Opresión
El trabajo no cambiaba. Nada cambiaba. Al menos, en apariencia.
Las agujas, como cada día, seguían entrando y saliendo de la tela. El ruido constante de las máquinas volvía a llenar la sala, como si lo ocurrido el día anterior no hubiera dejado rastro alguno.
Pero lo había. Las ausencias se notaban a diario. Siempre había algún lugar vacío durante días… y se notaba. ¡Vaya si se notaba! El sitio seguía ahí, vacío. Aunque nadie miraba, ni preguntaba, todas lo sabían.
Alicia intentaba concentrarse pero su cuerpo ya no era el mismo.
No respondía igual, el embarazo estaba muy avanzado y el vientre pesaba.
No era solo el cansancio. Era algo que la obligaba a moverse más despacio, a recolocarse constantemente en el banco, a contener la respiración cuando el mareo subía sin avisar.
La debilidad se hacía cada día más presente.
Una de las monjas pasó junto a ella y se detuvo delante. No necesitó decir su nombre, no hacía falta. La mayoría ni siquiera sabía cómo se llamaban.
—Tú.
Alicia levantó la vista apenas lo justo.
—Ven.
No hubo explicación.
Alicia clavó despacio la aguja sobre la tela y se levantó con dificultad sujetándose en la mesa y la silla. El mareo volvió pero no lo mostró, no debía hacerlo, sabía muy bien cuáles eran las consecuencias. Después siguió a la monja al paso que pudo, varios metros detrás.
—¡Vamos, apúrate, vaga! —soltó la monja sin mirarla.
El pasillo era el mismo de siempre, pero el destino no. La llevó hasta la zona de los suelos de piedra; esos que brillaban recién fregados, esos que se limpiaban de rodillas.
—Aquí.
La monja dejó el cubo frente a ella. El olor a lejía subió de golpe. Áspero. Penetrante. Por un momento pensó que se caería redonda al suelo, pero se mantuvo en pie a pesar de la zozobra.
—No te muevas de aquí hasta que esté todo limpio, como una patena.
Alicia miró el suelo, después el cubo, después sus manos llenas de pinchazos de aguja y agrietadas por el agua fría y la legía. No dijo nada. Qué podía decir, ya sabía muy bien cómo funcionaba aquello. Obedecer. Solo obedecer.
Se arrodilló con dificultad. Dio un pequeño traspiés que la hizo resbalar y cayó primero sobre una rodilla, eso hizo que se desestabilizara, apoyó el codo contra la piedra para desplomarse del todo.
El contacto fue inmediato: frío, duro, implacable.
El dolor se reflejó en su rostro dejando escapar un —¡ay!
— apenas audible, pero se recompuso al instante antes de que la monja lo notara.
Hundió el trapo en el agua. En ese momento…
todas las heridas abiertas de sus manos hirvieron al mismo tiempo.
Las que comenzaban a cicatrizar volvían a abrirse de nuevo.
La legía entró en la piel como fuego. El dolor se hizo insoportable.
Aun así, retorció el trapo y comenzó a limpiar aquellos suelos mientras el intenso frío le calaba hasta los huesos, y las rodillas mantenían un dolor desgarrador.
Primero despacio. Apenas podía retorcerlo. Luego al ritmo que se esperaba de ella permanentemente vigilada.
El penetrante olor a legía le revolvía el estómago una y otra vez. Tragó saliva, intentando encontrar alivio, y siguió limpiando.
Las heridas abiertas de días anteriores dejaban entrar el líquido en la piel como si lo buscaran. Por un segundo se quedó quieta. Solo uno.
—No pares —espetó la monja atenta a todos sus movimientos—. Por mucho que limpies por fuera, nunca podrás limpiar la inmundicia que llevas dentro.
La voz llegó desde atrás. El dolor la había despistado de la presencia de la monja. Pero allí estaba, vigilante.
El cuerpo se inclinaba cada vez más. El vientre le estorbaba, rozaba constantemente el suelo golpeando la piedra. Cada roce era distinto, cada uno de ellos dolía de una forma nueva que le hacía llevarse las manos a los riñones.
Aun así, no se detuvo. Las rodillas le quemaban, la piedra raspaba y el agua empapaba la tela del vestido haciéndose más pesado.
No importaba, nada importaba. Solo que el suelo brillara.
Laura lo vio todo desde la puerta mientras salía del excusado. Se detuvo horrorizada. En un instante, la ira se apoderó de ella. No por el trabajo, ni por la legía, ni siquiera por la limpieza ardua del suelo. Fue cómo se sostenía Alicia. Cómo su cuerpo no podía más y aun así seguía.
No pensó. Algo se rompió en ella y se lanzó de repente hacia donde estaban e increpó a la monja.
—No puede hacerlo. ¡No ve que apenas se tiene de pie, incluso estando de rodillas!
El silencio fue inmediato. La monja giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué has dicho?
Laura no bajó la mirada. Cerro los puños diciendo:
—No puede hacerlo. No se da cuenta de que en su estado no puede hacer ese trabajo. Yo lo haré por ella.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire. Ni siquiera se oían sus respiraciones.
La monja avanzó despacio hacia Laura. Su rostro endurecido y la mirada llena de rabia, y la desfachatez de Laura al dirigirse directamente a ella, terminó por desencajarla.
—¿Desde cuándo decides tú lo que pueden o no pueden hacer las demás?
Laura no respondió esta vez. Ni siquiera se movió un ápice cuando la monja se dirigió a ella como si fuera a embestirla.
—Vuelve a tu sitio —continuó.
Laura negó con la cabeza. Un gesto mínimo, suficiente para mantenerse firme.
El golpe llegó sin aviso, seco, directo a la mejilla izquierda. El sonido resonó en la inmensa sala.
Laura no cayó, mantuvo en todo momento el equilibrio sosteniéndose sobre sí misma, imperturbable ante el ataque.
—Aquí no vienes a pensar —escupió la monja mientras la agarraba del brazo—. Vienes a obedecer.
Laura no se resistió. Sabía que no podía hacerlo. Ni contestar de la forma en que lo hizo. También sabía que el castigo iba a ser implacable.
Al oír el eco de la discusión, dos monjas se acercaron y se la llevaron.
El cuarto estaba en el sótano, al fondo, donde no llegaba la luz del día ni tampoco la electricidad.
Allí, ni el ruido ni el tiempo hacían su aparición. Una vez entrabas… todo desaparecía, hasta que se tomaba la decisión de que había sido suficiente y volvías de nuevo a ser productiva.
La puerta se cerró detrás de ella, y todo lo que había conocido hasta ese momento, desapareció.
Era un espacio mínimo, de tan solo un metro cuadrado. No podía tumbarse ni estirarse, solo estar sentada, de rodillas o de pie.
Solo se mantenía la oscuridad absoluta durante días.
O semanas. O quizá meses. Allí el tiempo deja de tener sentido.
Solo, de vez en cuando, abrían la portezuela que la puerta tenía en la parte baja pegada al suelo, por donde le pasaban un cuenco con agua y un mendrugo de pan, generalmente seco y de días.
Le dejaron un caldero como única compañía. Nada más.
El olor no tardó en invadirlo todo. El aire se volvía denso, pesado, irrespirable a medida que pasaban los días. Pero nadie entró en ese tiempo. Nadie lo recogió. Nadie habló con ella.
Solo oscuridad.
Cuando la sacaron, Laura ya no era la misma. Había perdido peso, mucho, y su delgadez era muy evidente. La piel, apagada, los ojos… hundidos, vacíos. Pero ella sabía que eso no rompería su ánimo. Nunca.
Ni siquiera la ducha de agua fría a presión con una manguera que le enchufaban desde la distancia con un chorro duro y grueso que machacaba la piel y la carne como un látigo. Un castigo más.
Después… la volvieron a llevar al mismo lugar. Aquel cuarto. Allí donde había estado un tiempo que jamás pudo precisar.
—Limpia —ordenó una de las monjas—. Limpia toda la inmundicia que has creado. Déjalo todo como si nunca hubieras estado aquí.
Le señalaron el cubo, la legía y el suelo. Se arrodilló y limpió el lugar en el que había sobrevivido. El mismo en el que había estado durante todo ese tiempo.
Laura miró el cuarto, metió las manos en aquel cubo de agua helada con más legía que agua.
No paró de toser en todo el tiempo que duró la limpieza. Como otras antes que ella. Como siempre. Más despacio, más inclinada, más agotada que nunca.
Cuando regresó a la sala de costura nadie levantó la cabeza, solo las más cercanas vieron su aspecto. Solo alguna ahogó el espanto llevándose la mano al pecho, levemente, sin que las monjas pudieran apreciarlo.
El mensaje ya estaba dado.
Hasta dónde llegaba el castigo si te salías del redil, y hasta dónde podían llevarlas: sin escrúpulo, sin emoción, sin límite.