Pido Perdón Engaño
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Engaño

Lo pensaba cada día.

Y no fue una sola vez, fueron varias las que lo intentó, pero llegaba a la puerta y algo le hacía darse la vuelta.

Alicia empezó a intentarlo sin decir nada, sin compartirlo con nadie. La conversación con Laura y las ganas de dejar aquel suplicio hacían que, cada vez que lo intentaba, le temblara la mano al posar los dedos en la manecilla de la puerta.

Solo se quedaba allí, esperando. Como si la puerta pudiese abrirse sola.

Cada noche que lo intentaba, contaba los pasos de la monja en el cambio de turno. Escuchaba con atención lo que decían y aprendía de los silencios.

La primera noche llegó hasta el pasillo. Nada más. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que podrían oírlo desde cualquier parte.

Entonces se detuvo. Miró a su alrededor; solo encontró la oscuridad delante de ella. Y volvió sobre sus pasos.

La segunda llegó más lejos, hasta la puerta del patio. Tocó la manilla de la puerta. Sintió el frío hierro en la mano, pero a ella le quemaba, y la retiró como si lo hiciera de verdad. Apenas hizo el amago de abrir. Estaba cerrada —o eso quiso creer—.

No volvió a intentarlo en los siguientes días.

La tercera… La tercera no llegó.

En ese instante, cerró los ojos y, como un relámpago, le llegó el recuerdo del patio de la casa de su abuela.

El olor a jabón recién hecho. Las macetas alineadas junto a la pared encalada.

El sonido de la escoba al amanecer arrastrando las hojas secas.

Allí nunca tenía miedo a equivocarse. Si derramaba un vaso de agua o un palto se rompía, siempre había alguien que le decía que no pasaba nada.

Una pequeña sonrisa iluminó su cara. Ya no podía recordar cuánto tiempo había pasado desde que oyó por última vez esas palabras.

Por un momento, ese recuerdo hizo que el miedo desapareciera. Pero al abrir los ojos, la realidad se impuso. Seguía sentada en la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo, esperando que el cuerpo le respondiera, que la empujara a levantarse.

No lo hizo. Permaneció así unos minutos más y volvió a tumbarse, tapándose hasta las cejas, como si pudiera esconderse de alguien que ni siquiera la había visto.

Entonces lo entendió. El miedo no estaba fuera. Estaba dentro.

Cada intento la dejaba más cansada. Exhausta a veces. En lugar de crecerse y avanzar, retrocedía y se hacía más pequeña. Comenzó a convencerse de que nunca podría salir de allí.

Y entonces, una mañana, unas semanas más tarde, la llamaron. Una monja la sacó de sus quehaceres diarios.

—Tú.

Alicia levantó la cabeza apenas lo justo.

—Ven.

No hubo explicación. Nunca la había. Como siempre.

La llevaron al despacho. No era habitual que hicieran eso y cuando ocurría siempre significaba castigo. Pero ella sabía que no había hecho nada.

Una de las monjas la miró, aunque no directamente.

—Tu familia ha preguntado por ti.

Alicia no entendió nada. Le extrañaron esas palabras. Llevaba más de un año allí y nunca había tenido ningún contacto con su familia desde entonces.

—Han llamado —añadió—. Quieren verte.

El silencio se alargó. Ni la monja ni ella dijeron nada más. Después la monja continuó:

—Te vas una semana.

La frase quedó suspendida en el aire, como si no fuera con ella. Alicia no respondió. No sabía cómo hacerlo. Ni siquiera comprendía lo que estaba pasando. ¿Cómo que se iba una semana?

—Agradécelo —siguió la monja—. No todas tienen esta oportunidad.

¿Oportunidad? La palabra se quedó ondulando en el aire. No hubo ninguna explicación más.

Ese mismo día la sacaron sin decir nada, sin despedirse de nadie. Simplemente tomó sus cosas, le abrieron la puerta y la cerraron detrás de ella. Solo sabía el día que debía regresar.

Todas notaron su ausencia, pero nadie preguntó.

La calle la golpeó primero. Antes incluso que el golpe de la puerta al cerrarse detrás de ella. Parecía como si tanto el aire, la luz del día y el ruido de la calle le resultasen ajenos.

Caminó sin saber muy bien cómo. Al principio despacio, sin rumbo. Sabía cómo llegar a su casa, que seguía en el mismo sitio. Allí nada había cambiado.

Pero no era igual. Se detuvo un instante antes de tocar el timbre. Después la puerta se abrió. El olor al guiso de su madre le resultó conocido y respiró profundo.

Improvisó una sonrisa al entrar. Su hermano pequeño se quedó mirando y, después, se alejó como si no la reconociera.

Nadie la abrazó. Nadie le preguntó nada. Las palabras fueron pocas, justas, medidas. Su madre quiso acercarse pero la mirada de su padre la detuvo.

La casa no era un refugio, nunca lo había sido y ella lo sabía muy bien.

Los días pasaron más lento de lo esperado. La vida en la casa se hacía espesa. Alicia se movía por las habitaciones como si no fueran suyas. Todo le resultaba extraño, como si no perteneciera a ese lugar.

Dormía poco y mal. Comía menos. La chica que se fue tenía mejor aspecto que la que regresó: más delgada, más apagada, más ausente a pesar de su juventud. Y aunque la comida era distinta, más sabrosa, sentía que no podía tragarla de la misma manera que antes.

Y entonces…

Una tarde, su madre salió al mercado y su hermano jugaba en la calle. La puerta de su cuarto se cerró por dentro. Y todo volvió a ser como antes.

No gritó. No aquella vez. No lloró. Solo dejó de pensar. Y algo en su interior se quedó inmóvil. Su corazón se congeló.

Más tarde, cuando salió de la habitación para sentarse a la mesa, no miró a nadie, tampoco nadie la miró a ella. Solo se sentó y tomó dos bocados. Nada más.

Los días siguientes no tuvieron forma. Ni siquiera sus pensamientos la tenían. Era como si la cabeza se le hubiera vaciado y flotara en el aire sin contacto con el resto de su cuerpo.

Fue ahí… cuando el cuerpo volvió a doler, pero ya no era igual. Era desde dentro. El desgarro lo sintió de nuevo en su interior como cuando cayó en el rellano de la escalera aquella tarde que la echaron de casa.

Cuando regresó al centro, lo hizo sin decir nada, tal y como había salido.

La puerta de hierro se cerró detrás de ella y supo que nunca más volvería a ser la que había sido.

Volvió a la rutina de las agujas y el ruido constante. Aquello era casi música para ella después de lo vivido.

No. Ya no era la misma. Ni siquiera era la Alicia que llegó allí un año atrás.

Solo Laura lo vio enseguida. Sabía que algo no encajaba. El rostro de Alicia no era el mismo que dejó el centro una semana antes. Era como si, de repente, se hubiera vuelto inalcanzable.

La forma de moverse, la mirada perdida, los ojos fijos sin apenas pestañear. Parecía un autómata realizando su trabajo diario, sin expresión, sin emoción, como si hubiera envejecido de golpe.

Ana también notó algo distinto. Se acercó lo justo y le tocó el brazo, pero Alicia no reaccionó; siguió cosiendo como si nada.

Las manos un poco más lentas y la mirada aún más baja, como si todo se hubiera apagado un poco más dentro de ella.

Y ya no lo intentó más. No volvió a acercarse a la puerta, ni intentar salir, ni esa noche, ni ninguna otra.

No volvió a pensar en salir. ¿A dónde iría? Ahora sabía que no había lugar en el mundo para ella. Que no había ningún lugar al que volver.