Capítulo 12
Helena Moraes
Entro corriendo en la habitación y me apoyo contra la puerta, resbalando hasta sentarme en el suelo. No consigo evitar las lágrimas que bajan por mi rostro. Los truenos resuenan fuera y hago todo lo posible para impedir que los recuerdos me tomen.
Escucho los golpes contra la puerta y me obligo a levantarme. Hablo sin abrirla.
—¿Sí? —mi voz sale como un susurro.
—Helena, ¿está todo bien? —pregunta Pietro al otro lado, y fuerza el picaporte. Trago en seco, porque no quiero que me vea así.
Me aclaro la garganta antes de responder, evitando que note mi llanto.
—Sí. Voy a darme una ducha para no enfermar. Gracias —voy diciendo y alejándome en dirección al baño.
Le mando un mensaje a mi psicóloga y le pido una sesión de urgencia. Rezo para que consiga atenderme. Tal vez por el huso horario tenga suerte y me haga un hueco. Aline sabe que no suelo pedir urgencias en las sesiones, así que, cuando lo hago, me prioriza porque siempre es algo fuera de lo normal.
Me doy una ducha caliente y, para mi alivio, la lluvia fuerte ha pasado, pero no me siento preparada para salir de mi habitación y mirar a Pietro.
Elijo quedarme aquí y trabajar, así puedo ahogar todos los pensamientos que rondan mi mente.
El proyecto para la bodega está bastante avanzado. Conseguiremos buenos resultados, van a ahorrar miles de euros en impuestos. Italia aplica impuestos altísimos a las empresas, y haciendo todo dentro de la legislación todavía es posible dejarlo todo más económico.
Las horas pasan sin que me dé cuenta, hasta que Pietro llama de nuevo a mi puerta.
Ahora sí abro, porque estoy mínimamente presentable.
—¿Estás mejor? Has pasado toda la tarde encerrada en la habitación.
—Estoy bien —no mucho, pero él no necesita saberlo—, estaba trabajando aquí mismo.
—Vamos abajo, necesitas comer —ordena, apartándose como si me diera espacio para pasar, aunque no me muevo.
—No tengo hambre —cambio de tema, porque lo último que quiero es compañía.
—Helena, estás en mi casa, y no voy a dejar que te pongas mala aquí, así que vamos a bajar y a comer —responde, sin darme espacio para discutir.
Respiro hondo.
—No recibí el memorando donde constaba que tú mandas sobre mí. —Cruzo los brazos, desafiándolo. Mi cuerpo siente la necesidad de obedecer, pero mi cabeza grita que no debe ser así.
Pietro me mira con los ojos hirviendo. Percibo cómo su postura se tensa. Seguro que, por su perfil, lo que quiere es cargarme al hombro y bajar hasta el comedor.
—¿No lo recibiste? Fue en aquel momento en que te estabas corriendo llamando mi nombre como si no hubiera mañana.
Siento que las mejillas se me calientan. Dios mío, ¿cómo consigue desmontarme de esta manera?
—Estás cruzando una línea que prometiste no cruzar —advierto, saliendo de la habitación. Sé que insistirá hasta que baje a comer, así que evito el enfrentamiento.
—La cruzamos hace mucho, mia bella —susurra, pasando junto a mí.
Cenamos en silencio. Al menos percibe que no quiero hablar.
Mirar a Pietro me evoca los recuerdos de lo ocurrido en el viñedo. Si no fuera por la lluvia, creo que habríamos follado en medio de la plantación.
Dios, ¿dónde está mi cabeza?
Nunca fui tan inconsecuente.
Subo después de comer un poco y vuelvo al trabajo. Necesito ayudar a Taína con algunos temas, y eso me mantiene la cabeza ocupada hasta la hora en que mi psicóloga consigue atenderme.
Miro mi reloj, y son las dos de la madrugada aquí, las diez de la noche en Brasil.
Empezamos a hablar. Le cuento lo que ha ocurrido esta tarde y mi reacción a todo lo que está pasando.
Hago seguimiento psicológico desde que me casé con Miguel. Fue una de las cosas que él siempre me incentivó a hacer para que me curara de mi pasado y, después, para aprender a soportar el dolor de perderlo de aquella manera.
No sigo exactamente todo lo que Aline me dice, porque, si dependiera de ella, debería abrirme más y no encerrarme en mi capullo, como dice que hago.
Pero para mí es difícil. Abrirme es sinónimo de pérdida, de dolor. Ese es el principal motivo por el que no me involucro con nadie.
El miedo a que se repita lo que ocurrió con Miguel y con mi madre me asola a diario.
Le cuento a Aline algunas cosas básicas de lo ocurrido y mi reacción a la lluvia de hoy.
—¿Cómo van los ejercicios ahí? —me pregunta.
—No estoy consiguiendo hacerlos, eso me está afectando un poco. Pero mañana voy a volver. He descubierto que tienen un lugar de entrenamiento cerca.
Eso es algo que realmente me descentra. El entrenamiento, para mí, es algo esencial.
—Genial, eso ayuda mucho, lo sabes. Ahora, ¿y Pietro? Es evidente que te saca de tu zona de confort y que sientes algo por él. ¿No crees que vale la pena explorar eso?
—¿Para qué? ¿Para sufrir después? Aline, vive en otro país, es un cliente, no necesito... Es más, no quiero involucrarme con alguien para que me haga daño.
En mi cabeza eso es totalmente nítido.
¿Por qué carajo iba a querer herirme?
—Piensa una cosa conmigo. Dijiste que no quieres involucrarte porque eso requiere abrir espacio, ¿cierto? —Asiento—. Entonces, ¿por qué no te permites vivir algo sin compromiso con él? Solo sentir el momento, sin preocuparte por irte ni por tener que traerlo a tu vida y perforar tu burbuja.
¿Por qué siempre me deja más loca de lo que ya estoy, haciéndome pensar en estas cosas?
—Tienes un buen punto. Pero no sé si soy capaz de involucrarme así, de forma tan casual. —En mi cabeza siempre pensé que eso era imposible.
—Solo tienes que pensarlo así: no voy a tener un compromiso, pero al mismo tiempo voy a permitirme involucrarme con una sola persona, y no con varias, de forma casual.
Él puede ser una prueba para ti. Sé que te gusta el análisis basado en datos, números, hechos, ¿cierto?
—Asiento—. Entonces úsalo como tu objeto de investigación.
Miro la pantalla del portátil pensando que Aline no es normal; sin embargo, al mismo tiempo considero lo que me dice. Si consigo hacer esto con Pietro, sin salir de mi burbuja perfectamente estructurada, quizá sí pueda conseguir socializar un poquito más sin sentir que me estoy perdiendo.
Nos despedimos después de conversar un poco más, y por fin me acuesto.
Pietro Collalto
Estoy subiendo hacia mi habitación y, al pasar junto a la puerta de Helena, la escucho hablar con alguien.
Miro la hora y son casi las tres de la madrugada.
Me preocupa que todavía no esté durmiendo, ya que quedó en bajar temprano mañana para entrenar.
Solo con recordarlo, me alegra pensar que voy a destrozarle la cara a Matteo.
Me ducho, y la imagen de ella no sale de mi cabeza.
La habría tomado en ese puto viñedo, sin importarme nada más.
Esa maldita brasileña no sale de mis pensamientos.
Lo que quiero es invadir su habitación y follarla hasta que se olvide de todo a su alrededor y lo único que haya en su pensamiento sea gritar mi nombre.
Me tumbo en la cama, pero el sueño no llega y, en medio del silencio de la casa, escucho gritos. Me levanto de inmediato, abro mi puerta, encontrándome de frente con la suya, y percibo que es Helena quien grita. Intento abrir la puerta, pero no se abre. La llamo por su nombre y no responde.
Recuerdo la copia de la llave que tengo, vuelvo a mi habitación, la cojo y doy gracias a Dios por estar solo a una puerta de distancia. No sé si hay alguien con ella, así que prefiero no derribarla de golpe.
Abro la puerta y la veo revolverse en la cama, gritando cosas inconexas, pidiendo que pare. Examino su habitación, percibiendo que no hay nadie, y que es solo alguna pesadilla que la asola. Mi primer pensamiento es salir, pero no consigo hacerlo.
Siento una opresión en el pecho de una manera que jamás imaginé sentir al verla sollozar.
¡Infierno, Helena!
Me acerco, listo para despertarla, pero en el momento en que la toco por la espalda, simplemente me agarra el brazo y me lanza por encima de ella sobre la cama, lista para atacarme.
¿Qué coño es esto?
—Helena, despierta, soy yo, Pietro.
Le sujeto los brazos, y ella parece seguir intentando zafarse de mí.
—¡Helena, soy yo! —Es entonces cuando parece despertar por fin.
Mira alrededor, desorientada y asustada, con el pelo revuelto, y por la luz débil que entra por la ventana abierta veo su rostro enrojecido junto con la respiración descompasada.
—Eh, estás bien. Estabas teniendo una pesadilla, ya ha pasado —suelto sus brazos, viendo lo confusos que están sus ojos—. Ven aquí.
Me siento en la cama y la atraigo hacia mis brazos.
Siento su cuerpo helado y temblando contra mí. Las lágrimas se derraman de forma silenciosa.
—¿Te he hecho daño? —pregunta en voz bajita.
—No. No te preocupes por eso.
Intenta apartarse de mí, pero no se lo permito. Veo lo fragilizada que está y cómo quiere alejarse para mantener la postura.
No voy a permitir que se ponga la armadura otra vez. No mientras sé que se siente perdida. Conozco muy bien la mirada que me dio al despertar: era una mezcla de miedo y alivio.
Miedo por creer que yo era su verdugo.
Y alivio al percibir que no lo era.
Helena, soy tu peor pesadilla, pero jamás te haría daño físicamente.
Mi deseo ahora es descubrir quién la dejó en este estado.
Siento que su respiración va regulándose despacio. Le acaricio la espalda para ayudarla a calmarse, y noto las ondulaciones de las cicatrices en su piel.
Algo me dice que quien la marcó de esa forma es el verdugo de sus sueños, y voy a descubrir quién fue. Y se arrepentirá de haber puesto un dedo sobre mi stella.