21
Las puertas dobles del despacho se abrieron de par en par con un estruendo que pareció despertar a los fantasmas del palacio Korlov. El general Volkov entró como una tormenta.
—¡Korlov! —tronó Volkov, cuya voz se cortó en seco al dar el tercer paso hacia el centro de la estancia.
El olor le golpeó primero: una mezcla nauseabunda de pólvora quemada, el aroma dulzón y rancio del vodka y el aliento ferroso de la sangre fresca. Volkov entrecerró los ojos, procesando la escena que se extendía sobre el escritorio de caoba.
El conde estaba desplomado hacia adelante, con el torso hundido sobre una montaña de papeles que le hacía de mortaja.
Su cabeza descansaba de lado, y lo que quedaba de su sien izquierda era un cráter oscuro que todavía supuraba un hilo espeso sobre los documentos y las letras de cambio impagadas.
Una botella de vodka volcada yacía en el suelo junto a la silla, con el líquido derramado sobre la alfombra persa.
Cerca de la mano inerte, un revólver brillaba bajo la luz mortecina de la lámpara de gas. El dedo índice del aristócrata aún conservaba el gesto del último esfuerzo.
El general se acercó al escritorio con calma y, usando la punta de su bota, apartó la botella de cristal que le estorbaba el paso.
—Estúpido borracho... —susurró Volkov. Sus palabras no contenían rastro de lástima, solo una furia gélida e hirviente.
Sintió una punzada de humillación que le recorrió la espina dorsal.
Con el conde muerto, el tutelaje de Vera Korlov se disolvía en un vacío legal.
El acceso a la fortuna que iba a financiar su futuro político se había esfumado con el disparo de un cobarde.
Su orgullo, su reputación y su inversión se desangraban allí mismo, sobre la madera de caoba.
El general apretó los puños. No había tristeza en él, ni un ápice de respeto por el hombre que yacía desplomado. Solo había el odio de quien se sabe burlado.
Se giró bruscamente, dando la espalda al cadáver con un desprecio absoluto.
Al cruzar el umbral del despacho, su sombra se proyectó larga y amenazante sobre el pasillo.
No buscó a nadie, no dio explicaciones. Simplemente dejó que su furia estallara, una orden que retumbó en las paredes vacías del palacio como un trueno.
—¡Se acabó! ¡No quiero a ningún Korlov vivo!
La decisión estaba tomada. Si Vera no podía ser su trofeo, sería su víctima.
Caminó hacia la salida, dejando atrás el cuerpo del conde y enviando, en su mente, la sentencia de muerte hacia las costas de Argel.
El nombre de los Korlov debía desaparecer de la faz de la tierra, y él mismo se encargaría de que el telegrama que saldría en unos minutos no dejara lugar a la piedad.
En una habitación de techos bajos de la calle de la Marina, el aire estaba impregnado con el olor del tinte vegetal que los agentes rusos utilizaban para oscurecer sus rostros. El más alto terminaba de ajustar el fajín de su chilaba cuando un golpe en la puerta lo detuvo.
Al abrir, un empleado de la oficina de telégrafos les entregó un sobre azul de "Urgente”. El agente dejó una moneda en la mano del hombre y cerró la puerta.
Rasgaron el sobre. El mensaje, breve y cortante como un tajo, decía:
«CAMBIO DE PLANES. BORREN OBJETIVO DE INMEDIATO.»
Los dos hombres se miraron en silencio. No hubo sorpresas ni preguntas. En el mensaje de Volkov, "borrar" no dejaba margen al error: el objetivo ya no era una pieza que recuperar, sino un rastro que debía ser eliminado de la faz de la tierra.
— Ya no eran agentes en busca de una fugitiva para escoltarla a casa; eran la sombra de la muerte que aguardaba a Malik en las calles de Argel.
Salieron de la habitación sin decir una palabra más, fundiéndose con el bullicio del atardecer.
Se movieron por las callejuelas. Evitaron las avenidas principales patrulladas por la gendarmería francesa y se internaron en las venas estrechas de la Casbah, donde la luz del sol moribundo apenas lograba tocar las partes altas de las fachadas blancas.
Al llegar a las inmediaciones del café de Brahim, se separaron con un simple intercambio de miradas.
El más alto se apostó en un recodo oscuro, un ángulo muerto entre una fuente de azulejos desconchados y un puesto de especias que ya echaba el cierre.
Desde allí, tenía una visión clara de la entrada del café.
El de hombros anchos, por su parte, se situó en el extremo opuesto del callejón, apoyado contra un muro desconchado, simulando esperar a alguien mientras jugueteaba con un rosario de madera.
Su mano, sin embargo, nunca se alejaba demasiado del bulto de la daga oculta bajo la tela.
Matarla no sería difícil; lo complicado era hacerlo sin dejar una huella rusa en el corazón de una colonia francesa.
—Nada de armas de fuego —había advertido el más alto antes de salir—. Un tajo limpio en el tumulto, o un encuentro rápido en la penumbra. Debe parecer un robo que salió mal.
Observaron cómo el café de Brahim empezaba a llenarse de hombres que buscaban el refugio del té y el humo de las pipas tras la jornada.
Los agentes se fundieron con las sombras de la piedra, con la paciencia de quienes han sido entrenados para esperar el momento exacto en que la presa bajara la guardia.
Vera llegaría pronto, ignorando que el tablero había cambiado por completo. Para el Imperio Ruso, ella ya era una muerta que todavía caminaba. Solo faltaba que el último rayo de luz desapareciera tras el horizonte para que los ejecutores de la Ojrana cerraran el balance definitivamente.