CAPÍTULO SEIS
El Presidente
Cada cabra cree que es la jefa. Cada jefe debería recordar esto.
PROVERBIO DEYRANÍ
Le dieron las cabras.
Era, le aseguró Haifas, un cumplido. Las cabras eran muy valiosas en Deyra, solo superadas por el agua.
Daban leche y queso y carne y pelo para tejer y estiércol para los fuegos, y la riqueza de una familia se medía en ellas igual que en el mundo de Nate se medía en metros cuadrados.
Que le confiaran una parte del rebaño del pueblo, aunque fuera pequeña, aunque fuera bajo supervisión, era señal de que el consejo no lo consideraba del todo una boca inútil.
—Además —añadió Haifas—, nadie más quería el trabajo esta temporada. Las cabras están muy difíciles este año.
—¿Tan difíciles pueden ser unas cabras?
Ella lo miró con algo parecido a lástima y no respondió.
Sus supervisores resultaron tener nueve y ocho años.
Yusuf era el de nueve: un niño flaco, de codos afilados, con un hueco entre los dientes delanteros, la rodilla izquierda perpetuamente raspada y el aire confiado y ligeramente aburrido de un capataz veterano que entrena a un nuevo empleado que obviamente va a estropearlo todo.
Lina era la de ocho: de cara redonda, solemne, con enormes ojos oscuros y dos trenzas atadas con hilo rojo.
No habló durante los primeros tres días.
Simplemente observaba a Nate, en silencio, como si fuera un animal nuevo y extraño que en cualquier momento podría hacer algo peligroso o muy gracioso.
Yusuf hablaba. Yusuf hablaba constantemente. Y Yusuf, como uno de los últimos niños a los que Thomas Wren había enseñado antes de morir, sabía algo de inglés, aunque su inglés provenía de una pila de libros de hacía treinta años y de un escocés excéntrico, y por lo tanto era impredecible.
—Buenos días, señor —dijo el primer día, de pie junto a la puerta del corral con las manos entrelazadas a la espalda—. Hoy procederemos a los pastos superiores. Por favor, cuidado con el hueco.
—¿Cuidado con el hueco?
—Es algo que se dice —explicó Yusuf pacientemente— cuando hay un hueco.
De hecho, había un hueco: una grieta de unos sesenta centímetros en el suelo del cañón, justo después de la puerta. Nate tuvo cuidado.
El rebaño contaba con treinta y una cabras. Nate lo sabía porque, al final del primer día, las había contado once veces y había obtenido once números diferentes.
No eran las cabras mansas de los zoológicos infantiles.
Eran criaturas enjutas, peludas, negras y marrones y pintas, con largas orejas caídas y ojos amarillos de pupilas horizontales que les daban una expresión de escepticismo sardónico permanente.
Trepaban. Trepaban por todo: rocas, paredes, árboles, unas sobre otras, la barandilla de cuerda de la escalera que subía a los pastos altos en el borde del cañón.
Comían de todo: hierba, arbustos espinosos, hojas de palmera datilera, la manga de Nate, el dobladillo de su túnica prestada, una correa de cuero de la bolsa de agua que le habían dado y que había dejado en el suelo exactamente cuatro segundos.
No obedecían. Yusuf y Lina podían guiar a todo el rebaño por un sendero del acantilado con un solo silbido y un golpe de vara. Cuando Nate silbaba, las cabras lo miraban con educado interés y seguían a lo suyo.
Y luego estaba el Presidente.
El Presidente era el macho cabrío líder, una criatura enorme de pelaje blanco y negro, con una barba de profeta del Antiguo Testamento, un par de cuernos que se curvaban hacia atrás en dos grandes espirales y unos ojos amarillos pálidos que irradiaban desprecio.
Tenía un nombre en deyraní. Yusuf se lo dijo.
Nate lo olvidó en menos de una hora, porque en el momento en que conoció al animal, otro nombre se le había metido en la cabeza ya completamente formado y se negaba a marcharse.
El Presidente era clavado a Harold Voss.
No era solo la barba, aunque la barba ayudaba.
Era la expresión: esa mirada de superioridad paciente y decepcionada, la mirada de un ser que había visto a muchos hombres jóvenes ir y venir con sus ideas y sus entusiasmos y sus islas de cincuenta y ocho millones de dólares, y había sobrevivido a todos ellos.
Era su forma de plantarse, cuadrado e inamovible, en lo alto de cualquier sendero que Nate quisiera usar.
Era su forma de masticar, lenta y pensativa, observando a Nate, como si estuviera sopesando si merecía la pena el esfuerzo de desaprobarlo.
—Buenos días, señor Presidente —dijo Nate la primera vez.
El Presidente lo miró durante un largo momento. Luego se dio la vuelta, muy deliberadamente, y le meó en la sandalia.
Yusuf se rio tan fuerte que tuvo que sentarse.
Al final de la primera semana, Nate tenía un plan.
Le había estado dando vueltas desde la primera mañana.
Todos los días, los niños guiaban el rebaño por la larga escalera del acantilado hasta los pastos altos en el borde del cañón, donde crecían arbustos espinosos y hierba dura en las grietas de la roca.
Todas las tardes, lo bajaban de vuelta. La ruta era empinada, estrecha y tortuosa, y las cabras se dispersaban constantemente: se escapaban hacia repisas laterales, trepaban a salientes, se paraban a comer cualquier cosa, de modo que la mitad de cada viaje se iba en recuperar extraviadas.
Según sus cálculos, que había elaborado en una roca plana con un trozo de carbón, estaban perdiendo casi noventa minutos al día por ineficiencia.
Noventa minutos al día. Diez horas y media a la semana. En un año, eso era…
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Haifas al encontrarlo agachado sobre la roca la séptima tarde.
—Optimización de procesos —dijo Nate.
—¿Qué?
—La ruta de las cabras. Está mal diseñada. Mira.
Señaló su boceto al carbón: la escalera, las repisas laterales, una serie de flechas.
—El problema son los puntos de ramificación.
Cada vez que el sendero se bifurca, algunas cabras toman el desvío equivocado y los niños tienen que ir a buscarlas.
Si ponemos barreras en estos cuatro puntos, solo unos arbustos o rocas, canalizaríamos todo el rebaño directamente hacia arriba.
Sin extraviadas. Ahorraríamos hora y media al día.
Haifas estudió el dibujo. Luego lo estudió a él.
—¿Y qué harían los niños con esa hora y media?
—No sé. ¿Descansar? ¿Jugar? ¿Hacer otras tareas?
—Mm.
Ladeó la cabeza.
—¿Les preguntaste?
—¿Preguntarles qué?
—Por qué llevan las cabras por ese camino.
Haifas se puso de pie.
—Mañana, antes de construir tus barreras, pregúntale a Yusuf. Es mi único consejo. Buenas noches, mudir.
—¿Qué es mudir?
—Significa jefe. Así han empezado a llamarte los niños —hizo una pausa junto a la cortina—. No es precisamente un cumplido.
No le preguntó a Yusuf.
Construyó las barreras. Se levantó antes del amanecer, acarreó matorrales desde el fondo del cañón y apiló rocas en los cuatro puntos de bifurcación.
Cuando los niños llegaron con el rebaño, los esperaba al pie de la escalera con los brazos cruzados, con la misma sensación que solía tener el día de inauguración de un nuevo hotel.
Yusuf miró las barreras. Miró a Nate. Miró a Lina. Lina le devolvió la mirada con sus enormes ojos solemnes. Algo pasó entre ellos que Nate comprendería más tarde: era la expresión más pura y completa de lástima que había presenciado en su vida.
—De acuerdo, mudir —dijo Yusuf—. Como quieras.
Silbó. El rebaño comenzó a subir las escaleras.
Durante unos doscientos metros, fue hermoso.
Las cabras ascendieron en una sola línea ordenada, contenidas por las barreras, dejando atrás la primera bifurcación, luego la segunda.
Nate caminaba detrás de ellas con una callada oleada de triunfo.
Ya estaba componiendo en su cabeza cómo presentaría aquello al consejo.
Mejoras de eficiencia. Reasignación de mano de obra.
En la tercera bifurcación, el Presidente se detuvo.
La línea de cabras se amontonó detrás de él.
El Presidente miró la barrera. Miró la cornisa lateral más allá, la que el rebaño solía tomar, la que conducía a un parche de espino verde aferrado a una grieta en la pared del acantilado.
Miró por encima del hombro, recorriendo la fila de cabras, hasta clavar sus ojos amarillos en Nate.
Entonces, sin aparente esfuerzo, saltó por encima de la barrera.
El resto del rebaño lo siguió. Todas. En cuestión de segundos, treinta cabras pasaron por encima, por debajo, alrededor y a través de la barrera que Nate había construido con tanto esmero, dispersando los matorrales y derribando dos de las rocas, que rodaron escalera abajo hacia él con un estruendo que resonó en las paredes del cañón.
Saltó a un lado. Una de las rocas le golpeó el tobillo.
Cuando terminó de maldecir, las cabras estaban dispersas por la cornisa lateral, comiendo tranquilamente. El Presidente se había plantado en el borde mismo, masticando espino y observándolo.
—El espino —dijo Yusuf, acercándose a él— está en los caminos laterales.
La hierba está en la cima. Las cabras necesitan ambos, mudir.
El espino tiene agua. La hierba no —se encogió de hombros—.
Así que vamos por el camino lento. Las cabras se detienen en cada lugar.
Comen un poco de espino, un poco de hierba, un poco de espino.
Así están sanas. Así dan leche —le dio unas palmaditas amables en el brazo—.
Tu camino es muy rápido. Pero las cabras enfermarían.
Nate miró las barreras dispersas. Miró a las cabras satisfechas. Miró al Presidente, que justo en ese momento emitió un balido largo y ronco que a Nate le sonó exactamente igual que Harold Voss aclarándose la garganta antes de decir Te lo dije.
En el pasadizo del acantilado, sobre ellos, una figura se había detenido a observar. Era Harun, apoyado en su bastón, con el rostro inescrutable. Lo había visto todo. Por supuesto.
Sus miradas se cruzaron.
Harun dijo algo en deyraní, lo bastante alto para que se oyera. Dos mujeres que caminaban detrás de él estallaron en carcajadas. Harun no sonrió, pero sus ojos sí, por un instante. Luego se dio la vuelta y siguió andando.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Nate entre dientes.
Yusuf parecía incómodo.
—Es un dicho.
—Dímelo.
—Ha dicho: «El hombre del cielo ha venido a enseñar a las cabras a escalar» —reflexionó un momento—. Es más gracioso en deyraní.
—Me lo imagino.
Esa noche, Haifas lo encontró sentado en la cornisa frente a su habitación, con el tobillo envuelto en un paño húmedo y el ceño fruncido.
—Me he enterado —dijo, sentándose a su lado.
—Todo el mundo se ha enterado.
—Sí. Todo el cañón —no se molestó en ocultar la sonrisa—. El chiste de Harun es muy popular. Mahbuba ya se lo ha contado a cuatro personas. Cambia el final cada vez. En el último, las cabras te eligen líder y luego te tiran por un acantilado.
—Estupendo.
—No le preguntaste a Yusuf.
—No le pregunté a Yusuf —suspiró y apoyó la cabeza contra la roca—. En mi mundo, soy el tipo que sabe cosas. Eso es todo mi... eso es lo que hago. Entro en un sitio, veo qué falla y lo arreglo. Se me da bien. La gente me paga mucho dinero por eso.
—¿Y aquí?
—Aquí me ha ganado una cabra.
Haifas se rio. No fue una risa burlona. Fue cálida y luminosa, y le dieron ganas de reírse también, a pesar de todo.
—Nathan —dijo—. Deyra lleva aquí cuatro mil años. Quizá más. ¿De verdad crees que, en todo ese tiempo, a nadie se le ha ocurrido poner rocas en el camino de las cabras?
Abrió la boca. La cerró.
—Todo aquí tiene una razón —dijo Haifas—.
Todo. El ángulo de los pozos de sol. La forma de las escaleras.
Cómo caminan las cabras. Cómo se trenzan el pelo las mujeres.
Las razones son antiguas, y a veces ya nadie las recuerda, pero están ahí.
Cuando ves algo aquí que parece estúpido, casi siempre es porque aún no lo entiendes —hizo una pausa—.
No siempre. La regla sobre las mujeres es estúpida. Pero casi siempre.
Nate guardó silencio un buen rato.
—Mi padre solía decir algo parecido —dijo al fin—. Tenía una ferretería. Siempre venía gente con alguna idea para arreglar su casa, algún atajo, y él les dejaba explicarse, y luego decía: «Bueno, antes de tirar la valla, quizá te convenga averiguar por qué alguien la puso».
—Tu padre era un hombre sabio.
—Mi padre quebró dos veces y vendía pintura a gente que no podía pagarla. —Nate esbozó una leve sonrisa—. Pero sí. Lo era.
Haifas asintió lentamente. Luego metió la mano en un pliegue de su túnica, sacó algo y se lo puso en la palma.
Era una granada pequeña, partida por la mitad, con las semillas reluciendo como granates a la luz de la lámpara.
—De parte de Mahbuba —dijo Haifas—. Me la debía. Por haber sobrevivido. Creo que deberías quedarte con la mitad.
La comieron juntos en la cornisa, escupiendo las semillas a la oscuridad, mientras abajo las cabras se acomodaban en sus corrales y el Presidente, en algún lugar entre ellas, soltaba un último balido en la noche, con un deje de enorme satisfacción.
A la mañana siguiente, Nate fue al corral de las cabras y le pidió a Yusuf que le enseñara el camino. El de verdad, el lento, con cada parada y cada arbusto espinoso.
—De acuerdo, mudir —dijo Yusuf con su sonrisa mellada—. Cuidado con el hueco.
Y Lina, que no le había dirigido ni una palabra en diez días, alzó la mano, tomó la suya y lo condujo hasta la puerta.