Pido Perdón Sospecha
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Sospecha

Las semanas pasaban y las señales eran inequívocas.

No hacía falta contarlas ni nombrarlas. Bastaba con observar un poco más de lo habitual, detenerse un segundo más en los gestos, en la forma en que Alicia sostenía su cuerpo o en cómo, sin darse cuenta, volvía a llevarse la mano al vientre con más frecuencia.

Al principio, nadie sospechó nada.

El trabajo seguía ocupándolo todo. Todo seguía igual en las salas, en el comedor, en la exhaustiva limpieza que las monjas exigían. Nada cambiaba. Todo estaba dispuesto para mantener a las muchachas en ese estado en el que pensar se volvía peligroso.

Pero Laura lo vio. Lo vio antes que nadie.

No fue un solo detalle, fue la suma de muchos: el modo en que Alicia apartaba el plato en el comedor, el leve mareo que la obligaba a apoyarse en la mesa durante apenas un segundo, la respiración más corta, más contenida.

Y, sobre todo, esa ausencia nueva, más profunda que la anterior, como si algo en ella se hubiera apagado definitivamente.

Una mañana, al verla detener la mano en mitad de una puntada, suspirando como si quisiese quitarse un peso invisible de encima, Laura ya no tuvo dudas.

No podía ser otra cosa. Ya la había visto así antes.

Esperó el momento oportuno para hablar con ella. No en cualquier sitio, no con una monja rondando entre las mesas. No sin saber si Alicia podría soportarlo.

Ese día esperó al patio, siempre era el único lugar donde el aire parecía un poco más libre, aunque no lo fuera.

Alicia caminaba despacio, sin rumbo fijo. En las últimas semanas lo hacía sola. No hablaba, no se acercaba a nadie, ni siquiera a ella o a Ana. Deambulaba como si su cuerpo no terminara de encontrar el lugar exacto donde estar.

Ana se acercó primero, en silencio, como siempre. Solo se colocó a su lado y, sin mirarla directamente, le rozó el brazo con suavidad, sin que nadie lo notara. Un gesto leve, pero claro: Estoy aquí, amiga.

Alicia no reaccionó. No reaccionaba a nada desde hacía tiempo. Solo siguió caminando sin prestar atención a nada más, con su mirada perdida en algún punto imposible de localizar.

Laura se unió a ellas unos pasos después. Durante un rato no habló. Se limitó a observarla, a medir cada gesto, cada silencio. Hasta que no pudo más.

—Alicia —dijo en voz baja.

Alicia tardó unos segundos en levantar la mirada, como si le costara reconocerla.

—Te pasa otra vez. ¿Verdad?

No fue una pregunta. Como la vez anterior, fue una nueva afirmación.

Alicia negó con la cabeza.

—No…

Pero la voz no la acompañó. Se quebró al final, apenas perceptible, pero suficiente.

Laura no insistió, pero dio un paso para acercarse más a ella, lo justo para situarse a su lado sin despertar sospechas.

—No, es el cansancio.

Alicia apretó los labios. Durante unos segundos pareció que iba a marcharse, pero no lo hizo. En el fondo sabía que no había lugar más seguro que la amistad de esas dos muchachas.

—No —repitió, esta vez más bajo—. No… Por favor, no me preguntes más.

En ese momento, Ana levantó la mano en un gesto breve. Después señaló hacia la galería. La vigilancia se centraba ahora en ellas.

Laura asintió sin mirarla y volvió a quedarse a la espera. Se alejó unos pasos hasta que el peligro dejó de serlo.

Cuando el paso de una monja se desvió, volvió a acercarse.

—¿Ha sido allí?

La pregunta quedó suspendida.

Alicia cerró los ojos. Y en ese gesto estuvo toda la respuesta. No hizo falta más.

—No pude… —empezó a decir, muy despacio—. No pude hacer nada…

Las palabras salían a trozos, como si tuviera que sacarlas desde un lugar muy profundo.

—Pensé que… que no volvería a ocurrir…

Se detuvo un instante. Después se llevó la mano al pecho y respiró hondo.

—No me pegó —añadió de pronto—. Esta vez no. Pero me tapó la boca y me dijo que no se lo contara a nadie… o me mataría.

Laura sintió cómo se le tensaba el cuerpo entero.

Ana, aunque no pudiera oír sus palabras, percibía la angustia. Sabía que algo grave estaba ocurriendo, algo que ella reconocía demasiado bien. La rabia hizo que apretara los dedos contra su propio brazo.

Alicia no lloraba, sin embargo, sus palabras indicaban que estaba rota por dentro.

—Se va a repetir —susurró—. Todo.

Laura no apartó la mirada.

—Otra vez… —continuó Alicia—. Me lo van a quitar otra vez…

Ana negaba con la cabeza. Fuerte. Insistente. Pero no era una negación real. Era miedo. Ese miedo ya conocido.

Laura habló muy bajo.

—Tenemos que salir de aquí.

Alicia negó.

—Ya no.

—Sí.

—No —cortó—. Ya sé lo que hay fuera. Y para mí no es mejor que esto.

Aquella frase cayó entre ellas como algo definitivo. Laura entendió entonces que no era solo miedo. Era certeza. Una verdad infalible que no dejaba lugar a dudas.

—Entonces aquí —respondió— también sabes lo que hay.

Alicia bajó la mirada y respondió.

—No hay salida, Laura. No la hay. Estamos condenadas.

Ana volvió a tocarle el brazo, esta vez como una caricia. Suave, como si quisiera sostenerla.

No tuvieron tiempo de seguir.

—¿Qué hacéis?

La voz llegó desde atrás. Seca, cortante.

Las tres se separaron apenas un paso, lo justo para fingir normalidad.

La monja se acercó despacio. Demasiado despacio. Su mirada se detuvo en Alicia. La recorrió sin disimulo, desde los hombros hasta el vientre.

—Levanta la cabeza.

Alicia obedeció. La monja dio un paso más hacia ella. Se acercó lo suficiente como para invadir su espacio.

—Mírala —dijo, llamando a otra—. Otra vez con la misma cara.

La segunda monja se aproximó y la observó más detenidamente.

—Ya veremos lo que es —añadió—. Ven.

Después de una breve pausa, como si estuviera desentrañando lo que había oído, la siguió.

—Algunas no aprenden nunca —dijo la otra monja.

—Claro —continuó la primera—. Luego vienen los lloros.

—Y los dolores —añadió la otra—. Como si no supieran de dónde vienen.

Las dos rieron por lo bajo.

—¿No tuviste suficiente la última vez? —dijo una, inclinándose hacia ella.

—Es que hay quien no sirve ni para cerrar las piernas —remató la otra.

—Ya veremos —concluyó la monja—. Aquí todo se acaba sabiendo.

Y añadió, casi en un susurro cargado de desprecio:

—Y todo se limpia.

Alicia no respondió. Sintió cómo la sangre le subía al rostro, pero no dijo nada. Solo siguió a las monjas que la custodiaban, una a cada lado.

La llevaron en dirección a la enfermería. El reconocimiento médico no iba a dejar ninguna duda.

Ana y Laura se quedaron allí, inmóviles, petrificadas ante la humillación profesada delante de todas las demás. Las monjas se alejaron, pero no la humillación, esta se quedó allí, en el aire, pegada a la piel.

Un tiempo después, Alicia volvió a su sitio. Se sentó en su lugar y volvió a tomar la aguja. Las manos le temblaban pero cosió de nuevo como cada día. Solo que ahora ya no había duda. Lo que había empezado una vez… volvía a repetirse.