Pido Perdón Conspiración
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Conspiración

No fue de inmediato.

Durante días compartieron el mismo espacio sin encontrarse. Sin embargo, cada día se iban acercando más en las salidas al patio. Las miradas furtivas estaban por todas partes y no se atrevían a ir más allá.

Sabían que, aunque todo seguía igual en los talleres y la lavandería, ya nada era lo mismo para ninguna de las tres.

Alicia no levantaba la cabeza más de lo necesario. Había aprendido que mirar era peligroso… y pensar, aún más.

Aun así, lo notaba. Una presencia constante. Una ausencia imposible de ignorar. Las dos cosas al mismo tiempo. A veces, casi sin darse cuenta, se llevaba las manos al vientre, como si quisiera sujetar lo que ya no estaba.

Fue en una de las salidas al patio, en un momento breve donde la vigilancia no era tan restrictiva —aunque si las veían hablar demasiado las separaban—, donde se fueron acercando poco a poco, manteniendo una distancia prudente mientras se movían con discreción para no ser descubiertas.

Fue algo mínimo. Un leve roce, suficiente para poder entablar una conversación.

Alicia se detuvo apenas un segundo. Giró la cabeza y miró a Laura con discreción. Pudo comprobar que su rostro seguía marcado. La inflamación había bajado, pero las huellas permanecían. La piel aún tensa, oscurecida en algunos puntos, seguía ahí, como si el golpe no quisiera abandonarla del todo.

Un paso más atrás estaba Ana, que seguía muy delgada y parecía todavía más recogida en sí misma, más frágil. Como si cada vez estuviera más lejos, incluso estando cerca.

Durante unos metros caminaron casi alineadas, no juntas, ni demasiado cerca, sin mirarse directamente, sin detenerse; pero lo suficiente para mantener una discreta conversación.

—Te la quitaron —susurró Laura.

Alicia tardó en reaccionar. La frase no era una pregunta, era una afirmación.

—Sí —dijo Alicia tragando saliva.

El silencio entre ambas pesó durante unos pasos más.

—Las venden —añadió Laura.

Alicia sintió cómo algo se le encogía por dentro.

—¿Qué?

—Las niñas, los niños. No se quedan aquí. Los que no se mueren… los venden.

Alicia se detuvo un instante. La miró con los ojos abiertos, desencajados, sin poder creer lo que estaba oyendo.

—No… no puede ser —musitó mientras negaba con la cabeza.

—Sí —continuó Laura—. Los sacan como si fueran otra cosa. Como si no fueran nada.

Alicia notaba cómo el aire le faltaba.

—Es mía…

—No, Alicia. Aquí no. Aquí no es de nadie.

Alicia la miró directamente a los ojos, que le confirmaban que lo que decía era cierto.

—Siempre es así —añadió Laura—. Se lo hacen a todas.

Ana levantó ligeramente la mano. Con un gesto rápido, discreto, señaló hacia atrás.

El sonido de unos pasos más firmes acercándose las tensó. Pero siguieron caminando como si nada, y los pasos siguieron sin detenerse.

—No podemos seguir aquí —dijo Laura en un hilo de voz.

Alicia sintió el golpe de esas palabras y bajó la vista. Sus manos comenzaron a temblar y su mente volvió a aquel lugar, a la sangre, al llanto, al vacío que quedó después.

—Tenemos que salir de aquí —continuó Laura.

—Pero cómo… No se puede salir —respondió.

—Sí se puede.

Alicia negó con la cabeza.

—No te dejan salir. ¿Cómo crees que puedes hacerlo?

Un instante de silencio las detuvo. Un reparto de miradas recorrió el entorno para confirmar que no estaban siendo escuchadas.

Laura dio un paso más colocándose a su altura exacta.

—Por la noche, cuando cambian el turno… la puerta del patio no siempre queda cerrada.

El silencio volvió. Alicia sintió cómo el corazón le golpeaba en el pecho con fuerza.

—¿Y si me ven?

—Te verán —respondió Laura—. Te echaran de menos enseguida… pero tendrás que correr como nunca lo has hecho en tu vida.

Alicia negó.

—No… yo no puedo… —dijo con voz temblorosa.

—¿Quieres volver a casa? —preguntó Laura.

—Sí, claro que quiero. Pero no sé si podré.

Sabía que el miedo era más fuerte que todo lo demás.

—Aquí ya sabemos lo que pasa —dijo Laura—. Nada va a cambiar.

Hizo una pausa.

—¿Quieres volver a pasar por lo mismo?

Se hizo tal silencio entre ambas que ni el ruido del patio lo pudo romper.

Ana, atenta en todo momento a la conversación de sus dos compañeras, las miró de reojo, sin saber exactamente de qué estaban hablando, aunque su intuición siempre estaba alerta. En ese momento las avisó. Levantó la mano en un gesto breve, urgente, cuando vio acercarse una monja.

El ruido del patio volvió y se oyó la voz de la monja diciendo:

—A la fila.

Se fueron colocando. La monja miró, contó, y ordenó continuar el paso.

Cuando lo hicieron, algo ya estaba decidido.

Alicia cerró los ojos un segundo y pensó —Quizá fuera pueda encontrar a mi hija—.

El miedo le recorrió el cuerpo que comenzó a temblar.

No tenía la suficiente valentía para hacerlo.

Sabía que no estaba preparada, pero también sabía que debía ser fuerte y mantener la firmeza si quería salir de allí.

Ana le tocó en el brazo con suavidad y le hizo un gesto de negación con la cabeza.

Alicia no respondió. Ya no estaba pensando en sobrevivir. Estaba pensando en salir de allí.