Pido Perdón Pecado
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Pecado

Alicia mantenía la vista fija en la costura.

Sus manos se movían con precisión, como se esperaba de ella. Sin embargo, algo en su cuerpo ya no respondía de la misma manera.

Desde hacía días notaba el peso y la presión en su vientre. No sabría decir cuándo había empezado. Quizá —pensó de repente—, aquella noche en la que Laura le preguntó cómo se sentía y no supo responderle.

Se recolocó en el banco con cuidado, intentando ajustar la postura sin llamar la atención. Parecía que no podía conseguirlo, estaba demasiado incómoda y no dejaba de moverse.

Una de las monjas que recorría la sala se detuvo a su lado. No dijo su nombre.

—Así no —añadió—. Compórtate como es debido.

La monja le empujó los hombros hacia atrás con brusquedad. Alicia se tensó de inmediato. Sintió cómo la sangre le subía al rostro sin saber exactamente por qué.

—Mírate… —añadió en voz baja casi en su oído—. Ni siquiera sabes sentarte como una mujer decente.

El contacto duró un instante más de lo necesario y se quedó a su lado unos segundos, observándola con juicio. Después se apartó dos pasos hacia atrás.

Alicia sintió cómo el aire le faltaba por un instante, mientras seguía notando la presencia, como si no se hubiera ido del todo.

Bajó aún más la mirada. No hizo falta que nadie dijera nada en voz alta.

A partir de ese momento, algo cambió en la forma en que miraban a Alicia.

No había demasiadas palabras, solo las precisas.

Eran los gestos de desprecio lo que más se notaba.

Una pausa más larga al pasar junto a ella, una mirada que se detenía un segundo de más en su cuerpo, un silencio distinto cuando se acercaban.

Alicia empezó a notarlo. Al principio pensó que era su imaginación, pero no lo era.

A partir de entonces, cada movimiento se volvió más consciente.

Intentaba concentrarse: el hilo… la tela…

cada puntada… Sin embargo, sentía que algo había cambiado.

Cómo se sentaba, cómo colocaba las manos sobre la tela.

Incluso, cómo respiraba. Y, sin darse cuenta, empezó a vigilar también su propio cuerpo, que sin saber por qué, todo comenzaba a ser distinto.

Ahora las monjas pasaban más despacio por su lado y no siempre decían algo, a veces, bastaba solo con la mirada.

Volvió a la costura pero ya nada era igual. Las puntadas dejaron de ser mecánicas, ahora estaban atravesadas por algo más; una vigilancia constante. De sí misma, de su cuerpo, de miradas que se detenían siempre en el mismo lugar.

El vientre. Siempre el vientre. Intentaba no mirarlo, pero lo sentía, y cada día más presente, más evidente para los ojos de las demás.

A partir de ese momento, Alicia dejó de moverse con naturalidad. Cada gesto era medido. Cada postura, corregida antes incluso de terminar de hacerse. Intentaba no llamar la atención, pero las monjas no dejaban de fijarse en ella.

No sabía en qué momento había ocurrido todo aquello, ni qué había hecho exactamente. Pero lo sentía en su cuerpo… y en la nuca, cuando alguna de ellas se detenía unos segundos más de lo normal un paso por detrás de ella.

En el comedor, el murmullo era el mismo de siempre. Platos, cucharas, órdenes breves. Alicia se sentó en su sitio. Una de las monjas, al pasar por su lado, dijo sin detenerse:

—Algunas no aprenden nunca.

No dijo su nombre, no hacía falta. Alicia escondió las manos en su regazo como si quisiera ocultar algo, sin levantar la vista del plato. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

Intentó comer, pero no pudo. El olor le resultó más fuerte que otros días apartando ligeramente el plato. Pero el acto no pasó desapercibido.

—Claro… —dijo una de las monjas al pasar por detrás—. Ahora no le entra.

—Luego bien que hacen otras cosas —comentó otra riendo por lo bajo.

Alicia apretó las manos sobre la mesa. No necesitó mirar para saber de dónde procedían esas palabras. Sintió que el calor le subía por el cuello. No levantó la vista, y aunque no sabía a qué se referían, sabía que era a ella.

Laura, desde su sitio lo escuchó todo, mientras observaba cómo Alicia se encogía sobre sí misma. No necesitaba mirarla directamente para ver la tensión de sus hombros y cómo se encorvaba para ocupar menos espacio, como si intentara desaparecer dentro de sí misma.

El pecado ya no era una idea, era una presencia constante. No hacía falta señalar a nadie, no era necesario explicar nada, bastaba con repetirlo lo suficiente hasta que una misma empezara a creerlo.