19
La Casbah no era un lugar para hombres con botas lustradas.
El aire espeso, cargado de especias, fritanga y el olor a puerto, parecía rechazar la presencia de los dos agentes de la Ojrana.
Ambos se movían por los callejones como dos manchas de tinta negra sobre una pared de cal.
Sus rostros reflejaban su frustración tras días de búsqueda infructuosa en un laberinto que parecía proteger a sus propios demonios.
Entraron en un pequeño café moruno cerca de la mezquita, una estancia que apenas era más que una cueva de sombras donde el humo denso de las pipas de kif flotaba en el aire, creando capas de neblina azulada.
Al cruzar el umbral, las conversaciones se detuvieron en seco y el tintineo de los vasos de té cesó.
El agente alto se dirigió directamente a la barra, y extrajo de su bolsillo un sobre de cuero del que sacó el retrato de Vera.
—Buscamos a un extranjero —dijo el alto en un francés impecable pero cortante, dejando que la imagen descansara sobre el mostrador—. Alguien instruido. Un joven que no pertenece a este laberinto.
El dueño del café, tras echar un vistazo rápido y gélido a la fotografía, negó con la cabeza sin apenas mirar, manteniendo un silencio defensivo. Pero en un rincón oscuro, tras el velo de humo, un montón de trapos sucios se movió.
En una esquina, observando, se encontraba Kassim.
El mendigo, que aún sentía el fantasma del acero en su garganta desde aquella primera noche, se puso en pie con dificultad.
Sus ojos amarillentos brillaron con una mezcla de codicia y rencor; la humillación de haber sido sometido por aquel forastero le ardía más que las tripas vacías.
Kassim se acercó arrastrando los pies, anunciando su presencia con un hedor rancio. El agente alto no se inmutó, pero el de los hombros anchos dio un paso al frente, interponiendo su imponente físico entre el mendigo y su superior. La mole silenciosa era una advertencia de carne y hueso.
—He visto a ese «muchacho» —graznó Kassim, ignorando el gesto amenazante del agente—.
Un extranjero que viste con chilaba basta, pero camina como un príncipe.
Y sus manos... no son de las que cargan sacos en el puerto.
Son finas, manos de alguien que sabe usar la pluma. Un escriba disfrazado de rata.
El agente alto entornó los ojos, reconociendo el valor de la pista.
Sacó una moneda de plata de su bolsillo y la hizo brillar bajo la luz mortecina.
Kassim la atrapó en el aire con un reflejo animal, pero no cerró la boca.
Se tocó la garganta, señalando el lugar exacto donde Malik le había hundido el cuchillo en la oscuridad del altillo.
—Es peligroso. Casi me corta el cuello por nada —mintió Kassim, saboreando su pequeña venganza y esperando que el precio subiera—. Se oculta bajo el nombre de Malik.
—¿Dónde duerme? —preguntó el alto con un tono peligroso.
El agente de los hombros anchos se inclinó ligeramente hacia delante, invadiendo el espacio del mendigo.
Su sombra cubrió por completo a Kassim, ejerciendo una presión física, agobiante, que le recordó que esos hombres eran mucho más letales que el muchacho del cuchillo.
Kassim, intimidado por la mole, pero movido por el hambre de oro, soltó la información definitiva.
—Se queda en el café de Brahim. Allí pasa las noches.
El agente alto lanzó una moneda de oro al suelo mugriento, un gesto de desprecio final. Mientras el mendigo se abalanzaba sobre ella, los dos hombres salieron a la noche de Argel, dejando atrás el humo y el olor a traición.
—A partir de mañana, vigilaremos ese café, pero lo haremos desde las sombras.
Si nota una sola presencia extraña o una mirada fuera de lugar, se filtrará por las grietas de esta ciudad y la perderemos para siempre.
Es una loba herida, y las lobas huelen el rastro de los cazadores mucho antes de verlos.
El de los hombros anchos asintió. El plan de captura debía ser quirúrgico. Pero para ser sombras en la Casbah, debían dejar de parecer extranjeros.
Se desviaron hacia el zoco de los ropavejeros, un mercado de telas amontonadas y olores penetrantes que sobrevivía a duras penas en el límite del barrio europeo.
Allí, bajo el regateo seco y el intercambio de unas pocas monedas, los agentes llevaron a cabo su propia metamorfosis.
El agente alto seleccionó una chilaba de lana cruda, desgastada por el uso y el sol, que camuflaba su porte aristocrático bajo pliegues de tela vieja.
Se deshizo de su sombrero, ocultando sus rasgos eslavos bajo un turbante de algodón oscuro que caía con estudiada negligencia sobre sus hombros.
A su lado, el hombre de los hombros anchos se despojó de su chaqueta pesada para enfundarse en una túnica de lino grueso, de esas que suelen vestir los estibadores o los guardias de las caravanas que bajan de las montañas de la Cabilia.
Con el torso envuelto en la tela basta, su portentoso físico ya no gritaba "agente extranjero", sino que sugería la fuerza bruta de un trabajador local.
Ocultó su revólver en una faja de cuero bajo la ropa, asegurándose de que el arma fuera accesible pero invisible.
—Camina como si no buscaras nada —ordenó el alto, mientras se ajustaba las babuchas de cuero curtido—. En este laberinto, quien mira de frente es un enemigo. Debemos ser parte del paisaje. Ser el hombre que descansa en el portal, el que espera el té, el que simplemente está ahí.
Era un juego de espejos macabro. Mientras Vera se esforzaba cada mañana por perfeccionar su disfraz de Malik para sobrevivir, sus verdugos adoptaban ahora su misma piel para destruirla.
El peligro ya no vendría de hombres con botas lustradas, sino de sombras que se confundirían con los mendigos y los mercaderes entre los que ella se movía confiada.
—Esperaremos a que regrese al refugio —continuó el alto, clavando su vista en la parte alta de la Casbah—.
La atraparemos cuando se crea a salvo, en la penumbra de la noche, cuando el cansancio la venza y no tenga callejones ni tejados por donde escapar.
Mañana por la noche, ese café dejará de ser su escondite para convertirse en su ratonera.
Sin decir una palabra más, ambos se perdieron en la oscuridad del laberinto de piedra, moviéndose con la paciencia de quienes saben que el éxito de una cacería reside en el momento exacto de cerrar la trampa.