Piel de arena 14
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La Oficina Árabe no era un refugio para la calma.

A las ocho de la mañana, el edificio ya funcionaba a pleno rendimiento.

Malik seguía al cabo Jean-Luc Beaumont por un pasillo donde el trasiego era constante: ordenanzas que movían archivadores de madera, oficiales que salían de sus despachos con órdenes de recaudación y ciudadanos que esperaban turno con un murmullo de quejas de fondo.

—No se detenga —le indicó Jean-Luc, abriéndose paso entre dos funcionarios que discutían sobre un censo—. En este lugar, la mejor forma de que no lo molesten es parecer que tiene una tarea urgente. Sígame.

Entraron en la sala de administración general.

El ambiente era denso, cargado con el olor a tinta fresca y el humo del tabaco.

Había un ruido incesante: el repiqueteo de las máquinas de escribir y el golpe seco de los sellos de caucho.

Los franceses, en sus escritorios centrales, revisaban mapas e informes, mientras que, en el otro extremo, bajo la luz de los ventanales, se alineaban las mesas de los escribientes indígenas.

—Esa es su mesa, la del rincón —dijo Jean-Luc, señalando un escritorio de madera gastada—. Procure que sus registros sean claros. El capitán no tolera los tachones; para él, un papel sucio es un trabajo mal hecho.

Malik se sentó en silencio. Sus nuevos compañeros habían dejado de escribir, pero ninguno lo saludó. El hombre de su derecha, Hassan, lo recorrió con la mirada, deteniéndose en su chilaba y en la pulcritud de sus manos, con un gesto de evidente desprecio.

—¿Otro más? —soltó Hassan finalmente, sin dejar de mirarlo—. No recuerdo que nadie haya dicho que necesitábamos más manos para los registros de la Cabilia.

Hassan vestía una chaqueta de sastre local que intentaba imitar el estilo europeo, y su tono dejaba claro que no le gustaba la presencia de un desconocido en su territorio.

A su otro lado, Yusef, el escribiente mayor, se limitó a ajustar sus gafas y observar a Malik por encima de los cristales antes de volver a su libro de cuentas.

Enfrente, Bashir ni siquiera levantó la cabeza.

—Vengo a cumplir con mi trabajo —respondió Malik.

—Ya veremos cuánto dura —replicó Hassan, volviendo a mojar su pluma en el tintero—. Ten cuidado: un error en una cifra aquí se paga caro.

Malik no contestó. Abrió el grueso libro de registros y comenzó a sumergirse en las columnas de nombres y fechas.

Mientras preparaba la pluma, la realidad del lugar le golpeó con fuerza.

Ahmed había caído por una acusación tramada en una mesa como aquella, entre el olor a papel viejo y el sonido de las plumas.

Su tarea acababa de empezar: debía fundirse con ese ambiente hostil y averiguar cuál de aquellos hombres, que ahora lo miraban con recelo, era el que mantenía línea directa con la represión francesa.

Apenas había transcurrido una hora cuando el ritmo metálico de las máquinas de escribir se detuvo en seco.

Fue un silencio progresivo, como una ola que recorriera la sala desde la entrada principal.

Malik, con los dedos ya manchados de tinta, no levantó la cabeza de inmediato, pero sintió un nudo en la boca de su estómago.

Dos hombres cruzaron el umbral. Su presencia desentonaba con la luz de Argel.

Vestían trajes de lino oscuro, de corte impecable y sobrio, y se movían con una rigidez militar.

Tenían la piel pálida, curtida por un frío que no se olvidaba, y unos ojos que recorrían la estancia con la frialdad de quien busca una pieza de caza entre la multitud.

—Oficiales rusos —susurró Hassan, olvidando por un momento su hostilidad hacia Malik—. ¿Qué demonios querrán los hombres del zar en este agujero?

Malik sintió que se ahogaba. Eran los agentes de la Ojrana.

Se obligó a mantener la pluma sobre el papel, sintiendo un zumbido sordo en los oídos que amenazaba con nublarle el juicio.

El aire parecía haberse vuelto sólido en sus pulmones.

En mitad de aquel vacío gélido, las palabras de Lalla emergieron en su memoria como un salvavidas.

Casi sin darse cuenta, sus labios apenas se movieron, dibujando el Dhikr en un susurro imperceptible, una vibración que buscaba calmar el galope de su sangre: « Ya Latif, Ya Latif.

.. ». Con cada repetición del nombre de lo Sutil, la rigidez de sus hombros cedió, permitiéndole tomar una bocanada de aire necesaria para no desmayarse.

El capitán Lefebvre salió de su despacho a grandes zancadas, ajustándose la guerrera con premura. Saludó a los recién llegados con una inclinación de cabeza y un francés exageradamente cortés.

—Caballeros, es un honor. No esperábamos la visita del consulado tan temprano. Por favor, pasen. Mis archivos están a su entera disposición.

Uno de los rusos, el más alto, se detuvo antes de entrar.

No miró a Lefebvre; su vista se clavó en la hilera de mesas donde trabajaban los escribientes indígenas.

Fue un escaneo lento, profesional. Malik bajó la mirada hasta casi rozar el papel con la frente, fingiendo una concentración absoluta.

Los agentes comenzaron a hablar entre ellos en un ruso susurrado pero nítido.

—Si ha llegado a la ciudad, este es el primer lugar donde aparecerá algún rastro —dijo el más alto—. Buscamos a una mujer. El general Volkov advirtió que es experta en el engaño, pero el hábito no hace al monje, y menos en esta parte del mundo.

El otro agente asintió sin decir palabra.

La puerta de roble se cerró tras ellos. El murmullo de la oficina regresó, pero Malik ya no era el mismo.

El nudo en su garganta le impedía tragar, y el eco de aquella palabra sagrada seguía vibrando en su pecho como un escudo invisible.

La situación había dado un giro drástico: no solo tenía que identificar al traidor de Ahmed; ahora los cazadores de Volkov estaban al otro lado de una pared de madera, examinando quizás la misma lista donde figuraba su nombre falso.

Lefebvre se sentó tras su mesa, dejando que los dos hombres permanecieran de pie un instante antes de indicarles las sillas de cuero frente a él.

—Caballeros, ¿qué es lo que ha traído a dos representantes del zar tan lejos de su jurisdicción?

El más alto de los dos agentes dio un paso adelante. No se sentó.

—Buscamos a una mujer, capitán. Una enemiga del Estado que ha logrado burlar todos los controles desde San Petersburgo hasta Marsella. Su nombre es Vera, aunque es probable que a estas alturas ya lo haya enterrado bajo una docena de identidades falsas.

Lefebvre arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la importancia que se le daba a una sola persona.

—¿Una mujer? —El capitán soltó una risa breve y seca—. ¿Me están diciendo que la policía secreta rusa cruza el Mediterráneo por una simple fugitiva? Argel está llena de ellas, caballeros. Anarquistas, comuneras, delincuentes de poca monta...

—Esta mujer no es de «poca monta» —le cortó el ruso, endureciendo el gesto—. Tenemos informes fidedignos de que embarcó hacia este puerto disfrazada de hombre. Sabe cómo moverse, cómo hablar y cómo desaparecer entre la multitud sin dejar rastro.

Lefebvre borró la sonrisa. La idea de que una insurgente extranjera pudiera estar operando en su territorio bajo un disfraz era un insulto a su competencia.

—Comprendo —asintió el capitán, cambiando su tono por uno más profesional—. Si esa mujer está en Argel, les aseguro que su libertad tiene las horas contadas. Nadie se mueve en esta ciudad sin que mis redes se enteren.

Ya se han cursado las instrucciones necesarias desde nuestro Consulado aquí en Argel.

Contamos con la plena colaboración de sus autoridades en el puerto y de la gendarmería local.

Estaremos vigilando cada salida de la Casbah y peinando las pensiones del barrio europeo.

Espero que sus oficiales de la Oficina Árabe tengan órdenes claras de no entorpecer nuestro camino; cualquier falta de cooperación será reportada de inmediato por nuestra Embajada en París a sus superiores en el Ministerio.

Lefebvre se puso en pie, recuperando su aire de autoridad, aunque la advertencia sobre sus superiores en la metrópoli le había escocido.

—Mientras no alteren el orden público, mis hombres les darán paso. Pero recuerden que Argel tiene sus propias leyes no escritas. Tengan cuidado por dónde caminan.

—Sabemos caminar por el fango, capitán. Llevamos años haciéndolo —sentenció el agente antes de girarse hacia la salida.

Fuera, en la sala de administración, Malik mantenía la cabeza baja, pero todos sus sentidos estaban volcados en la figura de Hassan.

El escribiente de la chaqueta europea no había vuelto a escribir una sola línea.

En lugar de eso, jugueteaba con su abrecartas de latón, observando a Malik con una intensidad nueva, perturbadora.

Hassan no sabía quiénes eran esos extranjeros ni qué buscaban. Había notado la palidez súbita de Malik.

Hassan se inclinó levemente hacia Malik, lo suficiente para que solo él pudiera oírlo por encima del rumor de las plumas.

—¿Sabes una cosa? —susurró con una sonrisa cargada de veneno—.

He visto a muchos hombres entrar por esa puerta con grandes recomendaciones, pero solo los que ocultan un cadáver en el armario tienen la cara tan blanca como la suya ahora mismo.

Tenga cuidado. A veces, para salvar el propio cuello, uno solo necesita entregar el de otro.

Malik no respondió, pero sintió que el frío de los agentes rusos, que ahora cruzaban la sala para marcharse, se mezclaba con la mirada de serpiente de Hassan.

El cerco se estaba estrechando y, por primera vez, Malik comprendió que el traidor que buscaba podía estar sentado mucho más cerca de lo que jamás había imaginado.