escupo las palabras.
—Ay, Pietro. —Ella suelta una respiración, negando con la cabeza, como si supiera algo que yo no sé.
—Necesito irme. Hasta luego, Giulia.
No dice nada más, solo comprende que este no es el momento para hablar.
Mi cuñada es una persona muy cercana, y por lo general es quien apacigua mis peleas con Tizziano. Llevan muchos años juntos y ella nos entiende mejor que nadie.
Estoy con los soldados en una región remota donde nuestros enemigos creen que pueden esconderse en una mierda de almacén ruinoso, lleno de marcas del tiempo, que pasa desapercibido para quien lo mira desde fuera.
Jamás imaginarían que allí dentro preparan varios kilos de droga para distribuirlos por la escoria de Nueva York.
Miro a mis hombres, parados a una distancia segura, y veo a todos preparados para entrar en acción. Tengo todo el terreno mapeado en mi cabeza y sé cada entrada y cada salida como la palma de mi mano.
La adrenalina corre por mis venas mientras preparo el lanzacohetes sobre mi hombro. Es hora de liberar mi frustración acumulada.
Miro por la mira, ajusto el objetivo a setenta metros de distancia y siento el peso de la munición explosiva, sabiendo que está lista para mandar sencillamente toda esta mierda por los aires, y los hombres que no vayan a encontrarse con el demonio por el ataque nos encontrarán aquí fuera.
El almacén, repleto de drogas y munición, es una bomba de relojería esperando a ser detonada. Respiro hondo, siento el aire frío invadir mis pulmones y aprieto el gatillo. La explosión es ensordecedora, una sinfonía de caos y destrucción.
El fuego surge de inmediato, una ola de calor que me excita. Las llamas danzan, alimentadas por el ambiente inflamable, y el ruido de los disparos resuena como música en mis oídos.
Suelto el lanzacohetes en el suelo, ahora inútil, saco las dos pistolas y me acerco con pasos firmes, mis ojos fijos en la destrucción que aumenta delante de mí.
Cada pedazo de escombro, cada grito de dolor, me da una satisfacción profunda.
El olor a muerte y destrucción invade mis sentidos, y una sonrisa sádica se forma en mi rostro.
Los inmundos empiezan a salir del almacén, corriendo desesperados. Apuntándoles, siento una ola de poder. Aprieto el gatillo y, uno a uno, veo sus cuerpos caer inertes al suelo. La precisión de mis disparos es impecable, cada bala encuentra su objetivo con una exactitud letal.
El caos a mi alrededor es absoluto, pero ahora me siento calmado, casi en paz.
Este es mi mundo, y aquí reparto las cartas.
Con cada paso, con cada disparo, reafirmo lo que todos ellos saben: que nadie se mete con la mafia italiana y vive para contarlo, y, sobre todo, que nadie se mete con un Collalto y sobrevive.
Nada me deja más satisfecho que ver caer a mis enemigos, derrotados e impotentes.
Cuando terminamos lo que hemos venido a hacer aquí, encuentro a Nathan.
—Todos muertos —dice antes incluso de que yo pregunte.
—Perfecto. Haz las fotos y envíaselas a Tizziano. Necesita mostrarle a Artan que no puede intentar robarnos y creer que va a quedar impune. Después manda limpiar nuestros rastros.
—Vale. A propósito, tu vuelo a Italia está acordado para dentro de dos días. El de la señora Moraes llega al día siguiente por la noche.
—No podrías haberme dado una noticia mejor, Nathan. Y sobre el matrimonio, vigila de cerca a los Farina. Si me entero de que alguien ha difundido algo al respecto, quiero que lo mates, ¿entendido?
—Sí.
No porque estuviera de acuerdo iba a hacer las cosas a la manera de mi hermano.
Que no se olvidara de que yo no era el estratega de la mafia por nada.