22
El reloj de pared de la Oficina Árabe marcaba las cinco menos cinco. El silencio en la estancia era tan denso que el rasgueo de la pluma de Malik sobre el papel sonaba como una lija. Hassan ya estaba recogiendo sus pliegos, mientras Bashir permanecía inmóvil, convertido en una estatua de sospecha.
De repente, el eco de cascos galopando sobre el empedrado del patio rompió la calma. No era un trote ceremonial; era el sonido del fracaso.
Malik sintió que el corazón se le detenía.
Apenas un instante después, el teniente Girard irrumpió en la oficina.
No traía el rostro cubierto de gloria, sino de polvo y una furia roja que le encendía las mejillas.
Detrás de él, el cabo Jean-Luc caminaba con el rostro tenso, manteniendo una compostura marcial que apenas ocultaba su desconcierto.
Girard golpeó la puerta del despacho del capitán Lefebvre con el puño y entró antes incluso de recibir respuesta.
—¡Es un insulto, capitán! ¡Una pérdida de tiempo intolerable!
Las voces subieron de tono de inmediato, filtrándose a través de la madera. Malik, con la cabeza gacha, escuchaba fragmentos de la ira del teniente: «...ni rastro del oro...», «...un cebo para estúpidos...», «... ¡alguien nos ha alimentado con basura!».
En la oficina, el efecto fue inmediato. Hassan se quedó paralizado con una carpeta a medio cerrar.
Bashir, por primera vez, perdió su máscara de imperturbabilidad.
Sus manos empezaron a temblar ligeramente sobre la mesa.
El escribiente callado sabía que la información del "oro al oeste" era suya —o de su fuente— y que ahora el mando buscaba un cuello que apretar.
La puerta del despacho se abrió de golpe. El capitán Lefebvre apareció en el umbral con los ojos inyectados en sangre.
—¡Beaumont! —ladró el capitán mirando a Jean-Luc.
—¡Presente, mi capitán! —Jean-Luc dio un paso al frente, cuadrándose. Malik notó que el cabo evitaba mirar hacia su pupitre, manteniendo una disciplina férrea a pesar de la nota que llevaba escondida junto al corazón.
—Entre aquí —ordenó Lefebvre. Luego, sus ojos recorrieron la oficina como los de un lobo hambriento hasta detenerse en el escribiente árabe—. ¡Bashir! Usted también. ¡Ahora mismo!
Bashir se puso en pie con una lentitud agónica. Sus ojos buscaron los de Malik durante un segundo fugaz —una mezcla de terror y una acusación silenciosa— antes de caminar hacia el despacho como quien se dirige al patíbulo.
La puerta se cerró tras ellos con un fuerte golpe. Malik se quedó a solas con Hassan y Yusef en la oficina, que ahora empezaba a oscurecerse bajo las primeras sombras del atardecer.
—Parece que alguien ha estado contando cuentos de hadas al Capitán —susurró Hassan con una sonrisa maliciosa, intentando distanciarse del desastre mientras guardaba sus pertenencias.
Malik no respondió. Tenía la mirada fija en su tintero, sintiendo cómo el pulso le golpeaba en las sienes.
A su lado, Yusef ni siquiera levantó la vista de su legajo.
Con una parsimonia estudiada, el anciano siguió mojando su pluma y trazando caracteres con una caligrafía impecable, como si los gritos de Girard y la furia de Lefebvre pertenecieran a otro mundo.
Malik sabía que para él ya era tarde para la invisibilidad.
El tiempo se había agotado. Tenía que salir de allí antes de que la puerta de Lefebvre se abriera de nuevo.
Cerró el tintero con una mano que luchaba por no temblar.
No podía permitirse un movimiento brusco, una carrera delatadora o una mirada hacia atrás.
Se puso en pie con la pesadez de quien ha terminado una jornada agotadora, recogió su zurrón de cuero y se lo colgó al hombro mientras los gritos seguían filtrándose, amortiguados, por la madera del despacho.
—Hasta mañana, Yusef —susurró Malik.
El viejo escribiente lo miró sin responder, pero el rasgueo de su pluma se detuvo un instante; un silencio que valía por una bendición y una despedida.
Malik caminó hacia el fondo de la oficina, evitando pasar por delante del ventanal que daba al patio principal.
Se internó en el pasillo de los archivos, un túnel de estanterías que olían a papel viejo y humedad, y alcanzó la pequeña puerta de servicio que los ordenanzas utilizaban para retirar el carbón.
Al abrirla, el aire del atardecer le golpeó el rostro con violencia.
Una vez en el callejón trasero, la normalidad se rompió.
Malik echó a correr. Sus pies, calzados con las babuchas de escribiente, apenas hacían ruido sobre el barro seco.
Se hundió de inmediato en el laberinto de la Casbah, subiendo por las escaleras infinitas que trepaban hacia la parte alta de la ciudad.
El corazón le martilleaba las costillas como un animal enjaulado.
Dobló esquinas ciegas, esquivó a aguadores y mendigos, y no se detuvo hasta que las paredes blancas de las casas empezaron a cerrarse sobre él, creando pasadizos donde la luz del sol ya no llegaba.
Finalmente, alcanzó el pesado portal de madera tachonada que servía de entrada discreta a la sede de la Cofradía.
Golpeó la madera con el ritmo acordado: tres golpes secos, una pausa y dos más.
Un ojo cansado apareció tras la mirilla de hierro y, tras el chirrido de un cerrojo, Malik se deslizó dentro, cayendo de rodillas en el patio interior, jadeando.
—¡Lalla! —logró articular mientras una sombra se desprendía de los arcos de la galería.
Lalla Zohra apareció. No necesitó ver el pánico en los ojos de Malik para saber que la tormenta ya estaba sobre ellos.
—El nido ha ardido, ¿verdad?
—La patrulla ha vuelto —respondió Malik, recuperando el aliento a duras penas—.
Han descubierto el engaño del oeste. Bashir, el contacto del Caíd Slimane en la oficina, está en el despacho del capitán en este momento.
Creo que sospecha de mí y, si no ha hablado ya, lo hará en cuanto noten mi ausencia.
Tienes que sacarme de aquí, Lalla. La Ojrana me busca fuera y el ejército francés me buscará dentro.
Lalla Zohra se acercó y le puso una mano firme sobre el hombro. Sus ojos, profundos, brillaban con gratitud.
—En esta ciudad, el que sabe esconderse es rey, pero el que sabe cuándo dejar de esconderse es un dios —sentenció Lalla—. Has cumplido tu parte, Malik. Gracias a tu mensaje, la serpiente ya no tiene nido donde ocultarse.
Lalla hizo un gesto hacia el fondo del patio, donde dos hombres armados custodiaban una puerta de hierro reforzado que conducía a las celdas ocultas.
—El Caíd Slimane creía que su linaje lo protegía, pero la Cofradía no olvida la sangre de los suyos.
El cebo ha confirmado lo que sospechábamos: él era quien alimentaba al capitán francés con nuestras rutas, y él fue quien entregó a Ahmed.
Lo hemos atrapado y ahora debe esperar el juicio de los ancianos.
Has hecho más por nuestra causa en unas semanas que muchos en toda una vida.
Vera sintió un alivio amargo. El sacrificio de Ahmed encontraba al fin un cierre y su propia estancia en la Oficina Árabe cobraba un sentido heroico.
—Ahora la Cofradía cumplirá su promesa contigo —continuó Lalla, y su voz se volvió más suave, casi maternal—.
Me hablaste de un lugar donde el horizonte no tiene fin, lejos de los palacios de mármol y las intrigas de los zares.
Te sacaremos de Argel al alba. Una caravana te llevará hacia el sur, hacia los oasis de la Cabilia profunda y más allá, donde el Sáhara se traga todos los nombres.
Allí serás libre, Vera. Definitivamente.
Vera cerró los ojos un instante, imaginando el silencio del desierto, el viento cálido y la ausencia total de cadenas. Era el sueño que la había traído desde San Petersburgo. Sin embargo, Lalla no había terminado.
—Pero antes de que partas hacia tu libertad.
.. debes saber que el peligro no solo viste uniforme francés.
Brahim ha enviado un aviso desde su café.
Hay dos hombres apostados cerca de la entrada, vigilando cada sombra que se acerca.
Visten nuestras ropas, pero no hablan ni beben té; solo esperan tu llegada con la paciencia de los lobos. No huelen a Argel; huelen al norte.
Vera sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Si los agentes de la Ojrana estaban en el café de Brahim, significaba que la red se había cerrado.
—Me están esperando allí —susurró Vera, apretando el zurrón contra su pecho—. Creen que iré al café al anochecer.
—Y lo harán —dijo Lalla Zohra con firmeza—. Te esperarán hasta que la última luz se apague. Por eso no debes acercarte a ese lugar. El desierto te espera, Vera. Quédate aquí hasta que la caravana esté lista al alba.
Vera miró hacia la puerta que daba a la calle.
Fuera, la oscuridad ya se había adueñado de Argel.
Podía elegir la paz del desierto y la seguridad de la Cofradía, o arriesgarlo todo por esos últimos minutos de verdad frente a Jean-Luc en la Puerta del Mar, sabiendo que cada paso hacia el mirador la alejaba de la vida y la acercaba al acero de los rusos.
—No puedo simplemente desaparecer, Lalla —dijo Vera con una determinación que sorprendió a la mujer—. Hay una última verdad que debo entregar antes de que el nombre de Vera Korlov se borre para siempre.
Lalla Zohra la miró con una mezcla de lástima y respeto. Sabía que, para algunas personas, la libertad no servía de nada si el precio era la deshonra del corazón.