Piedad Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

Mercy iba y venía mordiéndose la uña del pulgar.

Día dos. Él dijo que volvería y no había vuelto.

Cualquier escenario posible indicaba que había tenido tiempo de llegar, a menos que hubiera tenido problemas.

Ya estaba imaginando su cuerpo flotando en el río.

No podía esperar, se moriría, ¿y si él la necesitaba?

¿Y qué si ella moría? ¿Cómo coño iba a vivir sin él y sin su padre?

No podía. No quería.

Mercy agarró las llaves y el bolso, voló hacia la puerta y la abrió. Como un sueño imposible, Sade estaba allí. Habría pensado que era un fantasma de no ser porque estaba tan maltrecho y sostenía a un Bo desplomado, con aspecto de medio muerto.

—¡Dios mío! —jadeó, cubriéndose la boca—. ¡Iba a buscarte! ¡No podía esperar más! ¡Ya no me importa lo que digas, maldita sea!

Corrió hacia él y se metió bajo su brazo para ayudarlo a entrar.

Cojearon hasta el sofá y tumbaron a Bo, que temblaba, sobre él.

—¿Qué le pasa? —susurró.

—Electrocución, creo.

—Dios mío —se volvió hacia él y lo examinó—. Tienes que acostarte —jadeó mientras lo llevaba al pequeño dormitorio.

Él no discutió mientras ella lo ayudaba. Se sentó en la cama y la atrajo hacia su regazo, abrazándola con fuerza, con el rostro hundido en su cuello.

—Estaba a punto de irme —dijo con la voz entrecortada—. Iba a buscarte.

—Lo prometiste —susurró él.

—¡Me importa una mierda lo que prometí, iba a ir!

—lloró—. ¡No volverás a dejarme atrás, ¿me oyes?

! ¡No vuelvas a pedirme eso nunca! Prefiero morir contigo que morir separada de ti —gimió, soltándolo todo por fin—.

Tenía tanto miedo de perderte. ¡Miedo de que murieras sin que yo estuviera contigo!

Dios mío, ¿cómo has llegado siquiera hasta aquí?

Él gimió y se tumbó, llevándola consigo.

—Hice autoestop. Caminé un trecho —lentamente la cubrió con su pierna y la atrajo contra su pecho—. Mercy —susurró, ya medio inconsciente—. Te eché tanto de menos. Parece que han pasado... años desde que te toqué —murmuró, apenas consciente ya.

—Shhh —susurró, buscando un lugar donde acariciarlo que no estuviera magullado. Eligió su pecho—. Estoy aquí, no me moveré nunca más.

Acurrucó la mejilla contra su pecho.

—Te quiero —susurró.

****

Lo primero que despertó a Sade fue el olor a beicon.

Abrió los ojos con esfuerzo y el dolor le recorrió la cara para luego extenderse por todo el cuerpo, recordándole el daño sufrido.

Girar la cabeza ligeramente desató una oleada de agonía que lo hizo replegarse en posición fetal por dentro, donde se refugió en la oscuridad hasta que pasó la tormenta.

Pero la tormenta duró un buen rato, con Mercy apareciendo de vez en cuando entre las olas oscuras, obligándolo a beber algo caliente. Eso era todo lo que sabía. Recordaba a Bo cada vez que salía a la superficie y quería preguntar, pero no podía.

El olor de algo dulce lo despertó de nuevo, junto con un dolor en la ingle.

Llegaron fragmentos de memoria; el más importante, Mercy.

Ella estaba con él. Cuidándolo. Y a Bo. Pero ¿dónde estaban?

Abrió los ojos y soltó un suspiro al notar poco dolor.

Sin duda ella lo estaba medicando. Miró a la izquierda y entrecerró los ojos ante la habitación infantil extrañamente familiar. ¿Dónde demonios estaba?

Le vino todo de golpe. Su habitación. Cerró los ojos mientras un dolor denso le irradiaba por dentro. Estaba en la cama de su infancia. En la casa de su infancia.

La puerta se abrió y el corazón le dio un vuelco al ver a Mercy entrar con algo en los brazos.

¿Ropa? Se dio cuenta de que estaba desnudo.

Mierda, era la vejiga lo que lo estaba matando.

Esperó a que ella mirara hacia él, con el pecho ardiendo de un hambre desesperada por sentirla de cualquier forma.

Ella pareció notar su mirada y volvió los ojos hacia él.

El corazón de Sade casi le estalla al ver las lágrimas que brotaron de inmediato en sus preciosos ojos verdes.

Ella se apresuró y apoyó la cabeza en su pecho, exactamente donde él la quería.

Se quedó así, ambos en silencio mientras él le acariciaba la cabeza y el cuerpo hasta donde le alcanzaban las manos.

Ella finalmente levantó la vista y lo besó por toda la cara, con las lágrimas aún cayéndole y dejando escapar leves gemidos.

Sus dedos lo acariciaban con una ternura...

nunca había sentido nada más celestial. Nunca.

Entonces le sostuvo el rostro, mirándola fijamente a los ojos antes de atraerla hacia sus labios para un beso suave y prolongado. Solo se detuvo por el dolor.

—Necesito ir al baño.

—Traeré algo —dijo ella.

Él la sujetó del brazo y ella se volvió.

—Ayúdame a llegar al baño.

—¿Estás seguro? —se bajó de la cama y lo ayudó a sentarse—. Claro que estás seguro.

—¿Cómo está Bo? —preguntó mientras apoyaba el peso en los pies para comprobar cuánta fuerza tenía.

—¡Está mucho mejor! —susurró—. Todavía no camina, pero ya come por su cuenta.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

—Llegaste hace dos días. Tuve que ir al pueblo a comprar suministros, aquí no había nada para cuidar de dos cuerpos maltrechos. Usé efectivo y no hablé con nadie —le aseguró al ver su preocupación—. ¿Dijiste que nadie conoce este lugar?

Él negó con la cabeza, pero la expresión de ella decía que pensaba lo contrario.

—Nadie —añadió con énfasis.

—Vale —susurró, pero el escepticismo era evidente.

Sade no tenía ganas de explicar nada todavía; su vejiga exigía toda su atención.

—Debería haberte puesto una sonda, lo siento —susurró al verlo hacer una mueca—. Tendrás que ir desnudo, tu ropa está limpia pero no te la he puesto.

Sade habría sonreído ante lo obvio, pero necesitaba demasiado el maldito baño. Por fin llegó y apoyó una mano en la pared, con todo el cuerpo temblándole por el agotamiento del corto trayecto. Vaya. Estaba jodido.

—Voy a prepararte un baño caliente, eso te ayudará a curarte más rápido. Tengo lo que hace falta, pero está arriba.

¿Arriba? Para su cuerpo, era como la maldita luna.

—Considéralo fisioterapia de camino. Te ayudo.

Suspiró y se dejó guiar. Le encantaba que ella lo calara tan bien casi siempre, pero para cuando llegaron arriba, la detestaba. —Dios santo, mujer. ¿Así te ganaste el nombre? —jadeó.

—Lo siento mucho —se lamentó, sin dejar de empujarlo—. No pares ahora, ya casi estás. ¡Tú puedes, Rocky!

—Si me caigo por las escaleras, te arrastro conmigo —advirtió, sin aliento.

—Te dejo que recuperes el resuello y luego seguimos hasta la bañera.

—El puto Everest, toma ya —jadeó—. Joder, estoy empapado en sudor.

—Deja de quejarte como un crío —se rio, metiéndose bajo su brazo para el resto del camino.

Sade no discutió; necesitaba el apoyo. Se sentó en el borde de la bañera en cuanto llegaron al baño, a punto de desmayarse.

—Tienes una pinta horrible —exclamó ella.

Ladeó la cabeza y la encontró mirándolo con el ceño fruncido, las manos en las caderas mientras corría el agua. Recordó al padre de ella y cerró los ojos. Tenía tantas ganas de contárselo. Era como si tuviera el poder de resucitar a su padre de la tumba y no pudiera usarlo.

—En realidad no tienes tan mala pinta —lo tranquilizó, acercándose para colocarse entre sus piernas.

Se aferró al cuerpo menudo de ella y hundió el rostro en su estómago mientras le acariciaba la espalda. Dejó escapar un gemido profundo de satisfacción y necesidad.

—¿Me echaste de menos? —susurró ella, acariciándole toda la cabeza.

Él se limitó a frotar el rostro, la boca y la frente contra ella a modo de respuesta.

—Me lo tomaré como un sí —las palmas de ella le recorrieron los hombros y la espalda, haciéndolo estremecerse—. Vamos a meterte en la bañera —susurró.

De nuevo, no discutió. Estaba listo para recuperar fuerzas. Esta mierda de estar tan débil era insoportable. Era demasiado vulnerable sin fuerzas cuando necesitaba protegerla a ella y a Bo.

Se metió en el agua caliente y soltó un gemido.

—Espero que te siente bien —dijo ella, echando varios tapones de un aceite en el agua—. Dicen que esto va bien para las lesiones, que es un analgésico natural. Huele fatal, pero dicen que funciona.

—Eucalipto —murmuró, respirando hondo—. Me encanta.

—Desde luego, o lo amas o lo odias —lo mezcló en el agua y luego le dio un paño—. Por si quieres un poco de intimidad.

Él la miró con curiosidad. —¿Tú sí?

—No —le aseguró—, solo... te estoy dando la opción, eso es todo. Ah —dijo, levantando las cejas—. Tengo una sorpresa. Voy a buscarla y de paso echo un vistazo a Bo.

Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, poniéndose el paño sobre la cara.

—Vale, ahora vuelvo —dijo ella—. ¿Tienes sed?

Negó con la cabeza, demasiado cansado para hablar. Sin fiarse de lo que pudiera decir, en realidad. Ella estaba... nerviosa con él. Como si ocultara algo.

Regresó con una bandeja y la dejó. —Fui a la biblioteca del pueblo, tranquilo, pagué en efectivo, y conseguí...

esto —se giró mostrándole dos libros—. ¡Tachán!

¡Un terror erótico y un romance ñoño! —levantó uno—.

Please Don't Leave Me, de Anita Lover, yyy —levantó el otro—, The Pain Seekers de Lady Dom.

Dio unas palmaditas en el borde de la bañera y ella se acercó a sentarse, pero enseguida se levantó de un salto con un oh. Dejó los libros junto a la bañera, fue a la bandeja y volvió con un cuenco y una cuchara. —La sopa alimenta, sobre todo la mía.

Sade la miró fijamente, hambriento de todo menos de sopa. También necesitaba que le confirmara algunas cosas. —¿Puedo verte?

Ella lo miró desconcertada.

—Entera. No tengo hambre. De comida.

Ella dejó la sopa y mostró todas las señales que le hicieron un nudo en el estómago.

—No pasa nada —dijo, volviendo a ponerse el paño sobre la cara.

—No, no me importa, es solo que no quiero...

Se quitó el paño para verle la expresión.

Confundida. Insegura. Incómoda. Asustada.

El estómago le ardió mientras se volvía a poner el paño en su sitio.

Ella estaba teniendo dudas. No era ninguna sorpresa.

No la culpaba. Había tenido tiempo para poner en orden sus ideas, seguro, y quizá se había dado cuenta de que se había metido en un lío demasiado grande con su proyecto de caridad.

—Prefiero estar solo, por favor —murmuró tras el paño.

Ella guardó silencio antes de conseguir soltar con tono despreocupado: —¿Estás seguro?

Así que no iba a insistir. —Muy seguro. Gracias. Quizá luego lo de la lectura.

—Vale.

Se le hizo un nudo en el estómago al oír el dolor en su voz. Ella todavía estaba luchando con esos sentimientos de empatía. Las malditas cosas eran difíciles de quitarse de encima para un ángel. Tendría que echarle una mano.

—Cuida de Bo —dijo él.

—Eso hago —respondió ella a la defensiva.

—No quería insinuar que no lo hicieras —murmuró—. Lo que quiero decir es que no te preocupes por mí, estoy bien.

—Bueno... lo siento, pero me preocupo por ti —dijo desde la puerta—. Tendrás que aguantarte.

Entonces, ¿por qué se iba? Sade suspiró cuando la puerta se cerró. Iba a complicarlo todo más de lo necesario. Quizás solo estaba afectada por todo lo ocurrido. Quizás él necesitaba darle un maldito respiro, una oportunidad de demostrar que no se arrepentía de... estar con él.