Impulso
La segunda huida no tuvo nada que ver con la primera.
La primera nació del impulso, del miedo. De la necesidad desesperada de salir corriendo sin pensar en nada más.
La segunda nació de la certeza de querer salir de allí. Ya.
Laura conocía muy bien el sistema. Sabía cómo funcionaban los turnos, cuánto tardaban las monjas en hacer las rondas, qué puertas se cerraban del todo y cuáles no encajaban bien.
Pero, sobre todo, ya sabía algo mucho más importante: si seguía allí, terminarían rompiéndola por completo.
Y esta vez no estaba dispuesta a permitirlo.
La noche que escapó volvió a llover; como si el mundo insistiera siempre en acompañar las desgracias con el mismo escenario.
Corrió durante mucho tiempo, sin mirar atrás, sin detenerse. El barro se pegaba a los zapatos y la respiración se le rompía dentro del pecho, pero no frenó. No podía hacerlo. Sabía demasiado bien lo que ocurriría si la encontraban otra vez.
Pasó varios días moviéndose de un sitio a otro. Estaciones. Carreteras. Pensiones baratas donde nadie hacía preguntas si pagabas por adelantado. Aprendió a mentir sobre la edad, sobre el nombre y sobre cualquier cosa que pudiera ponerla en peligro.
Fue en una de aquellas noches cuando lo conoció. Él no parecía peligroso al principio. Ninguno lo parecía nunca.
Tenía esa facilidad para hablar de la que Laura había aprendido a desconfiar, pero también algo más: sabía reconocer el hambre ajena. La invitó a comer. Después le ofreció una habitación durante unos días. Y Laura, agotada y sola, aceptó.
No fue amor, ni siquiera algo parecido. Fue cansancio… y pura necesidad. Y esa forma que tienen algunas personas heridas de agarrarse a cualquier cosa que parezca un poco menos hostil que el vacío.
Los primeros días creyó que quizá podría funcionar. Él desaparecía durante horas, a veces, durante días enteros, pero cuando estaba sabía mostrarse atento. Incluso amable.
Hasta que dejó de serlo.
Laura empezó a entender demasiado tarde quién era realmente aquel hombre. Pero para entonces ya estaba embarazada.
Cuando él lo supo, la miró de una forma distinta. No con alegría. Tampoco con miedo. Como quien descubre algo que puede utilizar.
Fue él quien habló primero del matrimonio. No era por amor, tampoco era por el niño. Lo hizo porque una mujer embarazada y casada resultaba más útil para ciertas apariencias.
Laura lo entendió enseguida. Sabía que si estaba casada nadie podía volver a encerrarla.
Sabía a lo que se enfrentaba. Y aun así aceptó porque todavía seguía creyendo que casarse significaba salir definitivamente del control institucional. Como si un papel pudiera convertir de pronto la vida en algo distinto.
Pero la libertad seguía sin parecerse a lo que había imaginado.
Las discusiones comenzaron poco a poco. Después llegaron los golpes contra las puertas, los gritos, el olor constante a alcohol y las noches en las que él volvía cubierto de sangre o con los nudillos abiertos.
El matrimonio no cambió nada.
Él entraba y salía constantemente de la cárcel. Pequeños robos. Peleas. Ajustes de cuentas que Laura nunca terminaba de comprender del todo. Aprendió a no preguntar. A recoger silencio igual que otras mujeres recogían la ropa tendida.
El niño nació en medio de aquella vida rota.
Y sin embargo, ocurrió algo que ella no pudo prever.
Laura no sintió miedo ante la llegada de lo inesperado.
Se sabía una mujer fuerte, decidida, pero aquella circunstancia por la que estaba pasando en ese momento la confundió del todo; y por primera vez en muchos años, sintió algo distinto cuando tuvo a su hijo en brazos: responsabilidad.
No quería que creciera aprendiendo el mismo miedo que ella había conocido. No quería que heredara aquella violencia. Y quizá fue entonces cuando empezó realmente a cambiar.
El día que mataron a su marido hacía frío. Dos hombres fueron a buscarlo a un bar. Nadie explicó demasiado. Nadie preguntó tampoco. Lo encontraron horas después en un descampado, medio muerto a golpes.
Laura recibió la noticia sin llorar. Se quedó sentada mucho tiempo mirando la pared mientras su hijo dormía en la habitación contigua.
Y por primera vez desde que era una niña, entendió algo con absoluta claridad.
Toda su vida había llevado la libertad como bandera, pero le habían inculcado el miedo a ser libre.
El centro, las monjas, los castigos, la familia, el status, incluso la violencia. Todo. Todo eso, se quedó en el pasado.
Estaba cansada. Terriblemente cansada.
Aquella noche tomó una decisión silenciosa. No volvería a sobrevivir. A partir de ese momento iba a vivir su propia vida en libertad.
No estaba dispuesta a que nadie nunca más se la volviera a arrebatar.