Despojo
El dolor la despertó antes de que sonara la campana.
No fue un dolor nuevo; llevaba días sintiéndolo, pero esta vez era distinto: más profundo, más insistente.
Alicia abrió los ojos en la oscuridad, pero no se movió. Esperó… y el cuerpo volvió a contraerse. Fue entonces cuando lo supo. No podía ponerle palabras, pero lo supo.
Se incorporó despacio, sentándose en la cama llevándose la mano al vientre.
Lo notaba duro, tenso. Intentó respirar hondo, pero no pudo.
El dolor volvió de nuevo. Se dobló sobre sí misma apretando los labios.
¿Qué podía hacer? Sabía que no podía hacer ruido, no debía, pero el cuerpo ya no la obedecía.
Miró a su alrededor. Las demás seguían en sus camas; algunas dormían, otras fingían hacerlo. Siempre era difícil dormir una noche entera. Nadie se movió, ni preguntó, ni se acercó.
Laura no estaba. Y esa ausencia pesó más que el dolor. Por un instante buscó su cama, estaba vacía.
Otra contracción. Esta vez más fuerte. Más larga. Sintió que ya no podía quedarse allí. Entonces se levantó con dificultad, lo hizo sosteniéndose como pudo.
Paso a paso, despacio, llegó al pasillo. El frío de la piedra le subió por las piernas. Lo sintió, pero el dolor era aún más fuerte.
Caminó unos metros. Y entonces… ocurrió. El líquido cayó entre sus piernas, caliente, incontrolable. Se detuvo al instante y miró al suelo. No entendía del todo lo que estaba pasando, pero su cuerpo sí.
En ese momento, una monja que cruzaba el pasillo la vio y se detuvo junto a ella, mirándola de arriba abajo, observándola desde la distancia.
—Ya empiezas —dijo con desprecio.
No mostró prisa alguna, como si aquello no tuviera importancia, ni urgencia. Como si ya supiera lo que iba a pasar.
—Ven.
Alicia intentó avanzar, pero el cuerpo ya no respondía igual. Otra contracción la atravesó como un rayo ardiente. Volvió a doblarse sobre sí misma y apoyó la mano en la pared para no caer.
—Vamos —repitió la monja, impaciente—. No te quedes ahí plantada.
La condujo hasta un cuarto pequeño, frío y vacío. Caminaba delante de ella, sin sostenerla, sin mirarla, sin el más mínimo cuidado.
La dejó dentro. Sola.
El dolor se hizo más frecuente, más inevitable. Alicia no entendía del todo lo que estaba pasando, solo notaba cómo el cuerpo se le abría sin que pudiera hacer nada, cómo algo empujaba desde dentro y no podía detenerlo.
Se agarró de nuevo a la pared, pero resbaló y cayó de rodillas. Así se quedó hasta que pudo sentarse y apoyarse en la pared.
El suelo estaba helado pero ya no lo sintió igual. Todo era dolor. Todo su cuerpo era dolor.
—Así aprenderás —dijo la monja desde la puerta—. Como Dios manda.
Alicia levantó la vista con dificultad.
—Parirás con dolor —añadió—. Como fue castigada la mujer desde el principio.
Ni entró, ni la ayudó.
No hizo nada. La dejó allí y se fue.
Las horas dejaron de tener forma. El tiempo desapareció para ella, solo quedaba el cuerpo… y el dolor.
Cada vez las contracciones eran más fuertes, más profundas, más imposibles de contener.
Alicia empezó a emitir sonidos, apenas audibles. Sonidos ahogados como si quisiese esconderlos y ese dolor no lo fuera tanto. Después fueron más largos, ya inevitables.
—¡Calla! —ordenó la monja desde fuera—. No eres la primera.
Pero no podía callarse, el cuerpo no la obedecía, se le abría, se le rompía, se quería vaciar.
Y cuando el dolor ya fue insoportable, cuando ya no podía sostenerse, cuando el cuerpo decidió por ella… un gritó desgarrado habló por ella. Algo que no pudo contener más.
Y entonces… la niña nació.
Durante un instante, todo se detuvo. El dolor, el tiempo, incluso el aire…
La sintió salir, sintió aquel calor entre sus piernas. La sintió existir.
Después, un llanto pequeño, frágil, pero vivo, hizo que alargara los brazos instintivamente, sin pensar, y una leve sonrisa se dibujó en su cara. Pero no llegó.
Una monja entró rápida, precisa en sus movimientos. Se notaba que no era la primera vez que hacía eso.
Tomó a la niña como si fuera un objeto más.
—Déjala —dijo con sequedad.
Alicia intentó incorporarse para acercarse a ella.
—Por favor… —suplicó con un hilo de voz. —Por favor…
Nadie respondió a su súplica. Otra monja se acercó y cortó el cordón sin cuidado.
Alicia seguía con los brazos extendidos… vacíos.
—Es mía… —susurró.
La niña lloraba, pero ya no estaba en sus manos.
Se la llevaron sin explicación, sin dejar que la tocara.
Oyó cómo el llanto se alejaba de ella, hasta que poco a poco fue desapareciendo por completo.
Alicia se quedó allí, en el suelo, con los brazos extendidos hacia la nada. El cuerpo le temblaba de frío, el dolor seguía aún dentro, pero ahora… solo había vacío.
Cuando regresó al dormitorio unas horas después, el cuerpo seguía doliendo. Pero ya era otro dolor. Uno que callaba, que no se iba, que se instaló en su corazón y en su cabeza. Lo sentía constante, machacante, pero difícil de nombrar. Solo dolor.
La leche comenzó a brotar sin control y sin que nadie la reclamara. Alicia no lo entendió al principio, hasta que el dolor volvió. El pecho le ardía, le pesaba, los brazos se le separaban del cuerpo. Era como si siguiera buscando algo que ya no estaba.
Entonces una de las monjas entró.
—Quítate eso —dijo una monja al ver las manchas en su vestido— ven conmigo.
La llevaron aparte.
—Aprieta —dijo mientras le presionaba los senos con fuerza, dejando caer el líquido caliente en una taza.
Las manos, curtidas y ásperas por el duro trabajo diario, comenzaron a apretar los senos una y otra vez, sin pausa, para extraer la leche de una madre que no tenía a quién alimentar.
Lloraba, no dejaba de hacerlo durante horas, durante días, y lo hacía en silencio, aunque en ocasiones no podía disimularlo.
—Calla ya —dijo una monja—. No tienes nada que reclamar.
Pero ella seguía llamándola, sin voz y sin nombre. Sin respuesta, sin ninguna esperanza, mientras su cuerpo seguía produciendo vida; una que ya no le pertenecía.