Piedad Capítulo diecinueve #3
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Capítulo diecinueve #3

—Esperaba que lo vieras. Esperaba que lo descubrieras, pero no podía arriesgarme a que descubrieras demasiadas cosas. Y ahora esto —golpeó el volante—. Estábamos tan jodidamente cerca.

Sade se desplomó contra la puerta, con el cuerpo entumecido, excepto por ese dolor en el pecho. Quería abrirse el pecho y apuñalarse el corazón una y otra vez hasta que dejara de latir.

—Escucha —dijo Kane después de un rato—. Voy a dejaros a ti y a Bo y me iré, no puedo permitir que Mercy sepa que estoy vivo. No hasta que termine con Satán. Así que necesito que no se lo digas. Necesito que esperes allí y no te muevas. Si algo me pasa, te avisarán. ¿Puedes con eso?

Maldición.

—Puedo, sí. Me alegra saber que no nos vas a matar.

—¿Por qué os rescataría para mataros?

Sade se encogió de hombros.

—Pensé que tal vez nos llevabas a algún lugar especial.

—Tenía planes, pero no exactamente estos. No te preocupes, tengo muchos planes de reserva. Esto aún no ha terminado, hijo. No hay vuelta atrás, o lo damos todo o morimos. Puedes estar seguro de una cosa. Mi vida es para Mercy, tu madre y tú. Eso no ha cambiado y nunca lo hará.

Sade lo miró, desconcertado, mientras una esperanza imposible surgía en él.

—¿Eres... mi verdadero padre?

Kane le lanzó una mirada y luego fijó la vista con dureza en la carretera.

—No voy a mentir. Muchas veces deseé serlo.

Sade dejó caer la cabeza hacia atrás en el asiento. Realmente no importaba. No era un padre lo que echaba de menos.

—Ella va a estar tan feliz de que estés vivo. Te quiere de verdad.

—Sí, casi tanto como te quiere a ti —dijo, con tono ofendido.

El corazón de Sade se encendió y se desbocó con esas palabras increíbles.

—No puedo... entender por qué —susurró.

—Yo tampoco.

Su tono ofendido era suave y probablemente lo más cercano a la amabilidad verbal que conseguiría de aquel hombre. Lo cual era suficiente para Sade.

—Pero con Mercy —dijo—, no podemos prometer nada sobre la vida. Ella ya lloró mi muerte una vez y prefiero dejarlo así hasta que esto termine. Me había vuelto demasiado valioso y ese hijo de puta de Abraham me quería vivo. Que yo siguiera vivo se volvió peligroso para Mercy.

Abraham. El nombre le sonaba familiar.

—¿Quién es ese?

—El hermano del tipo que dirige la mayor red de trata de personas del mundo —se encogió de hombros—.

Probablemente está más cabreado porque le ensucié la alfombra que porque le corté la polla a su gemelo.

O quizá está tan quisquilloso porque se comió la asquerosa polla sin saberlo en la cena, quién sabe.

Es otra razón por la que estoy operando desde la tumba.

Algunas cosas son más fáciles de hacer cuando estás muerto.

Sade no pudo evitar sonreír. Realmente le caía bien este tipo.

El padre de su mujer, de entre todas las malditas cosas.

Una sacudida de asombro le recorrió el cuerpo al darse cuenta de que estaba a punto de ver a Mercy de nuevo.

Joder, de verdad había creído que no iba a volver a verla. Eso era casi un hecho dado su karma.

—Confío en ti con ella —dijo Kane. Pero sus palabras llevaban una clara advertencia.

—Morir por ella es tan fácil como respirar.

—Sí, bueno, no te hagas el maldito héroe, ella te necesita vivo, no muerto. ¿Estamos claros? Se acabaron las hazañas de lobo solitario.

La ira en su tono provocó una extraña calidez en Sade.

—Muy claros, señor.

—Bien. Y lo mismo para Bo. Y para que lo sepas, es tu medio hermano.

—¿Qué? —susurró.

—Es hijo de tu padre biológico, de cuando era joven y dejaba que sus mujeres quedaran embarazadas. Su intención era… —Kane se detuvo y negó levemente con la cabeza—. Da igual cuáles fueran sus putas intenciones, no eran buenas.

—¿Él lo sabe? —Sade señaló a Bo con un gesto de la cabeza.

—No estoy seguro, pero lo dudo. Puede que se lo mencionaran como rumor y él prefiriera quedarse con la versión buena.

Una punzada de dolor le atravesó el estómago al pensar si por eso Bo se esforzaba tanto con él. Todo aquello hacía que se sintiera como un puto imbécil. Un ser humano inútil.

—No te castigues, no tenías ni idea.

—Ya, bueno, aunque no lo fuera, podría haber tenido más…

—¿Empatía? ¿Compasión? Mira, a todos nos vendría bien un poco de esa mierda, pero en tu mundo esas cosas no se van mostrando por ahí.

Haces lo que tienes que hacer y proteges lo bueno, o te lo arrancan del pecho junto con el alma.

Así que no te sientas tan culpable. Te tocó una vida de mierda y controlaste a tus monstruos bastante bien, creo yo.

Controlar a sus monstruos. Eso era exactamente lo que había hecho. —Estoy harto de controlar monstruos, de mantenerlos a raya, de intentar apaciguarlos.

—Eso está a punto de ser mucho más fácil.

—¿Y qué pasa con lo de dentro? Aunque muera veinte veces, el cabrón seguirá atormentando mi cuerpo. Con todo lo que he bailado, luchado e intentado, sigo siendo un prisionero, y cualquiera que se acerque corre el riesgo de contagiarse de la misma puta enfermedad que tengo yo.

—Bueno, si puede romperse, puede arreglarse —dijo, imperturbable.

Sade ni siquiera entendía cómo aquello podía ser remotamente posible, pero aceptó las palabras en aquel segundo miserable.

Necesitaba algo a lo que aferrarse y estaba tan desesperado que se agarraría a cualquier cabo con tal de mantenerse a flote.

Pero había una cosa que no estaba dispuesto a hacer: contaminar a Mercy con su mierda.

Su idea original de usar la bondad de ella para alimentar sus adicciones le quemó por dentro con una vergüenza repugnante.

Necesitaba protegerla de ellas. Protegerla de él.

No arrastrarla a probar algo que podría acabar destrozándole ese jodido y hermoso corazón.