Pido Perdón Anulación
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Anulación

La mañana comenzaba como siempre, pero Laura ya no estaba en su sitio.

Se levantó como las demás, se vistió, se colocó donde le correspondía, pero nadie la miró. Al menos no de forma evidente y menos de frente. Sin embargo, todas la habían visto. Todas.

Continuaban viendo su cara inflamada, los moratones extendiéndose bajo la piel, las heridas abiertas, los raspones marcados por las aristas del azulejo.

La inflamación no había bajado, incluso parecía mayor. Los labios, los pómulos… todo el rostro estaba alterado, irreconocible por momentos. La piel tirante, oscura en algunos puntos, enrojecida en otros. Era imposible no verlo.

Alicia la buscó con la mirada, tardó unos segundos en darse cuenta que la chica que cosía a su lado no era Laura. Frunció el ceño pero no preguntó. No debía hacerlo, pero volvió a mirar. No la encontró. No estaba.

En la sala de costura, todo seguía igual: las mesas, las telas, las agujas, el ruido constante… pero Laura no estaba en su sitio. Su silla estaba ocupada por otra. Nadie explicó nada y tampoco nadie preguntó.

Alicia sintió cómo algo se tensaba dentro de ella. Era como un vacío distinto, más cercano, más inmediato… más inquietante.

No era como otras ausencias donde algunas desaparecían durante días. Aquello era distinto.

Laura estaba allí, en algún lugar. Lo presentía. Volvió a mirar; sí, era otra muchacha, su sitio estaba ocupado por otra, otro cuerpo, otra forma de moverse. No, no era Laura.

Alicia bajó aún más la vista. Sabía que no debía mirar demasiado y llamar la atención, pero no la encontraba por ninguna parte. Durante unos minutos intentó convencerse de que no pasaba nada, que la habrían cambiado de mesa, que estaría haciendo otras cosas, pero que volvería.

Pero el cuerpo no engañaba, había algo que no encajaba del todo esa mañana.

Volvió a mirar, y entonces la encontró. Pudo reconocerla al fondo de la sala, casi pegada a la pared en una mesa distinta.

Estaba sola, casi de espaldas a todas las demás y a una considerable distancia de las otras. Lo suficiente para que nadie se le acercara ni fuese vista.

Tampoco compartía tarea. Trabajaba, sí, como siempre, pero apartada, como si no formara parte del mismo espacio. Como si el aire que la rodeaba no fuera el mismo.

Ana también lo notó. Y cuando la encontró, su mirada se detuvo en ella más de lo permitido. Demasiado. Lo supo en el instante en que percibió la mueca de una de las monjas.

Volvió enseguida a la tela bajando la vista de inmediato. Más aún. Incluso, por unos instantes, aceleró el movimiento de sus manos, más rígida quizá, más encerrada en sí misma.

A media mañana, una monja se acercó a Alicia. No dijo su nombre.

—Tú.

Alicia se tensó.

—Deja eso.

Ella obedeció mientras la monja le señalaba otro lugar en la sala, más lejos. Alicia recogió sus cosas, se levantó y caminó detrás de ella.

—Ahí —dijo señalando el nuevo lugar.

Sintiendo cómo cada paso la alejaba más de su compañera. Cuando se sentó, lo entendió. No era un cambio, era una distancia, medida y bien calculada.

Ahora el espacio entre ellas era distinto, no era mayor, era el suficiente para no hablar, el suficiente para no mirarse sin riesgo. El suficiente para romper algo que, hasta ese momento, había resistido.

Laura no levantó la cabeza en toda la jornada. Alicia tampoco. Ana aún menos. Cada una en su sitio. Cada una en su silencio. Cada una en su propio encierro.

Fue entonces cuando lo entendieron: sin palabras, sin golpes, sin gritos; se dieron cuenta de que podían separarlas, que podían romper lo poco que quedaba, que podían borrar cualquier vínculo. Y que nadie podía impedirlo.

Laura lo supo desde el primer momento. No la habían castigado, la habían apartado. La habían borrado del resto.

Y eso… era peor.