Entrega
La mañana comenzó como cualquier otra, pero algo en el aire no terminaba de encajar.
No fue un ruido distinto ni una orden fuera de lugar.
Fue una de esas alteraciones casi imperceptibles que se cuelan en la rutina y la deforman sin romperla del todo.
Las monjas hablaban más de lo habitual entre ellas, se detenían en los pasillos un segundo más de lo necesario, intercambiaban miradas que no estaban dirigidas a las muchachas, sino a algo que aún no había sido nombrado.
Las chicas lo notaron. Siempre lo hacían. Cualquier cambio en una disciplina férrea volvía el aire irrespirable.
No sabían qué iba a ocurrir, pero sabían que algo estaba a punto de pasar, y casi nunca era para su bien.
En la sala de costura, las agujas seguían entrando y saliendo de la tela con la misma cadencia de siempre, pero el ritmo ya no era el mismo. Había una tensión leve, sostenida, como si el aire se hubiera vuelto más denso, sin que nadie pudiera explicarlo.
Laura levantó la vista apenas un instante. No necesitó más. Su intuición parecía adelantarse a los hechos. Cuando volvió a bajarla, ya estaba alerta: sus sentidos se agudizaban atentos a cualquier señal que rompiera la rutina.
A media mañana, una monja entró en la sala. No alzó la voz. Se dirigió directamente a uno de los puestos con determinación.
—Tú.
No dijo nombre. Nunca lo hacían. Solo fue acompañado de un leve toque en el hombro. Todas supieron a quién se dirigía. Era Ana.
Y el desconcierto llenó la sala como un grito sordo.
Ana levantó la cabeza despacio. Sus manos se quedaron suspendidas sobre la tela, inmóviles durante un segundo, antes de dejar la aguja con cuidado como si ese gesto fuera lo único que aún podía controlar.
Se puso en pie. No preguntó. No podía hacerlo. Pero su cuerpo sí hablaba. Y en ese momento dijo todo. Se tensó y su respiración se detuvo por un instante mientras sus ojos se abrieron más de lo habitual.
Laura la miró. Alicia también. En sus rostros se dibujaba una mezcla de desconcierto y angustia contenida.
—¡Vamos… muévete! —increpó la monja.
Ana avanzó unos pasos hacia ella. La monja no la tocó, no hizo falta. Ana comenzó a caminar detrás de ella con la cabeza baja sin saber que le iban a hacer.
Salieron de la sala. La puerta se cerró tras ellas con brusquedad. Las demás volvieron al trabajo. Como siempre.
Pero ya nada era igual. Laura no volvió a concentrarse en la costura. Sabía que aquello no era un castigo; no tenía ese aire. Era otra cosa, algo… premeditado, más frío, más ordenado que cualquier castigo que hubieran visto hasta entonces.
Pasó el tiempo —no supieron cuánto— hasta que volvieron a llamarlas a todas.
—En pie —ordenó la monja.
Se levantaron y se colocaron en fila. Sin mirarse: como siempre.
El recorrido no fue hacia la lavandería, ni hacia el comedor, ni hacia la capilla.
Fue hacia la entrada. El mismo lugar, la misma sala. Todo volvía a repetirse. Laura sintió cómo algo se le tensaba en el pecho. Aquello ya lo había vivido antes.
Al entrar, lo comprendió.
Un hombre, allí de pie, frente a ellas, estaba esperando.
Era un desconocido para todas. Sí, para todas, menos para Ana.
Ana estaba allí, a su lado. De pie. Parecía más pequeña que nunca. Pero no era la misma Ana que compartía trabajo con las demás. Estaba más rígida de lo habitual, más contenida, y mucho más asustada que nunca.
El hombre no la miraba con curiosidad, la miraba como si la conociera. Y eso lo cambiaba todo.
Laura lo entendió antes de que nadie dijera nada. No era una elección. No era «el surtido» que habían visto con anterioridad, era algo ya decidido, ya previsto con antelación.
Entonces la monja habló, con voz medida, casi amable.
—Se ha encontrado una solución para ella.
La frase cayó en la sala con una limpieza inquietante, como si no tuviera peso.
—Un hombre de bien —añadió—. Viudo. Con hijos. Necesita ayuda, una esposa que lleve su casa, y ha venido a buscarla… a ella.
La palabra ayuda resonó con una violencia silenciosa.
¡¿Ayuda?!
¿Qué ayuda? ¿De qué tipo? ¿Por qué ha venido a buscarla? ¿A ella? ¿Concretamente a ella?
Las preguntas pululaban en las mentes de las chicas, sobre todo en la de Laura, que apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la piel y pudo sentir el dolor punzante.
El hombre dio un paso. Se acercó lo justo a Ana, aunque no demasiado.
Ana no se movió, pero su cuerpo reaccionó y se tensó aún más. Dio un leve paso atrás, casi imperceptible. Y el miedo se instaló en su rostro.
Nadie dijo nada. Sin embargo, Laura estaba segura de lo que estaba ocurriendo.
La monja continuó.
—Esta es una oportunidad. Una gran oportunidad para ella. Alguien que ya la conoce. Siempre es mejor esto que quedarse aquí.
Alicia sintió cómo algo se le rompía por dentro y el estómago se le revolvió al momento.
Laura no apartó la mirada de Ana, tan asustada que, con un gesto leve, despacio, negaba con la cabeza.
Una vez. Luego otra. No paró de negar mientras sus manos se movían lentamente, torpes, como si intentara construir palabras en el aire para que Laura pudiera entenderlas. Se llevó la mano al vientre y asintió, sin dejar de mirar a Laura.
La monja la sujetó del brazo con firmeza.
—No empieces.
Ana se quedó quieta, pero sus ojos seguían fijos en Laura. Ese segundo fue suficiente, no hizo falta más. Laura lo entendió todo.
El hombre se acercó un poco más, la observó de arriba abajo, sin disimulo. No dijo nada, tampoco necesitaba hacerlo.
La monja asintió mirándole con una complicidad apenas disimulada.
—Se preparará enseguida.
No hubo preguntas ni respuestas. Solo un gesto que a Laura no le pasó desapercibido.
Una de las monjas se acercó y le entregó un sobre al hombre. Él lo tomó sin mirar, como si aquello formara parte natural de la escena. Algo previsto, asumido, esperado.
Entonces Laura sintió el golpe. Firme, certero. No en el cuerpo… fue más adentro. Algo dentro de ella se quebró. Ahora sabía que no las soltaban: las entregaban. Las recolocaban.
Ana intentó resistirse. Dio un paso atrás. Solo uno, nada más. Pero fue suficiente para que dos monjas la sujetaran con rapidez, sin violencia aparente, pero sin dejarle opción.
La mirada de Ana se descompuso en ese instante. Buscó a Alicia, pero ella no pudo sostenerla. Después buscó a Laura.
Laura sí. Laura sabía de su dolor y de lo que significaba para ella que se la llevaran. Y en ese cruce de miradas hubo algo que se les desgarró para siempre. Su corazón se desmoronaba. No hubo despedida de su querida amiga.
Después, Ana desapareció. La puerta se cerró tras ella. El hombre no volvió a mirar atrás. Las monjas retomaron sus posiciones y las chicas… también.
—Volved al trabajo —dijo una de las monjas como si nada hubiera ocurrido.
Caminaron de vuelta a la sala de costura en fila y en silencio.
Nada había pasado, todo seguía igual. Pero el aire ya no era el mismo.
Alicia notaba el pulso en la garganta. Laura no pensaba, medía.
Y por primera vez, lo vio completo. No era solo el encierro.
No era solo el castigo. Era todo un sistema de transacciones económicas lo que había detrás. Ya no había lugar a dudas.
Al sentarse, tomó la aguja y supo algo con claridad. No podían quedarse, pero tampoco bastaba con salir.