Pido Perdón Surtido
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Surtido

Aquella mañana iba a ser distinta.

Desde el inicio se notaba un ligero revuelo entre las monjas. No era evidente, pero estaba ahí; en la forma de caminar, en las miradas breves que intercambiaban entre ellas, en esa prisa contenida que no necesitaba palabras.

Ninguna de las chicas preveía lo que estaba a punto de ocurrir. A media mañana, el trabajo se detuvo sin aviso.

No fue una orden elevada ni un golpe seco que sobresaltara a las muchachas. Fue algo más sutil, contenido. Una presencia distinta en la sala. Una tensión que recorrió el aire antes de que ninguna palabra fuera pronunciada.

La puerta se cerró con firmeza detrás de la monja que entró en la sala de costura con determinación, avanzando entre las mesas.

—Dejadlo.

Las agujas quedaron suspendidas en el aire durante un instante antes de caer sobre la tela. Algunas manos tardaron un segundo más en obedecer, como si el gesto necesitara atravesar primero el cuerpo.

—En pie.

Las sillas se arrastraron contra el suelo, rompiendo el murmullo constante de las máquinas. El silencio que quedó después no era el de siempre. Era más denso. Más contenido, más vigilado, pero algo más calmado que de costumbre.

Se colocaron en fila sin mirarse. Algo automático, como siempre. Aunque esa mañana no iba a ser como las demás.

Alicia se incorporó despacio, seguía con el estómago revuelto.

Sintió cómo el pulso se le aceleraba sin motivo aparente.

El mareo llegó de repente y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa.

Por unos instantes cerró los ojos intentando no desvanecerse, cuando los abrió pudo comprobar que todo seguía en su lugar. Una de las monjas la miró.

—¿Qué te pasa ahora?

Ella negó con la cabeza y se colocó recta como todas las demás, alineándose en la fila.

—Vamos —ordenó la monja.

La fila avanzó hacia el largo pasillo. No hacia la capilla, ni al comedor, ni tampoco a la lavandería.

Aquellas horas no eran de hacer nada de eso.

Realmente, algo estaba pasando, algo que ninguna conocía.

El recorrido iba hacia el lado contrario al que atravesaban habitualmente, ese que nunca recorrían a no ser que fuese para blanquear con legía los suelos de piedra que fregaban de rodillas.

La entrada. La puerta de la calle.

Algo recorrió el cuerpo de las chicas cuando, por un instante, algunas miradas se cruzaban entre ellas sin que pudieran ser vistas. Y aunque el aire se sentía distinto, más frío, más abierto, las paredes parecían estrecharse a medida que caminaban.

La enorme sala de la entrada dejaba ver la puerta de salida: abierta, donde la radiante luz del sol entraba sin permiso.

Más de una sintió el impulso. Un paso, solo uno. Un pie tras otro y huir de allí, pero algo más grande y más helado que el frío que subía desde la granítica piedra del suelo, les recorrió la espalda poniendo freno. Y nadie se movió.

Entonces lo vieron. No solo se dieron cuenta de la puerta abierta. En mitad de aquella sala, sentado en una silla solitaria… alguien.

Ninguna levantó la cabeza del todo. No fue una decisión, fue instinto.

Una presencia que no encajaba con el resto del lugar.

Un hombre esperaba sentado recostado en la silla, una media sonrisa apenas dibujada en el rostro.

Llevaba los zapatos limpios y un abrigo oscuro.

Permanecía quieto, esperando. Parecía cómodo allí, como si aquel lugar no le resultara ajeno, como si formara parte de él.

Las monjas se colocaron a los lados de la fila. Solo una permaneció al lado del hombre.

—Mirad al frente.

Nadie desobedeció.

El hombre se levantó de su asiento y dio un paso. Luego otro. No se acercó demasiado, pero sí lo suficiente. Su mirada recorrió la fila sin prisa. Una por una fue mirando a las chicas de arriba abajo, deteniéndose lo justo.

Después avanzaba, con cadencia, sin emoción, sin gesto alguno, sin decir una sola palabra. Como si el tiempo no tuviera importancia.

Alicia sintió cómo el aire se volvía más espeso a su alrededor. No necesitaba mirar para saber cuándo estaba cerca. El cuerpo lo percibía, siempre lo hacía; sobre todo desde aquella noche.

La monja que estaba junto a él habló en voz baja.

—Son muy jóvenes.

El hombre no respondió, ni miró a la monja, solo asintió con la cabeza y siguió observando a las chicas. En ese mismo momento se detuvo frente a una de ellas.

La observó un instante más de lo habitual. La muchacha no se movió ni levantó la vista. Tampoco respiró más fuerte. Estaba contenida.

La monja inclinó ligeramente la cabeza.

—Esta es dócil.

El hombre siguió avanzando mientras seguía inspeccionando sin decir nada. Impertérrito en su avance, como si aquellas palabras no necesitaran respuesta.

Cuando llegó a la altura de Alicia, el tiempo pareció detenerse para ella. No levantó la cabeza. Sin embargo, lo sintió. Sintió cerca su respiración, pudo sentir cómo la miraba. Entonces se detuvo más tiempo.

El cuerpo de Alicia reaccionó antes de pensar y dio un respingo que hizo que apretara las manos tan fuerte que los dedos se le entumecieron. Se tensó tanto, que la monja habló:

—Esa no.

El silencio volvió a caer de golpe.

—Está en mal estado.

No hizo falta nada más. El silencio que siguió fue breve.

Para el hombre fue suficiente y no preguntó nada, pareciera que intuía las palabras de la monja y no mostró más interés.

No necesitó explicación. Después, continuó con la revisión como si Alicia no estuviera allí, como si no hubiera estado nunca en aquella fila.

Sin embargo, Alicia, sintió algo que no supo nombrar. No parecía que fuese alivio al ver cómo se alejaba de ella, tampoco era miedo. Era otra cosa. Algo vacío, algo que le dejó un hueco extraño en el pecho. Algo a lo que no podía ponerle palabras.

La fila permaneció inmóvil mientras el hombre continuaba su recorrido. Una más. Luego otra. Otra más:

El mismo gesto.

La misma mirada.

El mismo silencio.

Cuando terminó, el hombre se detuvo junto a la monja.

—Esa.

Solo bastó una palabra. No señaló. No hizo falta.

La monja asintió.

—Se preparará enseguida.

La muchacha elegida no reaccionó. Y si lo hizo, nadie la vio, y aunque la vieran… nadie podía emitir ni un solo sonido, ni levantar la vista más de lo permitido.

—Volved al trabajo.

La orden fue seca, y la fila se deshizo con la misma precisión con la que se había formado.

Paso a paso desandaron el camino regresando a la faena en silencio. El pasillo volvió a ser el mismo. Las paredes. El suelo. El aire. Nada había cambiado.

Solo ellas.

Al entrar en la sala de trabajo, todo seguía igual. Las mesas, las telas, las agujas. Todo seguía en su lugar, menos su pensamiento, ese lugar al que nadie podía entrar salvo ellas mismas, pero ya no era lo mismo.

—A vuestro sitio —ordenó la monja tajante.

Se sentaron de nuevo y reanudaron el trabajo donde lo habían dejado. Volvieron a tomar la aguja y el sonido de las máquinas regresó a sus oídos como si nada hubiera ocurrido. Solo una de ellas no regresó a la sala de costura.

Alicia miró la tela y tomó una profunda respiración, después intentó coser pero sus manos no respondían igual. Algo había cambiado para ella, algo nuevo que no sabía precisar, pero su intuición sí.

No era la sala, era en ella. Ahora lo sabía, aunque no podía expresarlo con palabras, ni siquiera tenía muy claro lo ocurrido, pero ahora sabía que las podían elegir como se elige una pieza entre un surtido.

Que podían llevarse a una sin más. Que no se hacía pregunta alguna, ni tampoco se daba ninguna respuesta. Sin ninguna explicación. Y que, en algún lugar, aquello era considerado una suerte.

Laura no levantó la cabeza, pero lo había visto todo. Pudo escuchar, al estar al lado de la seleccionada, cómo la monja le susurraba al oído la suerte que había tenido por haber sido elegida.

—Has tenido suerte. Dale gracias a Dios. No todas tienen esta oportunidad. Vas a tener un hogar, compórtate como es debido.

Ahora tendría una casa y un hombre a su lado que velaría por ella. Una vida. Le escuchó decir aunque Laura no creyó ni una sola palabra.

Pero comprendió algo más. No se trataba de salir de allí, se trataba de a dónde podías ir después.

La aguja volvió a entrar en la tela… una vez más. Cadente pero sin pausa. Los dedos seguían sangrando y las manos se entorpecían y se agarrotaban sin el más mínimo descanso. El cuerpo dolía. Como siempre. El trabajo continuaba… como siempre. Y, sin embargo… ya no era el mismo.