El principio del fin
Los meses pasaron despacio después de eso.
Laura trabajó donde pudo. Limpió casas. Sirvió mesas. Jamás pudo volver a coser, lo odiaba. Aprendió a sacar adelante a su hijo sola mientras intentaba entender quién era ella cuando nadie la vigilaba, pero el pasado nunca desapareció del todo.
Había noches en las que seguía despertando sobresaltada. Otras en las que recordaba los pasillos del centro con una claridad insoportable. Y algunas veces, mientras caminaba por la calle, creía reconocer rostros que pertenecían a otra vida, mirando siempre hacia atrás imaginando que la perseguían.
Una de esas noches pasó algo.
A la mañana siguiente los informativos abrieron con una noticia espeluznante: ayer, una muchacha se había tirado desde la ventana del centro donde estaba internada.
Enseguida las asociaciones de mujeres que ya se habían formado en ese tiempo, buscaron responsables de aquel acto y se encontraron con la cruda realidad. Aquel no fue un hecho aislado. No se conocía lo que dentro de aquellas paredes estaba sucediendo, hasta ese momento.
No pudo soportarlo. Estaba desesperada. Le habían quitado a sus hijos y la habían desposeído de su dignidad en todos esos años, y ya no aguantó más.
Era Alicia.
¿Se tiró? ¿La empujaron? ¿Se cayó? ¿Resbaló?
Esas y otras preguntas comenzaron a salir en más noticias. Mujeres. Testimonios. Historias parecidas a la suya. Bebés robados. Más centros diseminados por todo el país. Castigos. Silencios…
Laura leyó cada artículo como si estuviera leyéndose a sí misma. Y comprendió algo terrible: había cientos de casos. Miles de mujeres repartidas por todo el país intentando entender qué les habían hecho realmente.
Fue entonces cuando empezó a buscar. Primero nombres. Después lugares. Antiguos registros. Cartas. Recortes de periódico. Y finalmente a ellas.
Las supervivientes.
Algunas no querían hablar. Otras lloraban antes incluso de terminar la primera frase. Muchas seguían sintiendo vergüenza, como si la culpa todavía les perteneciera. Otras ni siquiera querían hacerse notar, o que se hablara de ellas.
Laura no tardó en comprender que el sistema había sobrevivido precisamente gracias a eso: al silencio.
Y ella decidió romperlo.
Cuarenta años después de aquellos pasillos, volvió a pronunciar en voz alta el nombre del centro por primera vez. Y al hacerlo sintió que algo temblaba dentro de ella, pero… ya no era nada que se pareciera al miedo.
Era memoria.
Y esta vez no pensaba callarse nunca más.