Piedra y arena CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

El Trato

Un camello que se vende de noche se vende dos veces.

PROVERBIO DEYRANÍ

—Haifas —dijo ella cuando él despertó de nuevo—. Mi nombre. Acabo de darme cuenta de que no te lo había dicho. Mahbuba dice que tengo los modales de un escorpión.

—Haifas —repitió Nate. Era suave y algo aspirado, la h del principio casi un suspiro—. Es un nombre precioso.

—Es un nombre extraño. Aquí no hay nadie más que se llame así. Mi madre lo creó a partir de dos palabras antiguas. Significa algo así como... —frunció el ceño—. El viento pequeño que precede al grande. El que te avisa de que recojas las cabras.

—Una advertencia.

—Sí. Una advertencia —se le torció la boca—. Mi madre tiene sentido del humor. No muy bueno. Pero lo tiene.

—¿Y ese «aye»? ¿De dónde viene?

—De mi padre —lo dijo con ligereza, pero se le pararon las manos sobre la tela que estaba doblando—. Thomas Wren. Era de Escocia. De una ciudad llamada Inverness. ¿La conoces?

—Conozco Escocia. He estado en Edimburgo.

Se le transformó la cara entera. Fue como ver a alguien abrir una ventana de par en par.

—¿Has estado en Edimburgo? ¿De verdad? ¿Es cierto que el castillo está sobre un volcán extinto?

¿Es cierto que llueve todos los días, incluso en verano?

¿Comiste haggis? Mi padre decía que el haggis era la mejor comida del mundo, y luego decía que mentía, y nunca supe cuál era la broma.

—Sí, sí, más o menos, y sí, una vez, y... —Nate se lo pensó—. Las dos. Las dos son la broma.

Haifas se rio. Fue una risa repentina, de sorpresa, demasiado fuerte para la pequeña habitación de piedra, y se tapó la boca con una mano como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido. Por encima de los dedos, le brillaban los ojos.

—Tu padre —dijo Nate con cautela—. ¿Vino aquí? ¿Desde fuera?

—Hace treinta años. Estaba haciendo mapas. Antiguas rutas de caravanas, las que ya nadie usa. Su camello murió y se le acabó el agua, y la Guardia lo encontró, igual que te encontramos a ti —alisó la tela sobre la rodilla—. Bebió de la cisterna.

—Y se quedó.

—Se quedó —una pausa—. Se casó con mi madre.

Me tuvo a mí. Me enseñó inglés, y le enseñó a Mahbuba las palabrotas, y le enseñó a la mitad de los niños de Deyra a jugar a un juego llamado fútbol con un balón hecho de pelo de cabra, cosa que los ancianos aún no han perdonado.

Excavó una habitación en el lado este y la llenó con sus libros y sus mapas —otra pausa, más larga—.

Murió cuando yo tenía once años. Una enfermedad en el vientre.

Mahbuba dijo que un cirujano en una ciudad podría haberla extirpado en una hora. No tenemos cirujano. No tenemos ciudad.

Nate no sabía qué decir. Dijo:

—Lo siento.

—Fue hace mucho tiempo —Haifas se levantó bruscamente y sacudió la tela—. Ven. Ya tienes fuerzas para caminar un poco. Hay alguien que quiere conocerte. Y primero, hay alguien a quien deberías visitar.

Habían enterrado a Eli en el Muro Silencioso.

Así lo llamaba Haifas: una pared escarpada de piedra pálida en el extremo norte del cañón, donde los jardines daban paso a la roca desnuda y el canal de agua desaparecía de nuevo en la montaña.

El muro estaba cubierto de pequeños nichos en arco, fila tras fila, que ascendían más alto de lo que Nate alcanzaba a ver.

La mayoría estaban sellados con piedras planas encajadas con tanta precisión que apenas cabía una uña en la juntura.

Muchos tenían símbolos tallados que él no reconocía: espirales, estrellas, líneas onduladas como agua.

El nicho de Eli estaba a la altura de los ojos, cerca de la base. La piedra que lo sellaba era más nueva y más clara que las demás. Alguien había tallado en ella una imagen, sencilla y nítida: un pájaro con las alas desplegadas.

—Eso lo hizo Idris —dijo Haifas en voz baja—. Es nuestro maestro tallador. Le conté que tu amigo se ganaba la vida volando, y pensó que un pájaro era lo apropiado. Si no está bien, lo cambiará.

—Está bien —Nate tenía un nudo en la garganta—. Es perfecto.

—¿Y el otro? ¿El que se quedó con la máquina voladora?

—Ray.

—Idris también talló una piedra para él. Allí —señaló. Junto al nicho de Eli había otro, vacío, sellado con una piedra que mostraba el mismo pájaro, pero con las alas plegadas, como en reposo—. No hay nadie dentro. Pero no parecía bien que no tuviera un lugar.

Nate apoyó la palma en la piedra de Eli. Estaba fresca y lisa. Se quedó allí mucho rato, buscando algo que decir, y al final solo dijo:

—Se lo diré a Rosie. Te lo prometo. Le diré que la saludaste.

A su espalda, Haifas murmuró algo en su idioma. Cuando se volvió, ella estaba de pie con la cabeza inclinada y la palma derecha apoyada en la roca de la pared del cañón.

—¿Qué significa eso? ¿La mano sobre la piedra?

—Es como saludamos a los muertos. Y a los vivos, a veces, cuando importa. La piedra guarda a todos. Así que cuando tocas la piedra, los tocas a ellos —bajó la mano—. Es cosa de niños. Supongo que yo aún me lo creo.

—Creo que yo también —dijo Nate, y lo decía de verdad.

La Amma de Deyra lo recibió en una estancia excavada en lo más alto del cañón, a la que se accedía por una escalera tan larga y empinada que Nate tuvo que pararse dos veces a apoyarse en la pared y recuperar el aliento mientras Haifas esperaba con visible impaciencia.

Era la estancia más grande que había visto hasta entonces.

Redonda, con un techo abovedado perforado por un anillo de siete tragaluces, de modo que siete pilares de sol se alzaban en círculo en el centro del suelo como las columnas de un templo.

Las paredes estaban talladas de suelo a techo en un único relieve continuo: camellos, palmeras, estrellas, agua, gente, una gran procesión enmarañada de figuras que rodeaba la estancia y ascendía en espiral, contando una historia que Nate no sabía leer.

Cinco personas se sentaban en cojines a lo largo de la pared curva frente a la entrada. Cuatro eran hombres, tres ancianos y uno joven. La quinta, en el centro, era una mujer.

Rondaría los sesenta, alta aun estando sentada, con un cuello largo y elegante y un rostro de halcón: pómulos afilados, mirada penetrante, sin asomo de sonrisa.

Llevaba el cabello oculto bajo un pañuelo azul oscuro con bordados de hilo plateado en los bordes.

Las manos le descansaban en el regazo, perfectamente quietas.

Tenía las mismas cejas marcadas que Haifas, la misma boca ancha. Los ojos, negros.

—Mi madre —murmuró Haifas—. Nuriyah. La Amma. No digas estupideces.

—Define estupidez.

—No digas nada.

La Amma observó a Nate largamente. Había comparecido ante comités de inversión, juntas de urbanismo y una memorable auditoría fiscal en Portugal, pero nunca se había sentido tan minuciosamente escrutado.

Era como si ella lo leyera igual que uno de los relieves de las paredes, figura por figura, desde las sandalias prestadas hasta el corte suturado en la frente.

Entonces habló, en voz baja y clara, en deyraní.

El hombre sentado a su derecha respondió.

Nate lo reconoció con un vuelco en el estómago: era el hombre alto del desierto, el del bastón.

Sin el velo parecía más joven de lo que había pensado, de unos treinta y tantos, apuesto de un modo austero, con barba negra recortada y un rostro que parecía diseñado expresamente para fruncir el ceño.

Habló largo y tendido, señalando una vez hacia Nate con la mano abierta, un gesto que de algún modo transmitía que Nate era tan bienvenido como un escorpión en una bota.

—Ese es Harun —murmuró Haifas—. Mi primo. Es el jefe de la Guardia. No le caes bien.

—Eso ya lo pillé en el desierto.

—No le cae bien nadie de fuera. No te lo tomes como algo personal —pronunció la última palabra con cuidado, con evidente satisfacción.

La discusión continuó. Los tres ancianos añadieron comentarios.

La Amma escuchaba y de vez en cuando formulaba alguna pregunta.

Nate seguía de pie en el centro de la sala, bajo un haz de luz solar, con la sensación de ser un novillo en una subasta de ganado.

No entendió ni una palabra. De vez en cuando alguien lo miraba y decía algo, y los demás asentían o se reían.

Al cabo de diez minutos, ya no pudo más.

—Disculpen —dijo—. Lamento interrumpir. Pero dado que esto parece tratarse de mí, ¿podría alguien…?

—Lo sabemos —dijo la Amma en inglés.

Era un inglés perfecto. Era, de hecho, inglés escocés, con las vocales redondeadas y la r levemente vibrante, y oírlo brotar de aquel rostro de halcón, enmarcado en plata, completamente extranjero, resultó tan desconcertante que Nate retrocedió un paso.

—Sabemos que no entiendes —continuó la Amma—.

Harun piensa que es bueno para ti no entender.

Dice que un hombre que ha caído del cielo debería aprender humildad antes que cualquier otra cosa —una ceja se alzó apenas un milímetro—.

Tiendo a darle la razón. Pero también soy impaciente, y me estás tapando la luz.

Harun soltó algo breve y agrio. La Amma respondió sin mirarlo, y a Harun se le tensó la mandíbula.

—Mi sobrino —le dijo a Nate— habla inglés tan bien como yo. Simplemente prefiere no hacerlo.

—¿Porque me fastidia? —preguntó Nate.

—Porque te fastidia —confirmó la Amma. Por un instante, algo parecido a la diversión le asomó a la comisura de los labios. Luego desapareció—. Siéntate.

Trajeron un cojín. Nate se sentó con cuidado, protegiéndose las costillas.

—Mi hija te ha dicho dónde estás —dijo la Amma—. Te ha explicado nuestra ley.

—Me dijo que no puedo marcharme.