16
El primer hilo de luz aún no asomaba por el horizonte cuando Malik llegó a la Gran Mezquita.
El aire de Argel a esa hora era un latigazo frío que bajaba de las montañas y se colaba por las costuras de su chilaba.
Para un extranjero, el edificio sería solo un monumento de piedra blanca, pero para Malik era un refugio con reglas muy precisas que debía seguir si no quería ser descubierto.
En la entrada, el ritual comenzó con el despojo de lo externo.
Se sentó en un banco de piedra y se descalzó.
Al poner los pies desnudos sobre el mármol liso, sintió un escalofrío que lo devolvió a la realidad: en este lugar, todos eran iguales, desde el mendigo hasta el general, porque nadie entraba con sus zapatos puestos.
Se dirigió a la zona de las abluciones, una hilera de fuentes donde el agua corría sin descanso.
Malik observó a los hombres a su alrededor para no fallar en la cadencia.
No era solo lavarse; era una purificación ritual llamada wudu .
Se remangó con cuidado y dejó que el agua helada recorriera sus manos, sus brazos hasta el codo y su rostro.
Cuando se pasó la mano húmeda por la cabeza y lavó sus pies, sintió que el agua no solo limpiaba el polvo del camino, sino que también borraba el rastro de la sangre seca del callejón.
En la mezquita, uno debe presentarse ante lo sagrado sin manchas del mundo exterior.
Al cruzar el umbral hacia la sala de oración, el estrépito de Argel murió de golpe.
El interior era un bosque infinito de columnas que sostenían arcos en forma de herradura.
No había bancos, ni altares, ni estatuas.
El suelo estaba cubierto por grandes alfombras de lana que olían a limpio y a tiempo acumulado.
Los hombres empezaron a formar filas rectas, hombro con hombro.
Malik buscó un hueco al final de una fila.
El contacto de su brazo con el del vecino no era agresivo, sino firme; una señal de que en la oración todos formaban un solo cuerpo.
De pronto, un sonido vibrante llenó el espacio.
No era música, sino la voz humana del muecín llamando al rezo.
Allahu Akbar... Malik imitó los movimientos de la multitud.
Cuando llegó el momento de la postración, se arrodilló y apoyó la frente en el suelo.
En esa postura, llamada sujud , Malik sintió una vulnerabilidad total.
Sus costillas, magulladas por la paliza, protestaron con un pinchazo de dolor, pero se obligó a mantenerse inmóvil.
En el sufismo, ese gesto significa poner la parte más alta de uno mismo —la cabeza— al nivel del polvo para recordar la propia humildad.
Al terminar la oración, mientras la mayoría empezaba a levantarse con parsimonia, Malik permaneció sentado sobre sus talones.
Fue entonces cuando divisó a un hombre unas filas más adelante.
Reconoció de inmediato la silueta encorvada y el gesto de ajustar sus gafas: era Yusef, el escribiente mayor de la oficina.
Sin las prisas del registro ni la mirada vigilante de Hassan, Yusef parecía otra persona.
Pasaba las cuentas de su tasbih con calma, sumido en un rezo silencioso que nada tenía que ver con los números de los libros de contabilidad.
Malik esperó a que se levantara y caminó hacia la salida a un ritmo pausado, calculando el encuentro para que pareciera una simple coincidencia de vecinos de fe.
Se encontraron cerca de la puerta, mientras ambos recuperaban sus calzados.
— Salam alaikum , Yusef —saludó Malik con un tono suave, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto hacia el veterano.
Yusef se calzó sus zapatos desgastados y levantó la vista, parpadeando tras los cristales de sus gafas. Tardó un segundo en reconocer al nuevo escribiente fuera del entorno grisáceo de la oficina.
— Alaikum salam , muchacho —respondió Yusef con una sorpresa contenida. Su mirada bajó un instante hacia el rostro de Malik, notando la leve inflamación de su mandíbula, pero la cortesía de la mezquita impedía preguntas indiscretas—. No sabía que frecuentabas este lugar.
—La paz de la mañana ayuda a empezar mejor el día de trabajo —comentó Malik con sencillez, ofreciéndole una media sonrisa que no buscaba información, sino cercanía.
Yusef asintió, pareciendo aprobar la respuesta.
Empezaron a caminar juntos hacia la salida, mezclándose con la marea de fieles que se dispersaba por las callejuelas de la Casbah.
No hablaron de expedientes ni de secretos; simplemente compartieron el silencio del camino bajo el sol que empezaba a calentar las piedras.
Malik sabía que para desatar la lengua de un hombre como Yusef, primero debía demostrarle que compartían el mismo suelo y el mismo Dios.
Caminaron hombro con hombro por la calle principal que descendía hacia la ciudad europea.
El sol ya empezaba a lamer las fachadas blancas, y el aire olía a pan recién hecho y a tierra húmeda.
Yusef caminaba con las manos entrelazadas a la espalda, con ese paso pausado de quien ha recorrido las mismas piedras durante décadas.
—Ese golpe en tu cara... —dijo Yusef finalmente, sin mirarlo directamente, manteniendo la vista en el camino—. Fueron ellos, ¿verdad?
Malik no necesitó preguntar a quiénes se refería. El "ellos" en Argel siempre tenía uniforme.
—Un encuentro desafortunado en un callejón anoche —respondió Malik—. Eran cuatro.
Yusef soltó un suspiro cansado que pareció arrastrar años de frustración.
—Escucha bien, muchacho. Evita a los militares franceses, especialmente cuando el sol se pone.
Son como perros rabiosos con el uniforme demasiado apretado.
Entre el vino barato y el aburrimiento, no respetan a nadie, y menos a alguien con tu aspecto.
.. culto, silencioso. Eso les irrita. No busques justicia donde no la hay; si ves una patrulla, cambia de acera.
No les des ni el pretexto de una mirada.
Malik asintió, agradeciendo el consejo que, aunque ya conocía, sonaba distinto en boca de un local.
—Gracias, Yusef. Lo tendré en cuenta.
—Y en la oficina... —continuó el veterano, bajando un poco más la voz al acercarse a la zona administrativa—, haz lo mismo.
Sé una sombra. No intentes destacar ni corregir a nadie.
Haz tus asientos contables, mantén tu mesa limpia y no le hagas caso a Hassan.
Es un charlatán que cree que por vestir como un francés y lamer las botas de los oficiales llegará a alguna parte.
Solo busca alguien a quien pisotear para sentirse más alto.
Si guardas silencio y haces tu trabajo, terminarán por olvidarse de que estás ahí.
Y en este país, que se olviden de ti es la mejor bendición que puedes recibir.
Malik escuchó con atención. El consejo de Yusef era exactamente lo que necesitaba: la validación de que el camino de la invisibilidad era el correcto.
—Aprecio tu franqueza —dijo Malik—. Solo busco hacer mi trabajo y vivir en paz.
Yusef lo miró por encima de sus gafas por un breve instante, y por primera vez, Malik creyó ver un destello de simpatía, o quizá de reconocimiento, en aquellos ojos cansados.
—Paz —repitió Yusef con una mueca amarga que pretendía ser una sonrisa—. Una palabra difícil de encontrar en estos días. Pero si te mantienes cerca de los libros y lejos de los problemas, quizá tú la encuentres.
Llegaron frente al edificio de la Oficina Árabe. El centinela francés en la puerta los miró con desdén, pero Malik bajó la mirada siguiendo el consejo de Yusef, sintiendo que, aunque la inflamación de su rostro aún le dolía, acababa de ganar un aliado silencioso entre los pupitres de madera vieja.
Cruzaron el umbral de la oficina y el aire viciado de papel viejo y tinta los envolvió de inmediato.
Malik se sentó en su escritorio, sintiendo el peso de las palabras de Yusef.
Empezó a organizar sus pliegos con la mirada baja, decidido a ser esa sombra de la que el veterano hablaba, cuando el sonido de unas botas herradas contra el suelo de piedra anunció una llegada.
Era él.
El cabo Jean-Luc Beaumont entró en la sala con el uniforme impecable, pero sin la arrogancia que definía a sus compañeros. Traía unos informes bajo el brazo y, mientras cruzaba la estancia, su mirada barrió los puestos de trabajo hasta detenerse, casi con un imán, en la figura de Malik.
Yusef se tensó en su silla, bajando la cabeza sobre sus libros de cuentas. Sin embargo, para sorpresa de todos, Jean-Luc no pasó de largo hacia el despacho del capitán. Se detuvo frente a la mesa de Malik. El silencio en la oficina se volvió tan denso que podía cortarse.
—Tú —dijo Jean-Luc con su voz profunda, rompiendo la quietud.
Malik levantó la vista lentamente. El corazón de Vera golpeó contra sus costillas, atrapado tras las vendas y la tela de la chilaba.
Jean-Luc se inclinó ligeramente, lo suficiente para que solo Malik pudiera notar el matiz de preocupación en sus ojos azules, esos ojos que parecían ver más allá del disfraz.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó Jean-Luc en un francés suave—. Esa herida tiene mal aspecto.
Malik sintió que el rostro le ardía, y esta vez no era por el golpe.
La humanidad de aquel gesto, la pregunta directa y sincera en un lugar donde los argelinos eran tratados a menudo como simple mobiliario, fue más devastadora que cualquier interrogatorio.
Jean-Luc no lo miraba como un cabo mira a un escribiente nativo; lo miraba como un hombre mira a otro ser humano que sufre.
—Estoy bien, señor. Gracias —logró articular Malik, bajando de nuevo los ojos para ocultar el brillo involuntario que empezaba a traicionarlo.
Jean-Luc asintió despacio.
—Cuídate —concluyó el cabo antes de erguirse y seguir su camino hacia los despachos del fondo.
Malik se quedó inmóvil, con la pluma suspendida sobre el papel.
Jean-Luc se había marchado, pero en el aire estancado de la oficina había quedado flotando su rastro: un aroma que envolvía el escritorio de Malik como un abrazo invisible.
Era un olor que no pertenecía a la Casbah ni a los mercados, sino a él.
Vera cerró los ojos un instante, inspirando aquel aroma que se negaba a disiparse.
A su lado, Yusef lo observaba por encima de sus gafas con asombro, pero ella ya no estaba allí.
Estaba perdida en ese abismo que se abría cada vez que el cabo Beaumont la trataba con una ternura que no debería existir.
Yusef tenía razón: los militares eran el enemigo.
Pero ¿cómo podía ser el enemigo aquel que, con una sola mirada, acababa de hacerle olvidar por qué estaba luchando?