17
Mientras en Argel el sol empezaba a ocultarse sobre las blancas fachadas de la Casbah, en San Petersburgo el invierno no daba tregua.
El viento soplaba con muchísima fuerza sobre el río Neva, que estaba totalmente congelado y mudo bajo la noche.
Sin embargo, dentro del Club Inglés, el ambiente era muy distinto.
Allí sobraba el calor de las chimeneas, el humo espeso de los puros y el olor a ese vodka caro que se servía sin descanso.
El conde Korlov miraba sus cartas con la vista algo borrosa.
Tenía las manos finas, de alguien que nunca había trabajado de verdad, y le temblaban un poco al sujetar los naipes.
Llevaba horas sin comer, pero tenía el estómago lleno de alcohol.
Eso le hacía creer que todavía podía ganar, pero cada vez que miraba el centro de la mesa, se le caía el alma a los pies.
Delante de él solo quedaban unas pocas fichas. Lo había perdido casi todo.
—¿Va a jugar de una vez, conde, o prefiere que hablemos de lo que nos debe? —preguntó una voz seca desde el otro lado de la mesa.
Era el barón Sokolov. Era un hombre de unos cincuenta años con una mirada fría que no parpadeaba. A Sokolov no le importaba tanto el dinero como ver sufrir a los demás. Disfrutaba viendo el miedo en la cara de sus deudores.
Korlov tragó saliva. Sentía que el nudo de su corbata de seda le apretaba demasiado, como si le faltara el aire. Intentó sonreír, pero solo le salió una mueca de asustado.
—Es solo una mala racha, barón —balbuceó Korlov, dejando las cartas sobre el tapete verde—.
Ya saben que la suerte va y viene. Pero no se preocupen por el dinero.
Mi sobrina Vera se va a casar pronto con el general Volkov.
Es un matrimonio muy importante. En cuanto se casen, yo llevaré todos los asuntos de su herencia.
Los Korlov tienen una fortuna enorme: tierras, minas, palacios. .. Todo eso garantiza que les pagaré.
Sokolov se inclinó hacia delante y la luz de la lámpara hizo que su cara pareciera todavía más dura. Los otros hombres de la mesa se quedaron callados.
—Eso mismo nos dijo hace tres meses, conde —respondió el barón con una calma que daba miedo—.
Pero en la ciudad se cuentan otras cosas.
Dicen que su sobrina no está en ninguna parte.
Dicen que la chica se ha escapado y que ni usted mismo sabe dónde está.
Dicen que el general Volkov está furioso y que tiene a su gente buscándola por toda Europa como si fuera una ladrona.
A Korlov le entró un sudor frío por toda la espalda. Sabía que, si esos hombres descubrían que Vera se había ido de verdad, su vida no valdría nada.
—Son solo cotilleos —mintió Korlov, aunque le temblaba la voz—. Vera está descansando en una finca en el campo. Es joven y caprichosa, nada más. Pero el general no va a dejar que nadie se meta en sus planes.
—A nosotros el general nos da igual —sentenció Sokolov—. Lo que queremos es nuestro dinero. El apellido no paga las deudas, Korlov. Tiene treinta días. Solo treinta días para que ese dinero esté aquí. Si el dinero no llega, veremos si es verdad eso de que el río Neva es tan hondo como dicen.
El barón recogió las fichas de Korlov sin decir nada más. El conde se levantó sintiendo que las piernas le fallaban y salió de allí notando cómo todos lo miraban con desprecio.
Al salir del club, el aire helado de la calle le dio un golpe seco en la cara. Por culpa del alcohol y del frío, el mundo parecía inclinarse a cada paso que daba por la acera llena de escarcha.
—¡Iván! ¡Trae el carruaje! —gritó con una voz pastosa.
Su cochero, un hombre viejo que llevaba toda la vida con la familia, acercó el coche de caballos a toda prisa. Al intentar subir el primer escalón, el pie de Korlov resbaló en la nieve sucia y el conde cayó de bruces contra el suelo.
Se quedó allí unos segundos, con la cara pegada al hielo. Iván corrió a ayudarle, pero Korlov le apartó la mano con un golpe brusco.
—¡Déjame! ¡No me toques, estúpido! —gritó mientras intentaba levantarse solo, ensuciando abrigo de piel de barro negro.
Se quedó de rodillas en la nieve, respirando con dificultad. En ese momento, la rabia empezó a quemarle por dentro. En su cabeza él no tenía la culpa de nada. No pensaba en el juego ni en las botellas. Para él, la única culpable de su desgracia era su sobrina Vera.
—Todo es por tu culpa... —susurró con odio—. Maldita seas, Vera. Me has dejado en la ruina para salvar tu orgullo de niña tonta.
Se levantó como pudo apoyándose en una rueda. El odio le dio la fuerza que ya no tenía. Miró al cielo oscuro y gritó el nombre de su sobrina como si fuera una amenaza.
—¡Te encontraré! ¡Aunque tenga que arrastrarte por todo el mundo! ¡Te casarás con Volkov y me darás lo que es mío!
Iván, el cochero, bajó la mirada con pena y vergüenza. Sabía que el conde ya no era el hombre de antes; ahora solo era un animal acorralado que solo era valiente cuando bebía. Korlov subió al carruaje y se tiró en el asiento de cuero como si fuera un saco de ropa vieja.
—A casa, Iván —dijo en voz baja—. Sácame de aquí.
Antes de cerrar la puerta, sacó una petaca de plata y bebió un trago largo. No le importó que el alcohol se le escurriera por la barbilla y le manchara la ropa. Ya no le importaba nada.
Mientras el carruaje se alejaba por las calles oscuras de San Petersburgo, Korlov se escondió en las sombras del asiento.
Su casa estaría fría y vacía, pero su cabeza estaba llena de ideas terribles.
Sabía que se le acababa el tiempo y que, si no encontraba a Vera pronto, lo único que le quedaría por perder era la propia vida.