18
Malik caminaba por las calles estrechas de la Casbah, sintiendo que el peso de la Alquimia de la felicidad bajo su túnica era más pesado que nunca.
Había pasado una semana entera en la Oficina Árabe, días de tensión constante donde cada mirada de Hassan y cada paso del Capitán Lefebvre por el pasillo le habían puesto los pelos de punta.
Sus dedos estaban manchados de tinta y tenía la espalda dolorida de pasar horas encorvado sobre los registros de la Cabilia, pero por fin tenía algo que ofrecer.
Al llegar a la sede de la Cofradía, el ruido de la ciudad pareció apagarse. Tras cruzar el pesado portón de madera, el aire cambió. Allí dentro el ambiente era fresco y olía a sándalo y a menta recién cortada.
Lalla Zohra lo esperaba en su estancia privada, sentada sobre cojines bordados. La luz de un par de lámparas de aceite bañaba la habitación con un tono dorado y suave. La anciana levantó la vista y, sin decir nada, señaló el espacio frente a ella.
—Te ves agotado, Malik. La sombra de los franceses es larga y se pega a la piel como el hollín.
Malik se sentó, tratando de relajar los hombros por primera vez en muchos días.
—No es solo el cansancio, Lalla. Es lo que he visto en esos papeles. Los franceses no solo quieren vuestras tierras; quieren borrar vuestro nombre de los mapas.
Con cuidado, Malik sacó el libro de entre sus ropas y lo puso sobre la pequeña mesa de madera que las separaba. El ejemplar de la Alquimia de la felicidad parecía un simple libro de oraciones usado, pero para Malik era una bomba de relojería.
—He anotado todo lo que he podido —susurró Malik—. Lo que parece que son simples censos, son en realidad sentencias de muerte para muchas familias de la montaña.
Lalla Zohra observó el libro durante un instante antes de hacer una pequeña señal. Uno de sus ayudantes silenciosos se acercó y colocó sobre la mesa un brasero de cobre con brasas de carbón que emitían un calor constante y seco.
—El conocimiento que no se ve es el más peligroso —comentó la anciana, haciendo un gesto para que Malik procediera.
Malik tomó el ejemplar de la Alquimia de la felicidad con las manos todavía algo temblorosas.
Abrió el libro por las primeras páginas, donde los textos de Al-Ghazali hablaban sobre la purificación del alma.
Entre esas líneas impresas, en los márgenes blancos, no había nada más que vacío a simple vista.
Con movimientos lentos, Malik sostuvo la primera página a unos pocos centímetros sobre el calor del brasero.
El silencio en la habitación era total; solo se escuchaba el leve chisporroteo del carbón.
Poco a poco, el aire caliente empezó a hacer su magia.
El zumo de limón, invisible hasta entonces, comenzó a oxidarse con la temperatura.
Primero aparecieron unas manchas tenues, de un color pajizo, que rápidamente se oscurecieron hasta convertirse en una caligrafía marrón y nítida. Eran números, nombres de clanes y coordenadas geográficas que Malik había copiado de los archivos secretos de la oficina.
Lalla Zohra se inclinó hacia delante, y sus ojos se iluminaron al ver cómo el papel en blanco "sangraba" información.
Página tras página, Malik fue pasando el libro sobre las brasas.
El texto sagrado seguía allí, pero ahora estaba rodeado por una red de datos técnicos y militares que detallaban los planes de Francia.
—Aquí está —susurró Malik, señalando una columna de nombres que acababa de aparecer—. No son solo listas de impuestos. Son los objetivos de la próxima primavera.
Lalla Zohra siguió con el dedo las líneas marrones que habían brotado del papel. Su rostro, surcado por las arrugas, se endureció al comprender la magnitud de lo que Malik había traído.
—Explícame qué significan estas cifras —ordenó Lalla, sin apartar la vista del libro.
Malik tomó aire, sintiendo de nuevo la presión que había soportado en la oficina al copiar esos datos a escondidas.
—He cotejado los registros de 1898 con los nuevos mapas del Capitán Lefebvre —explicó Malik, señalando un esquema de tierras—.
Esos valles de la Cabilia no son solo terreno baldío para ellos.
Los han marcado para «expropiación inmediata».
Quieren quitarles las tierras a los campesinos para entregárselas a los colonos que llegan de Europa.
Si no les avisamos, cuando el ejército llegue para echarlos de sus casas, no tendrán a dónde ir.
—Y hay algo más —continuó Malik, bajando la voz—.
He encontrado una lista de «objetivos de captación» en los gastos reservados.
Son nombres de notables que la oficina tiene bajo vigilancia porque creen que son vulnerables al soborno o al chantaje.
Estoy convencido de que uno de ellos ya ha dado el paso, porque en el libro de contabilidad de Lefebvre aparecen varios pagos ejecutados.
Es una cifra sin rostro, pero el dinero ha salido de la caja de la oficina y alguien de vuestra confianza lo ha recibido.
Malik señaló tres nombres específicos en la lista como principales sospechosos, dejando que el dedo se detuviera sobre cada uno como si marcara una sentencia:
—Bachir el-Wadi, el comerciante que suministra el grano a vuestras reservas en la montaña —dijo Malik—. En los registros de Lefebvre aparece como un hombre asfixiado por las deudas de juego en el puerto.
Lalla Zohra apretó los labios, pero Malik continuó, señalando el segundo nombre:
—El Caíd Slimane, el jefe local que juró proteger nuestras fronteras en la Cabilia. No busca dinero, sino tierras. Su ambición es más peligrosa que la deuda de Bachir.
Pero fue el tercer nombre el que hizo que la anciana se tensara visiblemente.
—Y el más cercano a ti: Tayeb al-Fassi —susurró Malik con pesar—. El erudito que redacta vuestras cartas y conoce los secretos de la Zawiya. Los archivos mencionan un «secreto de familia» en Argel que los franceses amenazan con revelar.
El silencio que siguió fue tan pesado que parecía que el aire de la habitación se había vuelto irrespirable. Lalla Zohra cerró los ojos un momento, asimilando que la serpiente podría estar dentro de su propio hogar.
—Bachir por codicia, Slimane por poder y Tayeb... por miedo —susurró la anciana con una tristeza gélida—. Estos hombres saben dónde guardamos el grano, qué tierras queremos proteger y por dónde caminan nuestros hijos. Esto es lo que mató a Ahmed. No fue mala suerte, fue una venta.
Lalla Zohra mantuvo la vista fija en los nombres que Malik había señalado. No había rabia en su rostro, sino una determinación fría, mucho más peligrosa.
Lalla Zohra cerró el libro con suavidad y miró fijamente a Malik.
—Saber quién puede ser el traidor es solo el principio —dijo la anciana—. Pero en esa lista hay tres nombres. Si castigamos al que no es, crearemos una injusticia y el verdadero traidor seguirá escondido. Por eso vamos a usar una «trampa de información».
Malik frunció el ceño, tratando de entender. Lalla continuó con voz pausada:
—A cada uno de esos tres sospechosos les daremos una noticia diferente, pero las tres serán igual de tentadoras —dijo Lalla Zohra con voz firme—.
Al primero le diremos que mañana un mensajero sale hacia el este con el mapa de los depósitos ocultos de pólvora; sin munición, nuestras tribus están indefensas.
Al segundo le diremos que va hacia el oeste con el oro de la Cofradía, necesario para financiar la revuelta.
Y al tercero le diremos que el enviado porta la orden de ataque contra el puesto militar de Fort National.
—Son mentiras diseñadas para ser rastreadas. Lalla Zohra se inclinó hacia Malik, enfatizando cada palabra:
—Tu misión mañana en la oficina es fundamental.
Debes estar atento a las órdenes que salgan de la mesa de Lefebvre.
Si el capitán ordena una patrulla hacia el este, sabremos que el primer hombre es el traidor.
Si despliega tropas hacia el Fort National, sabremos que es Tayeb quien nos ha vendido.
Pero si sus hombres cabalgan hacia el oeste buscando un oro que no existe, habremos cazado al segundo nombre de la lista.
La mentira que los franceses intenten capturar nos dirá, sin ninguna duda, quién de ellos es la serpiente.
Malik asintió, comprendiendo por fin la astucia del plan. Era como marcar a un animal para ver hacia qué madriguera corría.
—Entiendo —dijo Malik—. La información es el anzuelo. Solo tengo que ver quién muerde.
Lalla Zohra se levantó y puso una mano sobre el hombro de Malik. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían ver más allá de la túnica y el disfraz, alcanzando a la mujer que se escondía debajo.
—Haz esto, Malik —dijo la anciana con solemnidad—.
Encuentra al traidor, detén la mano que quiere robarnos la tierra y, cuando el libro esté cerrado y la misión cumplida, yo misma te abriré la puerta que buscas.
Sé que los agentes de Ojrana peinan las calles de Argel buscando una sombra que se parece a ti.
Sé que el capitán Lefebvre no tardará en sospechar.
Pero si nos das esta victoria, la Cofradía te llevará donde nadie pueda encontrarte.
Te enviaremos al sur, más allá de las montañas, a un lugar donde el horizonte no tiene muros y donde serás, por fin, dueña de tu propio nombre.
Vera sintió un escalofrío. Era la primera vez que alguien validaba su deseo de libertad no como una huida, sino como un derecho.
—Gracias, Lalla —susurró conmovida—. Cumpliré con mi parte.
Al salir de la sede y volver a las sombras de la Casbah, el aire de la noche le pareció más ligero, pero su corazón pesaba el doble.
Mientras bajaba por las escaleras estrechas, la imagen del cabo Jean-Luc Beaumont apareció en su mente, nítida y dolorosa.
Recordó su amabilidad en la oficina y cómo sus ojos se iluminaban al verlo, creyendo que Malik era solo un joven escribiente al que proteger.
Se detuvo un momento frente a una pared de cal blanca, dejando que la amargura la inundara.
Al aceptar la misión de Lalla, había sellado su destino en dos direcciones opuestas.
Si el plan tenía éxito, ella ganaría su libertad en el desierto, pero el precio sería no volver a ver a Jean-Luc nunca más.
Esa idea la atormentaba más que la propia muerte; nunca antes, había sentido una conexión tan pura con ningún otro hombre.
Era una contradicción cruel: la oficina, aquel lugar cargado de secretos y peligro, se había convertido para ella en una bendición.
Cada mañana, el riesgo de ser descubierta quedaba eclipsado por la necesidad de estar cerca de él, de escuchar su voz o captar un gesto de complicidad.
Ir a aquel nido de enemigos valía la pena solo por habitar el mismo espacio que Beaumont.
«Si supieras quién soy en realidad, Jean-Luc...», pensó, apretando el libro contra su pecho. «Si supieras que cada palabra que escribo es una piedra más en el muro que nos separa. Mi libertad es tu derrota, y mi huida es nuestra despedida final».
El miedo a los agentes de la Ojrana era aterrador, pero el miedo a ver el desprecio en los ojos de Jean-Luc si alguna vez descubría la verdad era un castigo mucho peor.
Vera respiró hondo y siguió caminando hacia el café de Brahim.
Mañana, al volver a la Oficina Árabe, tendría que ser más Malik que nunca.
Tendría que pulir el espejo de su alma hasta que no quedara ni rastro de la mujer que amaba en silencio, solo el reflejo frío del espía dispuesto a sacrificar su corazón para alcanzar las arenas del sur.
Al llegar a su rincón en el altillo, Vera no se durmió de inmediato.
Bajo la luz moribunda de una vela, sacó su diario y con la misma caligrafía elegante que los franceses admiraban, pero con el pulso tembloroso de quien confiesa un crimen, escribió unas breves líneas para sí misma, como si necesitara dejar constancia de quién era antes de que la máscara terminara de devorarla.
He pasado la página sobre las brasas y he visto aparecer la verdad allí donde antes solo había vacío. Lalla Zohra me ofrece un horizonte sin muros, pero para alcanzarlo debo construir cada día una nueva mentira.
Es una paradoja cruel. Huí de las cadenas de un imperio para terminar fabricando las mías en la penumbra de la Casbah.
A veces me pregunto qué queda de una persona después de vivir demasiado tiempo escondida bajo otro nombre.
Si para conquistar mi destino debo traicionar lo único verdadero que he sentido desde que me convertí en Malik —esos ojos que todavía me miran con una fe que no merezco—, ¿qué estoy salvando realmente?
Quizá la libertad no consista en no servir a nadie, sino en poder elegir aquello a lo que decides entregarte. He dejado morir a Vera para que Malik pueda caminar por este mundo, pero empiezo a sospechar que toda transformación exige una forma de traición.
Tal vez no exista una libertad pura.
Tal vez solo seamos viajeros que escogen el peso de las cadenas que están dispuestos a soportar.
Vera cerró el diario. El peso del secreto bajo su túnica ya no se sentía como una carga, sino como el lastre necesario para no salir volando en mitad de la tormenta. Apagó la vela de un soplido.
Mañana, el juego continuaba.