Revelación
El sábado terminó como todos, con el cuerpo agotado y las manos abiertas.
La cena pasó sin palabras. Como una noche más, solo el ruido de los cubiertos era lo único que rompía la quietud del comedor.
Laura comió despacio, sin ganas pero consciente de que tenía que alimentarse para seguir viva. No levantó la vista ni miró a nadie durante la cena, pero no estaba ausente. Seguía pensando, midiendo, calculando, buscando la manera de salir de allí y, sobre todo, de sobrevivir.
Había algo que no terminaba de encajar desde que volvió del sótano. Y no era el dolor que traía en el cuerpo de todo aquel tiempo retorcida sobre sí misma. Era otra cosa. Algo que se había instalado dentro de ella y que sabía que no iba a desaparecer.
Esa noche esperó a que todo el dormitorio se quedara en calma, a que la respiración de las demás se hiciera uniforme, y a que la vigilancia aflojara lo suficiente.
Entonces se levantó. Despacio, sin hacer ruido. Cruzó entre las camas sigilosa. Nadie la detuvo. Nadie la vio.
El pasillo estaba en penumbra. Sintió el frío del suelo bajo sus pies, pero no le importaba. Avanzaba lenta, segura, sabía exactamente a dónde se dirigía.
El cuarto de baño estaba vacío. Siempre lo estaba a esas horas.
Empujó la puerta. Entró, y la cerró con cuidado.
El olor a humedad y jabón viejo llenaba el aire.
Se quedó quieta unos segundos observando cada rincón, como si fuese la primera vez que estaba allí, atenta a cada sonido por muy pequeño que fuese.
Desde que llegó al centro sus sentidos se habían agudizado. Y lo sabía.
Nada.
Nadie.
Entonces levantó la vista, miró las paredes. Las aristas, los bordes de aquellos azulejos fríos.
Se acercó a ellos. Primero despacio. Calculando.
Pasó la mano por la esquina de la pared. Dura, afilada… suficiente.
No dudó. No lo pensó más. Ya no hacía falta pensar más.
Se colocó frente a la arista y respiró profundo. Una vez. Y después… golpeó.
El sonido fue seco, breve, y el dolor llegó al instante, pero no podía detenerse en él, no era el momento. Debía continuar.
Retrocedió un paso. El dolor colocó una mueca en su rostro, pero no se detuvo. Volvió a acercarse. Midió y… golpeó de nuevo el otro lado de la cara. Aún más fuerte quizá.
La piel empezó a abrirse. El calor turbador apareció de repente, anunciando lo que venía, después… la sangre.
No gritó. No podía permitírselo. No emitió ni un solo sonido. Solo respiraba fuerte, controlando el inmenso dolor. Pero no paró.
Golpe tras golpe, hasta que el rostro dejó de ser el mismo, hasta que el dolor lo ocupó todo, hasta que supo que sería imposible no verlo.
Entonces se detuvo, y el silencio volvió. Controló su respiración apoyando sus manos en la pared para poder calmarse. El cuerpo temblaba, pero no era por miedo, era por las pocas fuerzas que le quedaban en él, por el impacto.
Cerró los ojos un instante y después se incorporó. Notaba cómo la sangre descendía por su mejilla.
Se miró, pero no buscó el espejo, no lo necesitaba. Lo sentía en su cuerpo y eso era suficiente.
Se limpió lo justo mientras intentaba mantenerse en pie. Cuando pudo sostenerse, abrió la puerta y regresó.
El pasillo seguía igual, el dormitorio también. Observó a las compañeras y ninguna se había movido.
Se tumbó en la cama del lado de donde no tenía herida. La sangre seguía manando despacio, pero sabía que poco a poco se secaría.
Ya estaba marcada, y se vería.
A
La mañana siguiente, la campana sonó como siempre. Las muchachas se levantaron, se vistieron, se alinearon. Todo igual. Como cada domingo.
Laura no hizo nada distinto. Caminó con las demás entrando en la capilla sentándose en el banco. Y entonces… se vio. No fueron todas a la vez: primero una mirada, luego otra.
Después… el silencio. Un silencio distinto, más denso, más incómodo. Las monjas también lo notaron, pero ya era demasiado tarde, la mayoría ya se habían dado cuenta de cómo el rostro de Laura estaba inflamado, marcado, con la piel abierta. No parecía ella.
Los hematomas continuaban extendiéndose, oscuros, visibles imposibles de ocultar. Era muy difícil no verlo.
Alicia levantó la vista por un instante y lo entendió, no sabía cómo, pero lo entendió. Sabía que no era un accidente, ni una caída, ni siquiera una torpeza. Laura jamás cometía un error.
Era otra cosa. Algo que no podía decirse, pero que ahora estaba ahí, delante de todas. A la vista de todas.
Durante la misa, nadie se movió más de lo necesario. Nadie volvió a mirarla directamente, pero todas lo habían visto.
El sermón continuó como siempre. Las mismas palabras, las mismas normas, y… la obediencia, eso sí, que no faltara. Siempre obediencia.
Pero algo había cambiado. Por primera vez… no eran lo único que ocupaba el espacio. Había algo más, real y visible, más difícil de ignorar: el eccehomo ya no estaba solo en la cruz.
El cuerpo de Laura, su rostro, su herida era la prueba.
Y aunque nadie dijo nada, aunque todo siguió como siempre… algo se había roto, y, por primera vez, no podía ocultarse.