Piel de arena 15
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Al cruzar el umbral de la Oficina Árabe, el bochorno de la tarde argelina le golpeó el rostro, mezclándose con el olor a salitre y especias que subía desde el puerto.

Cargaba con la fatiga mental de haber pasado horas sosteniendo una máscara frente a la sospecha de Hassan y la sombra de los agentes rusos.

Caminaba con la vista baja, midiendo cada paso.

Recordaba las palabras de Lalla Zohra: «Un talib debe caminar recto».

Se obligaba a mantener una zancada firme, ocultando el balanceo natural de sus caderas tras la rigidez de la tela y el apretado vendaje que le oprimía el pecho.

La conversación en el despacho de Lefebvre seguía doliendo como una herida abierta; sabía que, en algún lugar de la ciudad, los hombres de la Ojrana ya estarían desplegando sus redes.

El sol, en su descenso hacia el horizonte, teñía de naranja las fachadas de los edificios coloniales.

Argel empezaba a transformarse: el orden burocrático de la mañana cedía paso a una energía más cruda y desordenada.

Malik se ajustó la chilaba, sintiendo el roce de la tela contra su piel sudorosa.

La pulcritud de sus manos, esa que Hassan había señalado con tanto desprecio, le parecía ahora una marca delatora, un grito de civilización en medio de un entorno que se volvía hostil a medida que se alejaba de las calles principales para buscar el camino hacia la Casbah.

Deseaba llegar al café de Brahim, no por el café en sí, sino por la promesa de seguridad que ofrecían aquellas paredes desconchadas.

Necesitaba vaciar su memoria, soltar el lastre de los nombres de la Cabilia y, sobre todo, dejar de ser Malik por unos instantes en la penumbra del local.

Sin embargo, mientras enfilaba la calle que servía de frontera entre los dos mundos de la ciudad, notó que el flujo de gente se detenía.

Un grupo de soldados, con las guerreras desabrochadas y el rastro del vino en sus risas ruidosas, bloqueaba el paso en el callejón.

Malik apretó los dientes y, por pura inercia, llevó su mano al pecho, buscando el refugio del Dhikr para calmar su sangre.

Sabía que no debía llamar la atención, pero el destino ya había echado los dados.

Eran cuatro hombres jóvenes, de piel quemada por el sol y ojos inyectados en sangre por el alcohol barato.

Al ver aproximarse a Malik, se separaron formando una barrera humana que cerraba el paso por completo.

El más alto, un cabo de facciones rudas y una cicatriz que le cruzaba la ceja se cruzó de brazos con una sonrisa lenta.

—Miren esto, muchachos —dijo, alzando la voz—. ¿A dónde vas con tanta prisa, bonito ?

Malik se detuvo a un par de metros. Podía oler el rastro agrio del vino.

—Voy a mis asuntos. Con permiso —respondió Malik, intentando mantener la voz en un tono bajo y firme, evitando que el temblor de su pecho delatara su secreto bajo las vendas.

Intentó esquivarlos por la izquierda, pero uno de los soldados le puso una mano en el hombro, empujándolo hacia atrás con fuerza.

—¿Permiso? El permiso lo damos nosotros. ¿Habéis visto cómo camina? Parece que tiene miedo de romper el suelo. O quizá es que tiene las caderas demasiado ligeras para ser un hombre de verdad.

Las risas estallaron entre el grupo. Otro de los soldados se acercó por detrás, dándole un pequeño empujón que le hizo tambalearse.

—Míralo bien, Jacques —añadió otro, acercando su rostro al de Malik—. Es demasiado delicado. Tiene manos de señorita y cara de querubín. ¿Qué eres tú? ¿Un hombre o uno de esos invertidos que se venden por la noche en el puerto?

—Déjenme pasar —insistió Malik, sintiendo que el pánico empezaba a ganar terreno a la razón. El Dhikr era ahora un grito mudo en su interior: «Ya Latif, Ya Latif...» .

—¡No me gusta tu tono! Se lanzó hacia adelante y agarró a Malik por el cuello de la chilaba, sacudiéndolo—. En este país, cuando un soldado de Francia te habla, bajas la mirada.

Antes de que Malik pudiera reaccionar, el puño del soldado impactó contra su rostro. El golpe fue seco y brutal. Sintió como la sangre inundaba su boca mientras caía al suelo, golpeándose las rodillas contra las piedras irregulares del callejón. El mundo dio una vuelta violenta.

—Levántate, nena —le ordenó el cabo, dándole una patada lateral en el muslo que le arrancó un gemido—. ¡Enséñanos si tienes algo de hombre bajo esa túnica!

Malik, aturdido y con la nariz sangrando, intentó incorporarse apoyando las manos en el suelo, pero otro de los soldados le pisó los dedos, burlándose de su desesperación. Estaba solo, rodeado de botas y risas, sintiendo que su disfraz y su dignidad se hacían añicos en el polvo del suelo.

El líder se inclinó sobre Malik, riendo. En ese instante, la humillación y el miedo se transformaron en una rabia ciega.

No fue Malik el que reaccionó, fue Vera.

Con un movimiento rápido, Malik retrajo la mano pisoteada y lanzó un puñetazo con todo el peso de su cuerpo hacia arriba.

El golpe fue certero y brutal, impactando de lleno en la mandíbula del cabo.

Se oyó un crujido seco. El soldado retrocedió varios pasos, tambaleándose.

Su risa se transformó en un aullido de sorpresa y dolor.

Se llevó la mano a la boca y, al retirarla, vio sus propios dedos manchados de sangre.

Un diente, o parte de él, voló hacia el suelo empedrado.

El silencio que siguió fue asfixiante. Los otros tres soldados se quedaron paralizados, mirando a su líder y luego a Malik, que se había puesto en pie a duras penas, en guardia, con la respiración entrecortada y los puños apretados. Había dejado de ser el joven inofensivo; ahora era una amenaza.

—¡Maldito animal! —rugió el soldado, recuperándose de la conmoción. Sus ojos se inyectaron en una furia homicida y el resto del alcohol pareció evaporarse instantáneamente—. ¡Te voy a matar!

El líder se lanzó hacia adelante. Malik intentó esquivarlo, pero su chilaba y la fatiga del primer golpe le restaron velocidad.

El soldado lo agarró por el cuello, tirando de su cabeza hacia atrás con una violencia que amenazaba con rompérselo.

Malik intentó patearlo, pero los otros soldados reaccionaron.

Uno lo inmovilizó por los brazos desde atrás y otro lo golpeó en el estómago, sacándole todo el aire de los pulmones.

Malik se dobló por el dolor, pero el soldado no había terminado.

Con el puño, el líder descargó un golpe terrible directamente sobre el rostro de Malik, en el mismo lugar que antes, pero con el triple de fuerza.

Malik sintió que el mundo estallaba en destellos de luz antes de apagarse por completo.

Cayó al suelo como un fardo de ropa vieja, sin fuerzas para defenderse, mientras la sangre caliente de su nariz y boca manchaba el suelo del callejón.

Los soldados se lanzaron sobre él, dispuestos a descargar su rabia a patadas. El final parecía inevitable.

La violencia estaba a punto de volverse definitiva cuando un estruendo de autoridad rasgó el aire del callejón.

—¡ALTO!

Una figura se abrió paso con contundencia, interponiéndose entre las botas de los soldados y el cuerpo inerte de Malik.

El cabo Jean-Luc Beaumont agarró del brazo al líder del grupo —que ya tenía el pie levantado para una última patada— y lo empujó hacia atrás con una fuerza que lo hizo tambalearse.

—¡Atrás! —rugió Jean-Luc, recorriendo al grupo con una mirada cargada de desprecio—. ¿Es así como los soldados de la República defienden el honor de Francia? ¿Apalizando a un civil en un callejón como vulgares delincuentes?

—Cabo... él... él me ha roto un diente —balbuceó el líder, escupiendo sangre y tratando de recuperar una dignidad que ya no tenía.

—¡Cállese! —le cortó Jean-Luc—. He visto lo suficiente. Estáis borrachos y sois una vergüenza para vuestro regimiento. Si no desaparecéis de mi vista en tres segundos, os aseguro que mañana estaréis limpiando las letrinas del cuartel de Argel. ¡Largo!

Los soldados intercambiaron miradas de odio contenido antes de recoger sus gorras y retirarse a trompicones por el callejón.

El silencio regresó, roto solo por la respiración agitada de Jean-Luc. El cabo se dio la vuelta de inmediato y se arrodilló junto a Malik.

—Tranquilo, ya pasó —dijo con una suavidad que contrastaba con el trueno de su voz de hacía un momento.

Pasó un brazo por detrás de los hombros de Malik y lo ayudó a incorporarse con cuidado. Malik, aturdido y con la visión borrosa por la sangre que le bajaba de la frente, sintió el calor de aquel contacto. El olor de Jean-Luc invadió sus sentidos, actuando como un bálsamo extraño en mitad del dolor.

Cuando logró enfocar la vista, se encontró con los ojos azules de Jean-Luc a escasos centímetros de los suyos.

En ese instante, el corazón de Vera, oculto tras las vendas y el dolor, dio un vuelco violento que no tuvo nada que ver con la paliza.

Reconoció al hombre que le había dado su primer escritorio, al que le había pedido pulcritud en los registros.

.. y por un segundo, el disfraz de Malik le pesó más que nunca.

—¿Puedes levantarte? —preguntó Jean-Luc, usando su pañuelo para limpiar con delicadeza el rastro de sangre que manchaba el labio de Malik—. Te han dado una buena, muchacho. No deberías andar solo por esta zona a estas horas.

Malik intentó articular palabra, pero solo pudo asentir, atrapado en la intensidad de esa mirada que, por primera vez, no lo veía como un simple escribiente, sino como alguien a quien proteger.

Jean-Luc lo ayudó a ponerse en pie y se aseguró de que Malik pudiera sostenerse por sí mismo antes de soltarlo. Con una última palmada afectuosa en el hombro y una advertencia sobre la seguridad de las calles, el cabo se perdió entre las sombras de los edificios europeos.

Malik se quedó solo, con el cuerpo vibrando por la adrenalina y el dolor.

El pañuelo que Jean-Luc le había prestado seguía en su mano, manchado de una sangre que ahora le parecía menos amarga.

Se lo guardó en el pliegue de la chilaba, cerca del pecho, sintiendo que aquel trozo de tela pesaba más que toda la información que había recopilado durante el día.

El camino hacia la parte alta de la Casbah fue un calvario de escalones irregulares y sombras alargadas.

A medida que se adentraba en el laberinto de callejones, el ruido de la ciudad colonial desaparecía, sustituido por el eco de sus propios pasos y el murmullo lejano de las oraciones nocturnas.

Al llegar frente a la puerta del café de Brahim, Malik se detuvo un instante para recomponerse.

Se limpió el resto de la sangre y se ajustó el turbante, ocultando cualquier rastro de la vulnerabilidad que Vera acababa de experimentar.

El interior del café era un refugio de luz tenue y humo de narguile, esa densa y aromática neblina que emanaba de las pipas de agua donde el tabaco se consumía lentamente bajo el carbón.

Brahim, tras el mostrador de madera oscurecida, levantó la vista y sus ojos se entrecerraron al ver el rostro inflamado de Malik.

—¿Qué ha pasado, muchacho? —preguntó Brahim con un hilo de voz áspera, dejando el trapo a un lado—. Es tu primer día en esa oficina de burócratas. ¿Acaso ya has tenido problemas?

Malik se sentó con pesadez y soltó un suspiro cansado antes de responder.

—Unos soldados en un callejón al salir —contestó Malik en voz baja—. No les gustó mi cara.

Brahim golpeó el mostrador con el puño, y su mirada se encendió de rabia.

—Otra vez esos perros —masculló, acercándose con un cuenco de agua y un paño limpio—. Se creen dueños de nuestras calles y de nuestra sangre. Maldita sea su arrogancia y el día que pusieron un pie en esta tierra. Esa invasión es un veneno que nos está matando a todos.

Brahim dejó el cuenco sobre la mesa de Malik y le puso una mano firme en el hombro, un gesto de apoyo que pesaba más que las palabras.

—Límpiate. Aquí estás entre los tuyos. Mientras ellos desprecian lo que no entienden y se emborrachan de poder, nosotros seguimos en pie.

Malik asintió en silencio, agradecido por la calidez de ese odio compartido que lo hacía sentirse protegido.

Esperó a que Brahim le trajera un té amargo y, siguiendo las instrucciones de Lalla Zohra, cerró los ojos.

Empezó a dejar que las imágenes del día desfilaran por su mente: las cifras de la Cabilia, la caligrafía de los registros, el tono gélido de los agentes rusos y la mirada depredadora de Hassan.

Intentó «vaciar su memoria», entregar cada dato al silencio del café para no tener que cargarlo más.

Pero, el ejercicio falló. Había una imagen que se negaba a ser borrada: un rastro de olor particular y la calidez de unas manos que no deberían haberlo socorrido.

Malik, el talib disciplinado, estaba allí para cumplir una misión de justicia y venganza; pero Vera, en el rincón más profundo de su ser, acababa de comprender que su mayor enemigo no sería la Ojrana, sino el latido inoportuno de su propio corazón.